Revista Chilango

Chilanga del año: Elena Poniatowska

Diciembre 2014

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Darketa feliz

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La Diva: Lolita Cortés


En casa de su padre, Lolita convivió desde los cinco años con Sergio Romo, hijo de Alma Muriel. Ya en la adolescencia, él se cruzaba de balcón a balcón para entrar al cuarto de su hermanastra. Ella era su antagónico: el chavo conservador se sentía atraído por una excéntrica que se pintaba el cabello negro azabache, no se asoleaba para mantenerse blanca, usaba botas industriales, faldas escocesas con medias negras; pintaba flores en su cara, se ponía sombreros de ala ancha, llenaba su boca de rojo carmesí y los ojos con delineador. «Sergio era muy cuadrado y yo una adolescente extraña —reconoce—. Ahora hubiera podido ser una darketa feliz».
La darketta sobrevive a sus 39. Lolita cambia la charla para explicarme qué simboliza uno de sus tres tatuajes, el de la espalda: la rosa negra del anarquismo, grabada en Tepito. «Lo hice como rechazo al discurso del deber ser de la mujer. Por el tatuaje, mi mamá dejó de hablarme».
La relación con Sergio, al inicio secreta, derivó en noviazgo. Se casaron al iniciar los ’90. Afectada por una seria baja de peso de hasta 42 kilos, buscó embarazarse, sin éxito. Lo logró a los 23 años. Dio a luz a Mariano —al que ella llama “El balón”— hace 15, y cinco más tarde a Dariana, “La pelota”. “Balón” practica parkour, toca la guitarra eléctrica y enloquece con Van Halen. “Pelota” muere por ser actriz, cantante y bailarina.
Tras el nacimiento de Dariana quedó inconforme con sus senos. «No me animaba a la intimidad con mi marido», declaró a Cadenatres. Se colocó implantes, que por el tamaño excesivo llevaba con dificultad. Un combate de taekwondo le dejó un dolor profundo y un derrame de las prótesis. Los músculos, tensos por el ejercicio, movieron las bolsas. Ese día ordenó al médico: «Quítalas y ponme la talla más chiquita».
Lolita y Sergio Romo —actual presidente de la agencia de publicidad Saatchi & Saatchi México— se divorciaron en 2001.
Hoy vive en casa con sus hijos, su madre, su hermana, su cuñado Pepe Betancourt, su sobrino recién nacido y seis perros.
—¿Seis?
—Sí, los recojo o me los llevan. Siempre he tenido perros. Beethoven era epiléptico y duró lo que tenía que durar: un perro maravilloso que no sabía ladrar. El Boris, bulldog inglés, es una raza mal hecha por el hombre: murió porque no tenía por dónde respirar. Y su muerte fue terrible, nos acabó y estuvimos de luto mucho tiempo.
Lola ha logrado actuar al mismo tiempo en Confesiones de mujeres de 30, Peter Pan y, a la vez, levantarse a las 5 am para llevar a sus hijos a la escuela. Repasa sus textos en la noche —a veces haciendo abdominales— y si puede se despierta hasta las 11 am. Hace aeróbicos viendo Ghost Hunters, SCI New York o películas, a veces junto a su madre.
«Admiro la paciencia de Lola para cualquier cosa —dice su hermana Laura—, hasta para sus fans: termina la función tardísimo y no se va hasta que el último tiene su autógrafo».

MUY VULNERABLE

Su voz le abrió las puertas de tres festivales OTI, cuna de varios de sus ídolos: Sergio Esquivel, Lupita D’Alessio, Emmanuel o Napoleón. «Llegar ahí y ver que era (el OTI) horrible fue una decepción —dice—. No importaba si cantabas bien. Era, “la canción no le gustó a tal y no pasarás a la final”».
Por esa época, sin embargo, grabó su primer disco, Ilusiones, y luego Malos pensamientos y Corazón de neón. Aunque como popera no impactó, un factor contribuyó al fracaso: al conductor Raúl Velasco le parecía intolerable que una cantante usara el pelo tan corto. Las críticas llegaron como lluvia ácida: condenaban el ritmo de sus melodías, su voz, el póster de uno de sus LP’s en el que sus dedos revelaban que se comía las uñas: «Tras el cuarto disco dije “basta”».
En los ’90 se mantuvo firme en la marquesina con musicales que la catapultarían, como Qué plantón o La Bella y La Bestia. «Lolita es un genio actoral, un monstruo», dice el productor Morris Gilbert.
La carrera le traería a Lolita un gran reto: El fantasma de la ópera, en el papel de Christine Dubois, la protagonista. Se vio obligada a estudiar bel canto y transformar su técnica vocal. El día del debut, en los teatros Telmex, casi se produce una catástrofe: «Canté muy mal, temblaba —acepta—. Y al cantar pensaba: “te vas a desmayar, respira, no hagas el ridículo” ».
Al final, Kristen Blodgette, supervisora musical de Broadway, la encaró: «me da vergüenza haberte escogido», le lanzó, brutal.
«Lola es muy fuerte —dice su amiga Bricia Orozco— pero también muy vulnerable». Herida, Lolita volvió a su propia técnica, pese a que la ortodoxia la obligaba a ejecutar las notas con el complejo legato.
«Ese día dije, “¿ah, sí?, pues voy a cantar como yo sé cantar”», recuerda.
En la siguiente función amalgamó lo que sabía de canto e interpretación con un dejo operático. «Para ellos (sus compañeros) era: “¿cómo hiciste eso?” Les dije: “Es lo que sé hacer. Quería cantar como ustedes pero me faltan años de estudio. Y si esta señora piensa que soy la peor Christine que ha visto en su vida, pues ahora voy a ser la peor, tal vez, pero con mi técnica».

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