Crónica de un fin de semana de campeonato

Mexicali,Baja California Norte, 28 de mayo. Es el cuarto round y el ring es el infiernopara el boxeador Genaro Trazancos, y no sólo por el calor. La escena esdantesca: un incesante martilleo de golpes que salen de los puños de OmarChávez macera su rostro y torso. Apenas en el segundo round, una combinación deupper izquierdo y gancho derecho de Chávez puso a Trazancos de rodillas;pareció por unos segundos que le imploraba piedad, que se arrepentía dealardear una inexistente superioridad sobre el "niño mimado", como lo calificóen los medios locales, aludiendo al parentesco de su rival con la leyendamexicana del boxeo, Julio César Chávez. En el cuarto round, después de recibirun par de puñetazos en el rostro, Trazancos dio dos pasos atrás, aturdido. Parano caer, se apoyó en la cuerda superior y volteó hacia el réferi apenas por unsegundo. En primera fila, Julio César Chávez padre, que daba indicaciones a suhijo, gritó que ya detuvieran la pelea: su hijo estaba masacrando al rival; elcomisionado hizo sonar su campana y el réferi interpretó que era todo. OmarChávez (el "chilango", como lo llama su familia), volvía a ganar. Mucha gente,sin embargo, abucheó porque pensaba que todavía podía continuar el combate. Erainnecesario en vista de la paliza. La realidad es que a muchos les hubieragustado ver caer al menor de la dinastía Chávez.

 

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Omar Ch?vez, el chilango (Alejandro Fuentes)

 

"Junior, ¿por qué a tu hermano le dicen chilango?"

 

Hollywood,California, una semana antes. "Junior, ¿por qué a tu hermano le dicen chilango?"Julio César Chávez Jr. sonríe. "No sé, así le decimos desde chiquito", meresponde con un acento que me hace recordar al de Gael García Bernal en Rudo y Cursi. El departamento dondeestamos, pequeño pero lujoso, es el mismo donde Julio y Omar han vivido durantelos últimos meses para concentrarse en el entrenamiento. Hay una cocineta bienequipada, un desayunador con cuatro sillas y un sillón amplio frente a una gigantescapantalla LCD. Desde lo alto de la terraza se pueden ver algunos de losedificios que circundan el Paseo de las Estrellas de Hollywood. La puertaentreabierta de una de las dos habitaciones deja ver una cama sin tender y ropatirada.

 

Julio,descalzo, está sentado frente a la pantalla. Observa, absorto, una pelea deSebastian Zbik, el alemán contra el que peleará por el campeonato mundial depeso medio del CMB el 4 de junio. Comenta los movimientos con un miembro de suequipo técnico. Junto al televisor está una caja de Blu-Ray abierta; veo laportada y es Alí, la películaprotagonizada por Will Smith. Julio está concentrado en lo suyo; es desonrisa fácil y amable, pero para nada locuaz. Parece sentirse cómodo cuando noes el centro de atención. 

 

Omares el polo opuesto. Sentado en el desayunador, teclea insistentemente sobre unaMac. Está en Twitter. "A ver, ¿por qué este güey me dice que tenga más cuidadocon mi ortografía?" Me acerco y le digo que tuvo tres errores en un solo tweet.Ríe, apenado. "Siempre fui re malo para escribir". Julio nos voltea a ver y ríede buena gana. Parece que recuerda una travesura vieja. Le digo a Omar quebusque ayuda, pero que no deje de usar Twitter porque es una buena forma deestar en contacto con sus fans. "¿Tú cuantos followers tienes en la cuenta deChilango?", me pregunta. "Un poco más de 200", le digo. "Ah, yo tengo más,mira", responde mostrándome la pantalla. "Quise decir un poco más de 200 mil",le aclaro. Abre mucho los ojos. Sólo atina a decir: "ga tu madre, güey". Lacarcajada espontánea estalla.

Continúa…