La maldición de los cursos

 

Con esa oferta en las calles, a mí me sigue pareciendo que el asunto de la educación continua baila en esa línea delgada que por un lado banaliza la educación y por otro llena el vacío que dejan las grandes instituciones educativas, con aparatos burocráticos de tal magnitud que tardan demasiado en incorporar planes de estudio de avanzada. Cursos, cursitos, cursotes que a veces más parecen tener la acepción de la palabra en inglés “curse”, maldición. Hay tantos y tan diversos que para mí casi es como si no hubiera nada. O quizás simplemente carezco de la capacidad para discernir entre un curso patito y esos que, de hecho, sirven para algo. No sé, por ejemplo, si tomar el curso de “Asesinos Seriales” (16 horas, 950 pesos) que dan en el Centro Cultural Woody Allen (ah, sí, claro que existe este centro y ¡este curso! en la Colonia Roma) o uno de “Grafología: conoce tu personalidad a través de tu escritura” (40 horas, 3000 pesos), como el que se imparte en la Universidad Iberoamericana y mucho menos si el de “Derecho a la Competencia Económica” (18 horas, 5,835 pesos) del ITAM me serviría de algo. Las clases de rumano (un semestre una hora diaria, 2,000 pesos público en general) o a la “Cátedra Cervantes” con lecturas del Quijote (3 días de 11 a 18 hrs, entrada libre) suena exótica en la UNAM y también uno de “Coolhunting: cómo encontrar tu siguiente gran idea” (una sesión semanal de 3 horas por tres meses, 4900 pesos) en la Universidad Centro. Es más, se me ocurre que a un año de que acabe la primera década del siglo, lo más inteligente sería ni siquiera salir de mi casa para aprender algo: puedo tomar uno de “Dibujo Manga” en Aulafacil.com o de “Gastronomía y Cultura” en Emagister.com.mx.

Está bien, acepto que a primera vista todo me suena a «deje aquí su dinero, nosotros lo cuidamos mejor que usted», pero empiezo a consultar especialistas y encuentro que mi desconfianza viene del desconocimiento. Según los futurólogos estadounidenses más destacados, la mayoría de los empleos que existirán en 15 años todavía no se inventan (o me van a decir que alguien se imaginó que habría bloggers pagados y diseñadores de páginas web allá por 1995). Miles de tecnologías y servicios que aún no podemos siquiera imaginar necesitarán alguien que los opere, por lo que aquél profesional/camarón que se duerma y no se mantenga actualizado, se lo van a hacer cocktail de desempleado. Así de fácil. Es una de las pocas formas para prevenir el golpe que viene: la crisis global, esa neumonía generalizada que dizque era un catarrito y nos tiene estornudando a todos.

«De aquí salen muchos con trabajo —asegura José Luis Cortés Delgado, director del área de Educación Continua de la Universidad Iberoamericana—. De aquí mismo salen muchas oportunidades; nosotros continuamente tenemos llamados de empresas que nos piden especialistas en un campo y sus contactos.»

Hay que considerar que, en cuanto a oportunidades de trabajo, el mundo ya empieza a pensar “glocal” (global+local). Lo más seguro es que un día encuentres una oportunidad con una empresa que puede hacerte cambiar de residencia, pero sólo si estás bien preparado. Como dice Jeffrey Joerres, CEO de Manpower, una de las mayores empresas de outsourcing del mundo «el talento va a donde el talento es requerido».

El mundo se está convirtiendo en una verdadera fuerza de trabajo global, donde 92% de los mexicanos (según la encuesta de Manpower del último trimestre de 2008) estamos dispuestos a cambiar de residencia por mejores oportunidades de empleo. Si a eso añadimos que de acuerdo con Enrique de la Garza Toledo, investigador de la UAM, experto en temas de trabajo, la mitad de los mexicanos actualmente trabajamos en el sector informal (y no sólo la gente que vende piratería, hablamos de médicos, terapeutas, maestros, periodistas y un largo etcétera). Entonces la perspectiva es aún más competitiva.

Estudiar o morir, empiezo a darme cuenta. «La capacitación continua es como una charola de pastelitos, todos se antojan pero no es cuál quieres, sino cual re-quieres, cuál te va a nutrir en algo. Un curso puede cubrir, por ejemplo, ese conocimiento para un trabajo que ya empezaste y que te gusta, pero para el que no tenias la capacitación previa», dice Pablo Santa María, autor del libro Procesos humanos en los negocios, experto en este ramo.