¡A toda madre!
Mayo 2012
No. 102
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Por César L. Balán
Guillermo Ochoa, guardameta del América, ha pasado en cuatro años de ser un desconocido a una celebridad del deporte. Hoy, alcanza el pedestal de la fama por su gran capacidad, e integra a su vida de noches de diversión y placeres propios de u sex symbol.
De rodillas sobre el césped, bajo su uniforme negro, el portero Guillermo Ochoa observa en el fondo del arco el balón amarillo que acaba de techarlo. Flamenco clava al América el cuarto gol . Ese 30 de abril, al desolado Estadio Azteca lo hunde el silencio: apenas se oyen los gritos de treinta fanáticos cariocas de rojo y negro . Memo se levanta, dirige los ojos al cielo y resignado los devuelve al campo donde debutó hace 52 meses.
El arquero acude entonces al tic que lo ha atacado mas de treinta veces en este 2008, es decir , cada vez que ha recibido un gol: mientras el balón viaja al circulo central para que se reanude el juego, acomoda su headband, coloca las manos a la cintura y levanta la mirada hacia lo alto del estadio para verse a sí mismo en la megapantalla.
Ante el silbatazo final, se saca los guantes y entra a vestidores. Ahí se dirige a su locker, decorado —como ocurre con cada jugador— con su imagen luminosa: la foto lo exhibe eufórico, celebrando un gol en un clásico 2007, vestido con un jersey retro del América de los 80.
En el lapso en el que se retira la casaca, desata sus Niké blancos y las vendas de los tobillos, se entera de que su técnico, Rubén Romano, ha renunciado. Silencioso, Ochoa abandona el Azteca en lo parece el día más oscuro de la peor crisis en la historia del equipo, colero del Clausura 2008. Esta vez, afuera del fútbol la vida es más luminosa.
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