Alguna extraña sucesión de circunstancias liberó a los pornógrafos: la segunda oleada de feminismo durante los años 60, el control médico de las enfermedades venéreas, la ya confirmada extrapolación de las salas de cine a lo largo y ancho de los Estados Unidos, la pelvis de Elvis o una calentura generalizada...
Lo cierto es que la pornografía se centraba ya como un común denominador en la mente del hombre sexuado. Podía disfrutarse sin complejos.
Pero lo interesante es que, de pronto, aquellas mujeres –antes penetradas en el anonimato y la oscuridad– podían convertirse en celebridades de una industria súbitamente próspera. Tenían la posibilidad de vencer en un medio que antes ofrecía poco. Podían apelar al marketing personal por medio de sus pechos, sus orgasmos, su culo... y sus nombres.
La mística de la pornstar necesita alguna especie de "amarre" para consolidarse. A final de cuentas, hemos visto de estas mujeres más de lo que ellas han visto de sí mismas, por lo que alguna característica anatómica puede sobrar para que lleguen a ser recordadas. De esa época de oro y de algunas más próximas pensamos en los nombres de la pornstar como clásicas y divertidas ocurrencias que se han convertido en tradición. Para los calientes.

El explorador marítimo Jacques Cousteau estaba en la cima de su fama y una muchachita hija del redneck estadounidense tomó su nombre. También tomó al mundo del porno por sorpresa con dos clásicos fundamentales: Pretty Peaches y la brillantemente titulada Inside Desireé Cousteau. Con su cara de señora en el súper y sus exuberantes curvas, lograría hacer lo que su primer nombre indicaba: ser la más deseada.

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