[El fino olor de lo inmediato]

Javier Caballero y Dorian L?pez

De El Zarco de Ignacio Altamirano a El amante de Janis Joplin de Élmer Mendoza, pasando por Los bandidos de Río Frío de Manuel Payno, la narrativa mexicana siempre ha abrevado en las aguas del crimen para moralizar sobre la peculiar impunidad con que los maleantes suelen enseñorearse de territorios completos. Vista desde esta perspectiva, hasta la ya venerable novela de la Revolución Mexicana –tan ferozmente antirrevolucionaria antes de que sus autores se convirtieran en ministros y senadores – consiste en eso: relatos sobre bandidos que gobiernan de facto una zona y la administran mediante el cobro de impuestos con métodos atroces.

Ni Los bandidos de Río Frío ni El Zarco, o El águila y la serpiente de Martín Luís Guzmán y Yo fui soldado de levita de Urquizo hablaban de su realidad inmediata

Pero ni Los bandidos de Río Frío ni El Zarco –para seguir con los ejemplos anteriores– o El águila y la serpiente de Martín Luís Guzmán y Yo fui soldado de levita de Urquizo (tan duras en su crítica de las hordas revolucionarias de las que los propios autores formaron parte), hablaban de su realidad inmediata: son novelas que nacieron siendo relatos históricos sobre un periodo confuso del que un escritor se permitía hablar después de un proceso largo de meditación y, sobre todo, a la luz de las soluciones que habían terminado por devolverle al gobierno el control de los territorios cedidos en el pasado a los criminales.

Hoy en día, novelas tan literariamente sofisticadas como la macbethiana Trabajos del reino de Yuri Herrera –consagrada ya internacionalmente– o 41 de Rogelio Guedea –cuyo arraigo en la actualidad periodística tal vez la haya demeritado injustamente frente a la crítica –hurgan en la información del día y tratan de aclarar sus misterios mientras esta se va revelando.

Lo singular no es que un escritor se ocupe de un momento en el que priva la indefinición sino que una industria cultural apueste por una narrativa arraigada en el desbarajuste criminal del ahora.

Hay que decir que la inmediatez no es ningún demérito para un autor: la monumental 2666 de Bolaño o la resistente Los de abajo de Mariano Azuela fueron libros escritos al calor de la incertidumbre del día noticioso y los balazos –Los de abajo se publicó por entregas en un periódico de El Paso cuando aún no se sabía quién iba a ganar la Revolución. Lo singular, entonces, no es que un escritor se ocupe de un momento en el que priva la indefinición y decida ampliarlo en ánimo de entender mejor qué es lo que de pronto empezó a suceder en su casa, sino que una industria cultural apueste de pronto masivamente, y desde una ciudad que se mantiene más o menos neutral en la guerra, por una narrativa arraigada en el desbarajuste criminal del ahora en otras regiones.

El espectro de los autores de la violencia abarca a todos los niveles de la industria editorial. Hay títulos tan literarios y marginales que requirieron la subvención pública para ver la luz. Tanto La Biblia Vaquera de Carlos Velázquez como Ojos que no ven, corazón desierto, de Iris García, aparecieron en la colección Tierra Adentro como propuestas muy experimentales y debido a su habilidad para ampliar una realidad que se desborda hasta lo inexplicable han alcanzado a más lectores que los especialistas y amigos que abrevan regularmente en sus páginas. Ambos son libros de cuentos formalmente atrevidos, que regularmente tendrían poca suerte en un mercado sin protección; sin embargo, el último libro de Carlos Velázquez va a tener una edición comercial en los próximos meses; Iris García ha producido suficiente ruido entre los especialistas como para que su próximo libro siga la misma suerte.

Y0uri Herrera, Juan Pablo Villalobos, Iris García, Orlando Cruzcamarillo, Susana Iglesias, Carlos Velázquez y Diego Osorno son las 7 plumas que han basado sus relatos en lo inverosímil de la realidad actual.

El último poeta del universo, una novela inteligente y desfachatada sobre la forma en que se relacionan la clase política y los ciudadanos sin ningún futuro en el microcosmos de la municipalidad de Ciudad Nezahualcóyotl; las pocas páginas que alcanzó a sacar antes de ser expulsado del programa para escritores jóvenes fueron suficientes para que desatara una ola de curiosidad: el libro se imprimirá hacia fin de año. Como Cruz, Susana Iglesias –una anarcopunk que vive de peluquear perros en Tepito– ganó con sus relatos sobre la brutalidad de la vida criminal en su barrio la beca Aura Estrada, un reconociento que tal vez en otros años habría recaído sobre un autor de tópicos más prestigiosos y con métodos menos virulentos para tratarlos. En la narrativa reciente, el margen se pasa al centro –para usar la terminología de Monsiváis– cuando recurre a la ampliación del horror que no se explica.

Hay autores consagrados que publican relatos de realidad ampliada en editoriales para la élite literaria y académica del país –pienso en los libros de cuentos de Eduardo Antonio Parra en Era o los thrillers de Elmer Mendoza en Tusquets–, y otros que crecen en los sellos de buena calidad pertenecientes a grandes corporaciones editoriales como Literatura Mondadori, que publicó 41, relato inquietante y eficaz sobre los circuitos de pedófilos de la ciudad de México y los nexos políticos que los protegen; o Los minutos negros, de Martín Solares, un trabajo que disecciona lentamente los mecanismos de la crueldad, basado –como la novela de Guedea– en un hecho real tomado de un periódico. La misma editorial publica, en otro sello, a Diego Ososrno: periodista límite que ha encontrado en sus investigaciones relatos que más nos valiera que no fueran verificables, y los ha contado tomándose libertades formales propias de la ficción.

Incluso Anagrama, que hasta ahora se había mantenido al margen del narcoestruendo, acaba de publicar Fiesta en la madriguera, de Juan Pablo Villalobos, una novela deudora de Trabajos del reino, en el sentido de que sucede dentro del palacio de un narco, pero que por estar narrada por un niño revela mejor que ninguna otra la sangrienta ingenuidad de los señores de las drogas: para un mundo de valores simples, una mente simple: la articulación de hombría y riqueza como una escala axiológica de sólo dos peldaños.

Si en México la novela negra tradicional nunca prendió porque teníamos el género local de la novela de priístas, parecería que el surgimiento momentáneo de las literaturas urbanas de los años ochenta y noventa, que indagaban en las orillas sucias de la sociedad, sufrió una suerte similar: sus autores fueron ahogados por la ola de la ampliación de la violencia periodística y regresaron al terreno de lo puramente literario al que tal vez siempre pertenecieron. La realidad se nos volvió tan dura, que Guillermo Fadanelli terminó quedando como un novelista más bien filosófico y Naief Yehya como un discípulo del profesor Chomsky.