Jacobo Zabludovsky: con Dios y con el diablo (II)

'Fue servil a Echeverría': Vicente Leñero

Cuartoscuro

Jacobo inició en el periodismo a los 14 años, como corrector de pruebas en el diario El Nacional; después fue columnista de chismes en el semanario El Redondel, finalmente encontró su lugar escribiendo noticiarios en la cadena Radio Continental. A los 23 ya había producido y dirigido el primer noticiario de televisión en Canal 4. Ante las pantallas, Jacobo nunca fue joven. Al menos no desde que se convirtió en el conductor estrella del principal canal de televisión en 1971, cuando él entraba en los 40. No abandonó esos reflectores hasta que su hijo Abraham renunció a su noticiario en el año 2000. El día en que decidió ya no seguir trabajando para la empresa sin su hijo, salió a tomar una copa con su esposa Sarita, en Polanco, cuando recibió la llamada del entonces secretario particular del presidente, Liébano Sáenz, quien lo convocó a una reunión con Ernesto Zedillo en su oficina de Los Pinos. Zedillo y Zabludovsky eran y siguen siendo viejos amigos.

«Lo conozco desde antes de que alguien imaginara que podía ser presidente», dice el periodista. Su amigo el mandatario le dijo que no podía renunciar, que no podía ser el eterno tutor de Abraham. Pero la decisión de Jacobo estaba tomada. «Mi hijo no necesita un tutor. Y sí puedo renunciar. Ya renuncié», le respondió, cerrando de tajo la conversación. Así, de un día para otro, puso fin a sus casi 30 años como el constructor de la realidad mexicana. En sus mejores épocas, a principios de los ochenta, era la referencia obligada. No había mayor prueba de credibilidad que “lo dijo Jacobo” ni mejor contraste de versiones que esperar “a ver qué dice Jacobo”. Cada noche, a través de la pantalla, millones de personas dejaban entrar a su casa a ese hombre de audífonos gigantes que le daban un toque espacial y a su secretaria Lupita, quien le pasaba llamadas telefónicas al aire –no de su audiencia sino de altos funcionarios que buscaban dar declaraciones. 

«Los mexicanos lo veían religiosamente porque era la única manera de enterarse de lo que pasaba. Por supuesto que se había creado una confianza impenetrable –dice Raúl Trejo Delarbre, columnista en las revistas Emeequis y Zócalo, y coordinador de libros como Televisa, el quinto poder y Las redes de Televisa–, muchos lo pueden acusar de tergiversar la información, pero para la mayoría de la audiencia seguía siendo el faro que les señalaba para dónde mirar.»

En su libro Vivir, el prestigiado periodista Julio Scherer, fundador de la revista Proceso, de la que fue director durante 20 años, escribió sobre Zabludovsky: “Seguidores entusiastas en todo el país hablaban de él, de la penetración de su trabajo, de su información privilegiada, de su porte, de su elegancia, de su corbata negra, de su fina ironía, de su lenguaje impecable, de su dicción sin error. Lo llevaba conmigo como una pesadilla… Los secretarios de Estado se exhibían a su disposición, orgullosos de comunicarse con el número uno de las noticias. Y así los gobernadores, así las señoras de fama y así los diplomáticos y así los generales. No obstante el coro que le cantaba, Zabludovsky centralizaba uno de los vicios mayores de las dictaduras: la libertad de expresión dictada desde el poder”.

El silencio de Jacobo

Antonio no quiere que se publiquen sus apellidos porque no cree en los medios, pese a que trabajó para uno durante 18 años. Era uno de los técnicos de 24 horas. Pero con la salida de Jacobo fue de los empleados despedidos cuando entró el equipo del nuevo conductor. No le guarda rencor aunque por su salida haya perdido el trabajo; al contrario. «Se sabía el nombre de todo su equipo y nos hablaba con la misma amabilidad, sin importar quiénes éramos. Respetaba el trabajo de todos y te lo reconocía, aunque lo único que hicieras fuera levantar un cable», dice. Antonio no recuerda el noticiario de Zabludovsky en los momentos más ríspidos, como las elecciones de 1988 o el asesinato de estudiantes en las décadas de los sesenta y setenta, pero sí cuando Jacobo entrevistó a Cantinflas y a María Félix.

«Nadie sabe hacer preguntas como él», dice el hombre que ahora repara aparatos domésticos y aún tiene a Jacobo como referencia informativa, pero desde su noticiario de radio De una a tres, de Radio Red, el de mayor audiencia en ese horario según la empresa Ibope, dedicada a medir y analizar audiencias de los medios de comunicación. Antonio fue parte del segundo grupo de despidos masivos en el equipo de Zabludovsky. Poco antes, se había desmantelado la gran red de corresponsales en el mundo conocida como ECO (Empresa de Comunicaciones Orbitales), proyecto informativo que encabezó el periodista para Emilio Azcárraga Milmo. Se trataba de la primera cadena de noticias de habla hispana con transmisión las 24 horas en México, América Latina, Estados Unidos y Europa, que aspiraba a competir con CNN, NBC y BBC. Fue a través de esta cadena, y en voz de Jacobo, que México supo en marzo de 1994 que el candidato presidencial, Luis Donaldo Colosio, había sido asesinado. Fue el único medio que transmitió en vivo el magnicidio que marcó la historia contemporánea del país. Sin embargo, las pérdidas económicas y los bajos ratings hicieron que ECO desapareciera en 2001.

En la televisión Jacobo no imponía su voz. Era la única. El investigador Trejo Delarbre niega que el presentador haya sido el vocero oficial del régimen. «Era el único noticiario nacional. El espacio de acción para los periodistas en general en esa época era muy reducido. Zabludovsky hacía su trabajo, no era un lector de noticias, era un verdadero reportero y era el más conocido. Padecía la censura, como todos. ¿Eso lo convierte en un vocero? Por supuesto que no», dice en entrevista. El noticiario 24 horas nació en 1971 y fue el primero en su especie. Ninguna otra empresa tenía su capacidad de producción y no existía siquiera otra cadena de televisión competitiva. Fue hasta 1993 que nació TV Azteca y su “Fuerza informativa”. Para entonces, Zabludovsky les llevaba 22 años de ventaja en el reconocimiento del público.

Pero en la década de los setenta había otros periodistas que en otros medios trataban de acabar con las versiones oficiales. Como el Excélsior dirigido por Julio Scherer, que fue tomado por un grupo de cooperativistas azuzados por el gobierno del entonces presidente Luis Echeverría, objeto de las críticas del diario. La noche del 8 de julio de 1976, cuando fueron expulsados de sus instalaciones, Jacobo, “servil a Echeverría como a todos los presidentes priistas que vinieron después” –según palabras de Vicente Leñero en su libro Los Periodistas–, dijo que el cambio administrativo era resultado de una asamblea que se realizó en orden y cumpliendo los estatutos de la cooperativa. Dijo, además, que habían encontrado armas en las oficinas de Scherer provenientes de la guerrilla sandinista en Nicaragua con la que el periodista tenía nexos. Era el fin de “una era de periodismo amarillo y desestabilizador de nuestra democracia”, dijo frente a las cámaras. No, Jacobo no salió en defensa de sus colegas, como tampoco lo hicieron otros periodistas. «Es probable que Zabludovsky callara cosas porque ésas eran las reglas y no aplicaban sólo para él», dice Trejo. Scherer planteó otra posibilidad en sus memorias: “Eran, efectivamente, los tiempos de la información unificada, pero eran también los tiempos de la riqueza a manos llenas para algunos informadores. Si Emilio Azcárraga Milmo se había declarado soldado del PRI, no hacía falta que Zabludovsky se declarara soldado de Azcárraga. Inacabable su fortuna, el dueño de Televisa la repartía”.

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