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Segunda parte (Los Seade) | Chilango.com

Revista Chilango

¡A toda madre!
Mayo 2012
No. 102
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Segunda parte

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Hermanos de sangre




Cuatro meses
A Sergio Seade Kuri le gustaba la cacería y le inculcó esa afición a sus hijos. Los llevaba de pequeños a un rancho cercano a Laredo, Texas, a cazar venados, faisanes y hasta alces. Los niños Seade aprendieron a disparar, aunque nunca se les permitió cargar armas. Dejaron de hacer viajes de cacería hace poco más de 15 años, pero las pistolas y rifles quedaron guardados en casa. Todas las armas estaban registradas. El señor Seade ni siquiera llegó a utilizar algunas. Como la Star .9 milímetros matrícula 1417221 que adquirió hace más de 40 años y que nunca se usó en la familia sino hasta el día en que José la robó cuando subió ese domingo por sus cosas. Llevaba al menos cuatro meses planeando el asesinato.

José y Manuel tenían muy poco en común. En el Instituto Cumbres, donde estudiaron desde primaria hasta preparatoria, parecía que ni se conocían. No se saludaban. En comidas familiares hablaban sólo lo necesario para que no fuera incómodo estar juntos. Con su hermano Sergio, José convivía a veces, en casa de su padre. Fueron de pesca un par de veces. Con Manuel no. Cuando su madre, Patricia Gutiérrez, sucumbió al cáncer, José decidió refugiarse más en su soledad. Paty, la hija menor, se fue por un tiempo a España, y cuando Manuel se mudó, la casa quedó casi vacía. Lo que más le preocupaba era dejar a su padre solo con José. «Si Paty estuviera aquí en México no me iba, no la dejaba sola ahí, pero mi papá sabe controlarlo», decía a su círculo más cercano.

Cuando José fue detenido declaró ante el Ministerio Público —de acuerdo con la averiguación previa FMH/MH2/T2/00049/10-01— que había asesinado a su hermano porque Manuel había violado a dos ex novias y a una menor de edad. Había decidido “tomar la justicia en sus manos”. De esas acusaciones el abogado de José no ha podido probar nada, aunque aún basa su defensa en ese argumento. También solicitó un estudio psicológico de José para presentarlo como recurso, pero al final desistió. Para la familia Seade se trató simplemente de un intento de justificar su crimen. En lenguaje jurídico, al atenuante que intentó usar José se le llama “emoción violenta”. Estaría tan enojado por las supuestas violaciones, que no pudo controlarse y disparó.

Hasta ahora no se ha hablado de la póliza del seguro de vida por $3,750,000, con fecha del 3 de septiembre de 2009 en la que Manuel Seade aparece como propietario y José Francisco Seade como beneficiario. En la empresa en la que José trabajaba ocasionalmente como agente de ventas no pareció raro que uno de sus agentes tramitara un seguro a nombre de su hermano, y que él apareciera como beneficiario. Casos así sucedían todo el tiempo. No sabían que en todas las demás pólizas que tenía Manuel, quien aparecía siempre como beneficiaria era su hermana Paty. La familia Seade cree que, poco antes de que Manuel se mudara a su departamento, José robó algunos de sus documentos por unas horas para presentar la solicitud de contratación del seguro. Harían falta los exámenes médicos para que quedara aprobada, pero en la agencia era un trámite que, para el hermano de un empleado, podía realizarse después. Pero cuando en diciembre su jefe le preguntó a José cuándo se realizarían los chequeos médicos de su hermano, él decidió acelerar su plan.

Los amigos de Manuel sabían desde un año antes del crimen que la relación con José ya alcanzaba niveles de odio. Un día, mientras comían, a la plática salió otro amigo, que se había vuelto agresivo. Uno de los comensales dijo, en broma, que era mejor no estar junto a él: «quién sabe si en un arranque mate al que está al lado». La mesa entera rió. Todos menos Manuel: «a veces creo que eso me puede pasar con José», dijo, aún sin sonreír.

El gato en el horno
Todos lo recuerdan por una anécdota: contaba que de niño había metido a su gato bebé al horno de microondas para ver si estallaba. Cuando terminaba de contarla reía, pero era el único. La anécdota no era real, como muchas otras que contaba, pero lograba su cometido: quien la escuchaba lo veía con miedo.
Su risa era de villano de película. Grave, potente, perturbadora. Le apodaban “El Loco”. Vestía casi siempre de negro, con una cadena colgando desde su cinturón hasta la bolsa trasera de sus pantalones holgados. Su espalda y brazos tatuados con cruces y dragones. Podía bailar por horas los beats pesados y repetitivos de Infected Mushroom. Odiaba ver a una pareja homosexual. «Deberían matarlos. O mejor los mato yo», afirmaba antes de reír con ese tono que hacía que algunos se alejaran.

Se cortaba los brazos con cutters para expresar su tristeza. Porque, con todo y la risa, José Francisco fue un adolescente triste. Nunca se sintió querido, siempre tuvo problemas con sus padres, con sus hermanos. Acostumbraba contar que la relación con su padre era muy mala. Que era un tirano que quería manipular su vida y conseguir que fuera “exitoso”: «Y yo no soy así, a mí no me importan esas madres, soy como me gusta ser». En su declaración ministerial dijo que su padre lo había golpeado varias veces, que tuvo que aprender artes marciales para defenderse de él. Además, vivía a la sombra de Manuel, su hermano el exitoso, el carismático. José nunca se sintió bien junto a él. «No sé, es adoptado», llegaba a decirle a sus amigos cuando le preguntaban sobre su hermano.

Aunque no le gustaba el “éxito”, le gustaban la casa de Valle de Bravo y el departamento en Acapulco, propiedades de su papá. Iba con sus amigos, siempre intentando llamar la atención. Mientras conducía en las curvas de la carretera a Valle de Bravo quitaba las manos del volante y gritaba: «¡sin manos!», mientras los pasajeros intentaban detener el juego. Si iba de copiloto, abría la puerta y simulaba aventarse hacia el asfalto de la vía de dos carriles.

Comenzó a fumar marihuana en la preparatoria, y a sus 28 años fumaba 10 churros al día. Estuvo internado tres veces en clínicas de rehabilitación, según el testimonio que su padre dio al MP. También catalogó a su hijo de fantasioso, de inventarse realidades alternas: a sus amigos lo mismo les decía que se había ido a África de safari y que había cazado un elefante, o que se había escapado de una de las clínicas de rehabilitación donde lo habían llevado y luego había vivido como indigente unas semanas en Toluca.

Estudió Psicología en la Universidad Iberoamericana. Se tituló con la especialidad de psicología infantil, aunque decía querer trabajar como psicólogo laboral. Nunca fue un alumno de calificaciones altas, pero tampoco reprobaba. Sus compañeros lo recuerdan como un tipo inteligente pero con problemas con la autoridad, que desafiaba al maestro hasta que lo sacaban del salón.

Afuera de un salón del segundo piso del edificio C de la Ibero, uno de sus profesores de los últimos semestres lo recuerda: «un chico listo, pero sin ganas de estudiar. Sólo le interesaba la clase cuando había debate, cuando podía confrontarse con alguien, incluso conmigo».

«Por supuesto que si me preguntas si lo hubiera pensado (que podría cometer un asesinato) te digo que no. De ninguno de mis alumnos, por supuesto. De haberlo notado hubiera hecho algo al respecto. Problemas de autoridad tienen muchos en estas aulas», confiesa.

Otro de sus profesores prefiere evitar el tema. «Después van a decir que es un asunto de la Ibero y cómo se imparten las clases o...», pero al final accede a describirlo: «como cualquier otro, raro pero sin llegar a nada extremo, con problemas de conducta como muchos otros».

Los registros escolares de José señalan que era un alumno promedio.  Sólo tuvo dos exámenes extraordinarios en la carrera y su promedio oscilaba entre el 7.6 y el 8.4.

Cuando salió de la universidad buscó trabajo, sin éxito. A sus 28 años seguía viviendo en casa de su padre, quien le daba una mesada. Trabajaba ocasionalmente como agente de seguros cuando el dinero de su padre dejaba de llegar. Nunca habló de irse de la casa, pese a todos los problemas que a sus amigos les contaba tenía con su familia.

Esos amigos se fueron alejando. Comenzaron a trabajar, a mudarse a sus propias casas. José aún los invitaba a fiestas, a conciertos, a Acapulco. A finales del año pasado comenzó a hablarles para ofrecerles seguros, aunque aprovechaba la llamada para contarles que se sentía deprimido y que las cosas no iban bien. Que no sabía qué hacer con su vida. Todos lo tomaron como una etapa más de “El Loco”.

Sin trabajo, sin amigos, y con la carga de la muerte de su madre, José se volvió más ermitaño que nunca. Y Manuel llegaba a casa a hablar del trabajo, de la oferta de irse un año a otro país, de su departamento en Polanco. Para la familia Seade nunca hubo un momento de ruptura en la relación entre José y Manuel: siempre fue mala. Muchos años de resentimiento, desde pequeños, es lo que atinan a decir. Nunca esperaron que tomara la pistola de su padre para dejarlo sin dos hijos el mismo día.

José decía a sus amigos que iba a cometer un gran crimen. No sabía cuál, pero lo iba a hacer. Y antes de ser apresado iba a suicidarse, porque sabía que las cárceles de México son un infierno.
 
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