Los pocos alumnos y profesores que todavía permanecían en el Instituto México Secundaria la tarde de ese martes 2 de febrero dirigieron su mirada a la casa detrás de la cancha de fútbol, extrañados: habían escuchado un disparo. Era poco más de las 4:30 y las nubes ya cubrían el cielo.
Las actividades extraescolares que se llevaban a cabo continuaron como si nada hubiese pasado durante unos minutos. Fue hasta que las patrullas arribaron poco después que cayeron en cuenta: algo grave había sucedido. Las puertas metálicas del colegio impidieron el paso a los agentes. Tocaron el timbre varias veces, sin respuesta. Llegaron mandos policíacos sectoriales y regionales: el 066 había recibido varias llamadas en las que se reportaba no sólo un disparo, sino incluso una muerte en la escuela. A pesar del protocolo, en el que se especifica que las fuerzas de rescate deben entrar a la escena de un crimen a la brevedad, los mandos no lograron pasar. Fue hasta que apareció el fiscal de la Procuraduría de Justicia capitalina asignado a la delegación Benito Juárez, casi una hora después, que alguien pudo acceder a la escena. El fiscal entró solo a la casa detrás de la cancha. Ante la molestia de los jefes policíacos, el fiscal les dijo: «Son órdenes de arriba, de muy arriba, así que tranquilos». Los agentes de azul terminaron esperando al fiscal a 300 metros de la Casa Marista dentro de la cual alguien había disparado.
La noticia se extendió como pólvora entre la comunidad del colegio. ¿Quién había disparado? ¿A quién? ¿Por qué? Los padres de familia que iban a recoger a sus hijos después de las actividades vespertinas se encontraban con patrullas afuera del colegio marista al que mandan a sus vástagos para educarse con la congregación fundada por Marcelino Champagnat, santo que profesa la fe en María. Pero nadie les daba información sobre lo sucedido. Profesores del Instituto México Secundaria (IMS) recibían llamadas a su celular y mensajes por messenger; ellos tampoco sabían nada. En los teléfonos del colegio nadie contestaba.
Fue hasta dos horas después del disparo que se confirmó que el incidente había dejado un muerto. El cuerpo se trasladó al Servicio Médico Forense, mientras los maristas trataban de controlar la situación. Cancelaron las clases del día siguiente, aún sorprendidos por el nombre del difunto. El disparo se trataba de un suicidio.
Para esa noche, maestros, padres de familia y alumnos conocían los detalles del incidente: Pedro Escamilla, el director del IMS, se había dado un balazo en la sien. Junto al cadáver había aparecido una carta en la que el difunto hablaba de un fraude cometido al interior del colegio que él había descubierto y del que se le quería hacer responsable. En ella también inculpaba a otra persona. Afuera la lluvia comenzaba a inundar la ciudad.
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