Cuatro meses
A Sergio Seade Kuri le gustaba la cacería y le inculcó esa afición a sus
hijos. Los llevaba de pequeños a un rancho cercano a Laredo, Texas, a
cazar venados, faisanes y hasta alces. Los niños Seade aprendieron a
disparar, aunque nunca se les permitió cargar armas. Dejaron de hacer
viajes de cacería hace poco más de 15 años, pero las pistolas y rifles
quedaron guardados en casa. Todas las armas estaban registradas. El
señor Seade ni siquiera llegó a utilizar algunas. Como la Star .9
milímetros matrícula 1417221 que adquirió hace más de 40 años y que
nunca se usó en la familia sino hasta el día en que José la robó cuando
subió ese domingo por sus cosas. Llevaba al menos cuatro meses
planeando
el asesinato.
José y Manuel tenían muy poco en común. En el Instituto Cumbres, donde
estudiaron desde primaria hasta preparatoria, parecía que ni se
conocían. No se saludaban. En comidas familiares hablaban sólo lo
necesario para que no fuera incómodo estar juntos. Con su hermano
Sergio, José convivía a veces, en casa de su padre. Fueron de pesca un
par de veces. Con Manuel no. Cuando su madre, Patricia Gutiérrez,
sucumbió al cáncer, José decidió refugiarse más en su soledad. Paty, la
hija menor, se fue por un tiempo a España, y cuando Manuel se mudó, la
casa quedó casi vacía. Lo que más le preocupaba era dejar a su padre
solo con José. «Si Paty estuviera aquí en México no me iba, no la dejaba
sola ahí, pero mi papá sabe controlarlo», decía a su círculo más
cercano.
Cuando José fue detenido declaró ante el Ministerio Público —de acuerdo
con la averiguación previa FMH/MH2/T2/00049/10-01— que había asesinado a
su hermano porque Manuel había violado a dos ex novias y a una menor de
edad. Había decidido “tomar la justicia en sus manos”. De esas
acusaciones el abogado de José no ha podido probar nada, aunque aún basa
su defensa en ese argumento. También solicitó un estudio psicológico de
José para presentarlo como recurso, pero al final desistió. Para la
familia Seade se trató simplemente de un intento de justificar su
crimen. En lenguaje jurídico, al atenuante que intentó usar José se le
llama “emoción violenta”. Estaría tan enojado por las supuestas
violaciones, que no pudo controlarse y disparó.
Hasta ahora no se ha hablado de la póliza del seguro de vida por
$3,750,000, con fecha del 3 de septiembre de 2009 en la que Manuel
Seade
aparece como propietario y José Francisco Seade como beneficiario. En
la empresa en la que José trabajaba ocasionalmente como agente de ventas
no pareció raro que uno de sus agentes tramitara un seguro a nombre de
su hermano, y que él apareciera como beneficiario. Casos así sucedían
todo el tiempo. No sabían que en todas las demás pólizas que tenía
Manuel, quien aparecía siempre como beneficiaria era su hermana Paty. La
familia Seade cree que, poco antes de que Manuel se mudara a su
departamento, José robó algunos de sus documentos por unas horas para
presentar la solicitud de contratación del seguro. Harían falta los
exámenes médicos para que quedara aprobada, pero en la agencia era un
trámite que, para el hermano de un empleado, podía realizarse después.
Pero cuando en diciembre su jefe le preguntó a José cuándo se
realizarían los chequeos médicos de su hermano, él decidió acelerar su
plan.
Los amigos de Manuel sabían desde un año antes del crimen que la
relación con José ya alcanzaba niveles de odio. Un día, mientras comían,
a la plática salió otro amigo, que se había vuelto agresivo. Uno de los
comensales dijo, en broma, que era mejor no estar junto a él: «quién
sabe si en un arranque mate al que está al lado». La mesa entera rió.
Todos menos Manuel: «a veces creo que eso me puede pasar con José»,
dijo, aún sin sonreír.
El gato en el horno
Todos lo recuerdan por una anécdota: contaba que de niño había metido a
su gato bebé al horno de microondas para ver si estallaba. Cuando
terminaba de contarla reía, pero era el único. La anécdota no era real,
como muchas otras que contaba, pero lograba su cometido: quien la
escuchaba lo veía con miedo.
Su risa era de villano de película. Grave, potente, perturbadora.
Le apodaban “El Loco”. Vestía casi siempre de negro, con una cadena
colgando desde su cinturón hasta la bolsa trasera de sus pantalones
holgados. Su espalda y brazos tatuados con cruces y dragones. Podía
bailar por horas los beats pesados y repetitivos de Infected Mushroom.
Odiaba ver a una pareja homosexual. «Deberían matarlos. O mejor los mato
yo», afirmaba antes de reír con ese tono que hacía que algunos se
alejaran.
Se cortaba los brazos con cutters para expresar su tristeza. Porque, con
todo y la risa, José Francisco fue un adolescente triste. Nunca se
sintió querido, siempre tuvo problemas con sus padres, con sus hermanos.
Acostumbraba contar que la relación con su padre era muy mala. Que era
un tirano que quería manipular su vida y conseguir que fuera “exitoso”:
«Y yo no soy así, a mí no me importan esas madres, soy como me gusta
ser». En su declaración ministerial dijo que su padre lo había golpeado
varias veces, que tuvo que aprender artes marciales para defenderse de
él. Además, vivía a la sombra de Manuel, su hermano el exitoso,
el carismático. José nunca se sintió bien junto a él. «No sé, es
adoptado», llegaba a decirle a sus amigos cuando le preguntaban sobre su
hermano.
Aunque no le gustaba el “éxito”, le gustaban la casa de Valle de Bravo y
el departamento en Acapulco, propiedades de su papá. Iba con sus
amigos, siempre intentando llamar la atención. Mientras conducía en las
curvas de la carretera a Valle de Bravo quitaba las manos del volante y
gritaba: «¡sin manos!», mientras los pasajeros intentaban detener el
juego. Si iba de copiloto, abría la puerta y simulaba aventarse hacia el
asfalto de la vía de dos carriles.
Comenzó a fumar marihuana en la preparatoria, y a sus 28 años fumaba 10
churros al día. Estuvo internado tres veces en clínicas de
rehabilitación, según el testimonio que su padre dio al MP. También
catalogó a su hijo de fantasioso, de inventarse realidades alternas: a
sus amigos lo mismo les decía que se había ido a África de safari y que
había cazado un elefante, o que se había escapado de una de las clínicas
de rehabilitación donde lo habían llevado y luego había vivido como
indigente unas semanas en Toluca.
Estudió Psicología en la Universidad Iberoamericana. Se tituló con la
especialidad de psicología infantil, aunque decía querer trabajar como
psicólogo laboral. Nunca fue un alumno de calificaciones altas, pero
tampoco reprobaba. Sus compañeros lo recuerdan como un tipo inteligente
pero con problemas con la autoridad, que desafiaba al maestro hasta que
lo sacaban del salón.
Afuera de un salón del segundo piso del edificio C de la Ibero, uno de
sus profesores de los últimos semestres lo recuerda: «un chico listo,
pero sin ganas de estudiar. Sólo le interesaba la clase cuando
había debate, cuando podía confrontarse con alguien, incluso conmigo».
«Por supuesto que si me preguntas si lo hubiera pensado (que podría
cometer un asesinato) te digo que no. De ninguno de mis alumnos, por
supuesto. De haberlo notado hubiera hecho algo al respecto. Problemas de
autoridad tienen muchos en estas aulas», confiesa.
Otro de sus profesores prefiere evitar el tema. «Después van a decir que
es un asunto de la Ibero y cómo se imparten las clases o...», pero al
final accede a describirlo: «como cualquier otro, raro pero sin llegar a
nada extremo, con problemas de conducta como muchos otros».
Los registros escolares de José señalan que era un alumno promedio.
Sólo tuvo dos exámenes extraordinarios en la carrera y su promedio
oscilaba entre el 7.6 y el 8.4.
Cuando salió de la universidad buscó trabajo, sin éxito. A sus 28 años
seguía viviendo en casa de su padre, quien le daba una mesada. Trabajaba
ocasionalmente como agente de seguros cuando el dinero de su padre
dejaba de llegar. Nunca habló de irse de la casa, pese a todos los
problemas que a sus amigos les contaba tenía con su familia.
Esos amigos se fueron alejando. Comenzaron a trabajar, a mudarse a sus
propias casas. José aún los invitaba a fiestas, a conciertos, a
Acapulco. A finales del año pasado comenzó a hablarles para ofrecerles
seguros, aunque aprovechaba la llamada para contarles que se sentía
deprimido y que las cosas no iban bien. Que no sabía qué hacer con su
vida. Todos lo tomaron como una etapa más de “El Loco”.
Sin trabajo, sin amigos, y con la carga de la muerte de su madre, José
se volvió más ermitaño que nunca. Y Manuel llegaba a casa a hablar del
trabajo, de la oferta de irse un año a otro país, de su departamento en
Polanco. Para la familia Seade nunca hubo un momento de ruptura en la
relación entre José y Manuel: siempre fue mala. Muchos años de
resentimiento, desde pequeños, es lo que atinan a decir. Nunca
esperaron que tomara la pistola de su padre para dejarlo sin dos hijos
el mismo día.
José decía a sus amigos que iba a cometer un gran crimen. No sabía cuál,
pero lo iba a hacer. Y antes de ser apresado iba a suicidarse, porque
sabía que las cárceles de México son un infierno.