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Parecía un crimen pasional

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Desear a morir


24 de enero de 2011
Por    Olivier Pavón/Ilustración: Cesár Moreno

Lo que en principio parecía un crimen pasional, tocó lo más hondo del sistema de impartición de justicia, el concepto de feminicidio y las relaciones diplomáticas con Panamá.

Osvaldo despierta sobresaltado: soñó con su novia Alí, en medio de una densa niebla, despidiéndose. En el sueño él intentó decirle adiós, pero no pudo. Aún mareado, Osvaldo identifica el sitio en el que se encuentra: está tendido en una cama dentro de un cuarto de hospital; tiene sondas en la nariz, en el cuello y en el pene. No se acuerda de nada. Intenta levantarse, trata de mover el brazo pero no puede: su mano está esposada a la cama.

Esforzándose, logra recordar lo último que pasó antes de perder el conocimiento: una discusión con Alí, una sirena en la calle. Ahora está en la habitación 18 de la Cruz Roja de Polanco. «¿Y Alí dónde está?, ¿por qué estoy esposado?», pregunta Osvaldo. «¡Tranquilo, tranquilo, todo va a estar bien!», le responde su hermano, Humberto Morgan Colón.

«Estás en la Cruz Roja. Estuviste dos días en coma», le informa Humberto, escueto. No se atreve a decirle lo que en realidad pasó. Osvaldo sigue mareado por los medicamentos, pero intenta incorporarse nuevamente. No puede; un dolor le atraviesa el abdomen: bajo la bata tiene una herida suturada de casi 15 centímetros a la altura del ombligo.

–Quiero verla– le dice a su hermano.
–No puedes. Descansa.
–¿Por qué no puedo verla?
Humberto mira a su hermano desesperado y suspira, a sabiendas de que no podrá ocultar la verdad mucho más tiempo.
–Alí está muerta. Tú la mataste.

[La fiesta]

El cuerpo desnudo de Alí Dessiré Cuevas Castrejón yace en la morgue. El rostro moreno, hinchado, parece dormir sobre la plancha del anfiteatro. En el abdomen lleva los pequeños puntos oscuros que delatan la causa de su muerte: el mediodía del 20 de septiembre de 2009, apenas un día después de su cumpleaños 24, fue asesinada de una cuchillada en el ojo izquierdo y 26 puñaladas en el estómago.

El día antes de su muerte, Alí y Osvaldo festejaron el cumpleaños en el departamento número 1 de un edificio de cuatro niveles, con una fachada en piedra de color gris, el 162 de la calle Ayuntamiento, en el Centro. La pareja había convocado a una reunión en el departamento donde Osvaldo vivía con tres roomies. La cerveza y la marihuana corrieron. Horas después, la luz del mediodía apenas se filtraba por los amplios ventanales del departamento. Cerca de 20 invitados se habían retirado mucho tiempo antes, y además de la pareja, sólo quedaban dos amigos que dormían.
La cerveza y la marihuana corrieron.

Osvaldo y Alí estaban despiertos. Ella buscaba una escoba para empezar a hacer la limpieza de la cocina de cuatro por tres metros de ancho. Él aún estaba perturbado por el alcohol y sólo le repetía que había que buscarla. Allí inició todo: entre vasos sucios, una botella de cerveza familiar en un lavabo con base de madera, una estufa blanca, una alacena.

Osvaldo recuerda que Alí se desesperó. «Comenzó a ofenderme, dijo que ya no me quería. La empujé y ella me enterró dos veces un cuchillo en la boca del estómago. Me dio miedo. Quise controlarla, pero en el forcejeo el cuchillo se fue hacia su ojo; estaba tan enojado, que se lo arrebaté y le piqué el estómago.» En el bolso de Alí estaba un libro que ella nunca leería y un juego de backgammon en miniatura, los obsequios de cumpleaños que horas antes le había dado el propio Osvaldo.

¡Llama a la policía!… No, mejor no…
Alí acabó en el suelo: la sangre empapaba su playera rosa. Osvaldo buscó a uno de los amigos que se había quedado a dormir, Alejandro Rangel. «¡Alex!, maté a Alí. Ya les había dicho que algo así iba a pasar. ¡Llama a la policía!… No, mejor no… ¡Mejor sí!», le gritó Osvaldo.

Alejandro intentó tranquilizarlo. Aún sentía la pesadez de las cervezas de la madrugada. Vio la sangre en el abdomen de su amigo.

–Ya no tengo salvación, ¿verdad?
–Tranquilo, voy a llamar a la ambulancia.

Tambaleante, Alejandro corrió a la cocina. Encontró a Alí en el suelo, muerta. Osvaldo sintió cómo sus piernas se doblaban. Comenzó a escuchar todo muy lejos. Cayó de rodillas, sus párpados se cerraron y su cuerpo se acomodó en posición fetal. A unos metros, permanecía el cuchillo dentado de 11 centímetros, lleno de sangre.

Me enterro
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