Miguel Ángel del Siglo XXI

El lado brutal de la belleza

 

—No toque nada azul incluyendo a los doctores —bromea Rodríguez, el cirujano ayudante de Aurioles.

Si esto fuera Nip Tuck, la exitosa serie televisiva de ficción que muestra el mundo de un par de cirujanos plásticos en Miami, Rodríguez sería Christian, interpretado por Julian McMahon: masculino y seductor, con cierto aire conservador y machista… pero vivimos en la Región 4, él esta rapado, es alto, robusto, tiene una panza enorme y tiempo para preguntarme si me gusta leer y cuáles son mis planes a largo plazo. Aurioles, en cambio, sería el Sean de la serie, caracterizado por Dylan Walsh: es rubio, suave, menudo, con imagen de perfecto padre de familia —aunque aún no lo es—. El cirujano plástico con quien todas se querrían casar.

Angélica está desnuda y anestesiada y el clima es tenso. Asoma su sexo bajo la sábana. Además del dúo de médicos, está en la sala el anestesiólogo y su ayudante, y dos enfermeras con casacas blancas con dibujos infantiles de solecitos. Como en la serie, también, la música indica el comienzo de la tarea. Es con Arjona la primera incisión: un punto minúsculo sobre la línea que divide las nalgas.

* La lipo la tiene que hacer un doctor solo; si no, es como dejarle media obra a Miguel Ángel y media a Boticcelli —explica Aurioles, que de niño y adolescente siempre quiso ser escultor, pero con la presión de abuelo y papá médicos, decidió que esto era «lo más parecido».

Escarba. La grasa viaja por un tubo transparente y termina pronto porque es poca. Aurioles querría haberla usado por para rellenar una leve hendidura en las firmes caderas de Angélica, pero no es suficiente. La enfermera toca la pierna inerte y marca el ritmo de Alejandro Sanz: No es lo mismo arte que hartar, no es lo mismo ser justo que qué justo te va… Y viene lo importante. El recambio. Año nuevo, pechos nuevos.

 

Ojo de carne

Los pezones apuntan en diferentes direcciones, algo que debió ser corregido con anterioridad, dice Aurioles, «60% de lo que llega es reoperación». Ya existen dos cicatrices de una primera colocación en el busto de Angélica. Un líquido verde sirve para desinfectar el área y entonces huele a carne quemada. Es el bisturí eléctrico, que corta y al mismo tiempo cauteriza. Veo un ojo de carne que muestra las capas de piel, grasa, glándula, músculo, prótesis. Impresiona. Y como descorche suena cuando sacan una silicona amarillenta. Por unos segundos, uno de los pechos permanece casi plano, como cuando no había sido intervenido. Uno menudo con un tajo profundo. Otro lleno y estirado. Sacan la nueva silicona de una caja sellada. Transparente y de 360 centímetros cúbicos, deberá entrar por el ojo de carne pequeño y me parece que no será posible y las preguntas se me van compulsivamente de la boca:

—¿Eso quieren? (ustedes, los hombres) ¿Eso quieren? ¿Una mujer con dos globos gigantes? ¿Así les gusta de verdad?

De pronto me doy cuenta de que no sólo yo espero respuesta. Ambas enfermeras miran inquisidoramente a Aurioles y Rodríguez. Ellos callan y otorgan. («Que lo que cubre la mano es grano y que lo que la mano no cubre es ubre» bromeará uno de ellos horas después.)

Para el recambio hay que retirar la vieja cicatriz para que se arme una nueva. Eso implica cortar un pedazo de carne interna y quitarlo, una rebanada fina y flexible que también irá a la basura y que recordaré los próximos días cuando, por ejemplo, me haga un sándwich de jamón serrano.

Uno de los cortes no para de sangrar y la mirada de Aurioles tiene una sombra de preocupación. Manipula en silencio. Son unos segundos eternos de gasas bruscas sobre la herida.

Pero todo está bien. Termina con el derecho y pasa al izquierdo. El tiempo con los pechos es condimentado por los grandes éxitos de Cristian Castro y, a caso, por eso Tan cerca de tu boca sin poder besarte, tan cerca de tu piel y sin poder tocarte, el aire aséptico se llena de melancolía.

—Pobrecita —murmuro; ellos me miran con disgusto.

—¿Por qué pobrecita? En el antro no le van a decir pobrecita.

Lo que digan. Habrá costado 7 mil dólares.

La hora de coser es la hora feliz. Hasta ahora todo va saliendo perfectamente y entonces los hombres del quirófano “dejan” que las chicas de amarillo elijan el tema festivo. Es el momento de los Kumbia Kings: Mi dulce niña ra ra ra.

Hay que esperar a que Angélica despierte, recoger el tiradero e ir a comer. Son casi las cuatro de la tarde, empezamos a las diez. Un par de veces en el transcurso de la operación, los médicos me preguntan:

—¿Y tú? ¿Te la harías?

Deduzco entonces que tal vez ellos crean que lo necesito.