LA BARRA DE LA MUERTE

De la Chilangoteca

 

 

Llamo a Viviana Corcuera para que me acerque a la vida de los “jetseteros” en el puerto. Quiero dar el primer paso hacia una crónica sobre cómo se divierten los ricos, famosos y poderosos del DF en esta renovada ciudad portuaria. «Casa Corcuera», atiende un empleado, como si se tratara del conmutador de un resort. Me la comunica. «Querido —dice, con un cálido acento argentino— vení a mi casa, así la conocés.»

Desde fines de los sesenta, los más célebres cronistas de sociales, como Duque de Otranto y Nicolás Sánchez Osorio, deslizaban su pluma inspirados en la dueña de esta residencia en Las Brisas: Viviana Rosa Dellavedova o Viviana Corcuera, miss Argentina Internacional 1964, cuya fama se catapultó al casarse con el empresario mexicano Enrique Corcuera hace 37 años.

Camino a su hogar avanzo sobre la avenida Escénica. Discurren a mi lado el Baikal, Kookaburra, Madeiras y Sky Garden, algunos de los lujosos restaurantes con vista al mar que desde hace poco más de una década han recuperado a esa gente bien que el puerto había abandonado. A mi derecha aparece el Fraccionamiento Las Brisas, el cerro que acoge asombrosas residencias de potentados y artistas, como Jaime Camil, Juan Gabriel, Arturo Montiel o Lucero. Bajo del taxi y camino hacia el complejo, pero de inmediato me detienen. En la entrada, junto a una barrera con la leyenda «cámaras de seguridad en servicio», uno de los cuatro policías armados pregunta a dónde voy: «A la casa de la señora Corcuera».

Me piden pasar a una caseta sofocante con cuatro monitores de circuito cerrado. Cuelgan de un muro 20 walkie talkies. Un agente hace una llamada y recibe la orden de darme acceso.

Fernando, dueño de un popular antro del Centro Histórico capitalino, es uno de los tantos personajes que Viviana, acaso para mantenerse como socia vitalicia de la alta sociedad, recibe en su casa los fines de semana o vacaciones. Ella ha tenido que salir pero él me ofrece asiento. Viste de blanco, con una playera ligerísima y pantalones frescos, de manta. Toma consomé mientras delinea ante mí el clásico itinenario jetsetero. La única condición es no divulgar su identidad.

—Nos vemos aquí o en casa de alguien para tomar algo. De aquí, como a la 1 de la mañana, vamos al Baby con Enrique Corcuera (hijo), Jerónimo Iturbe, Javier Creel, Diego Sánchez Navarro, Rafael Guerra y sus novias o niñas de por acá. Vienen muchas de Monterrey. Viviana conoce a todo el mundo en Acapulco, hay cenas y ahí las conoces. Suelen ser hijas de empresarios. También nos llevamos argentinas o brasileñas, modelos casi todas, que vienen del DF a echar desmadre y algo sale…

—¿Son ciertas las historias del Baby’O? Los privaditos de Luis Miguel, las cuentas millonarias…

—En el Baby tener una buena mesa cerca de la pista es ¡wow! Siempre son los mismos tomando botellas de lo mismo: cocteles dulces que se sirven en la ‘barra de la muerte’. Te ponen muy borracho. Una cuenta normal es de 10,000 pesos. Cuando va Luis Miguel ponen muchos guaruras y nadie pasa a su mesa.

—¿Y en el día?

—El día se sobrelleva para volver a agarrar la peda en la noche. El día es la cruda. Todos se levantan tarde y vas a la alberca, al jacuzzi o al asoleadero a leer revistas rodeado de cojines. Se habla poquito.

—¿Pasean en los yates?

—De repente vamos al barco del cuñado de Enrique, pero nadie se mete al mar. Puedes ir a (la Bahía de) Pichilingue o la (Isla) Roqueta. Encallas, comes, estás ahí chupando y el chiste es agarrar el atardecer con el barco andando hacia el sol. Muchos cuates tienen muchas chavas y se llevan strippers o, si pueden, spring breakers; pero las gringas no son fáciles, están a la defensiva porque sus agencias de viaje les dicen que no les hagan caso a los mexicanos.

 

NERVIOSISMO

 

Hacia las siete de la tarde, cuando me despido de Fernando y Eladio me lleva a la puerta, en avenida Pie de la Cuesta se ejecuta el “levantamiento cadavérico” de Herrera Luna.

El Centro Comercial Oyamel, donde el empresario nacido en Atoyac de Álvarez (tierra del guerrillero Lucio Cabañas) poseía desde diciembre la concesionaria de motos japonesas y el negocio de equipo rural Motores y Accesorios del Pacífico, no es más que una serie de sencillos comercios construidos sobre peñascos que dan al Pacífico.

Llegan al lugar el grupo criminalístico de la Procuraduria estatal, agentes ministeriales del Sector Mozimba, el coordinador regional Emiliano Portillo y la agente del Ministerio Público Victoria Gudard.

Los reporteros toman nota y buscan declaraciones de los tres empleados del negocio Honda 2R, aún shockeados por la terrorífica escena. La media filiación de los ¿sicarios? Nadie sabe, nadie supo. «Por el nerviosismo ninguno puso atención», explica El Sol de Acapulco en un ejemplar de esos días.

La biografía de Herrera no parece dibujar un hombre ligado al crimen organizado: era economista del IPN y fungía como panelista habitual de “Epa Tarecua”, programa de la cadena Radiorama sobre técnicas de cultivo, fertilizantes, plagas y uso de maquinaria para el campo. Agricultor con huertas de coco cerca de Ixtapa, entraba en contacto con los campesinos de Costa Grande, Costa Chica y la Zona de la Montaña. Pero el modus operandi del asesinato hace temer lo peor. No fue un asalto. Según la policía local, nadie tocó los 9,000 pesos que guardaba en el bolsillo.

Mientras las caravanas de turistas entran por tierra, la PFP tiende un cerco policiaco en todas las salidas de Acapulco, por si los asesinos cometen el error de querer escapar en el Seat. Desde luego, no lo hacen.

El cuerpo de Herrera, un hombre de negocios más que cae en el puerto, viaja a Semefo. Como él, otros empresarios han encontrado en esta ciudad idéntico destino. En menos de dos años, la misma suerte acabó con el finquero y notario público Rubén Robles Catalán, y hace unas semanas con el empresario automotriz Jaime Mejorada.

Acapulco se habitúa, en calma, a la muerte violenta de los señores del dinero.