El caso de Adriana

Luis Pombo

Adriana estaba en bancarrota. El teléfono sonaba a toda hora, cobradores de bancos no paraban de buscarla. Ella no compraba nada, pero los estados de cuenta llegaban cada vez más abultados. Reina le había pedido que sacara y le entregara un par de tarjetas de crédito –sin limite de compra – a su nombre para los gastos de vestuario, de representación y demás desembolsos necesarios para su nueva vida. En cuanto entrara a trabajar a Los Pinos, le prometió, ese dinero se le reembolsaría inmediatamente.

Los estados de cuenta crecían constantemente pero, seis meses después de haber aceptado la oferta, Reina ya no le respondía ni en el celular ni en su casa. Sin auto, sin dinero, Adriana no tenía más opción que pedir a sus amigas que la invitaran a comer.

Para intentar contentar a Reina, se convirtió en su office girl, además de hablar con las mujeres que estaban a punto de entrar a la red para convencerlas de que era una buena opción. Mientras tanto, Reina seguía pidiendo que empeñara cosas para darle dinero y convertirse así en «100% confiable para Los Pinos».

La desesperación llevó a Adriana a buscar a Miranda Corbalá en su casa de la colonia Irrigación. Reina, indignada, no solo la corrió, sino que la amenazó diciéndole que ella y sus hijos correrían peligro si intentaba hacer algo.

Adriana decidió, finalmente, llamar a Los Pinos.

Eran los tiempos de Martha Sahagún de Fox. Así supo que la única mujer de nombre Reina que trabajaba en ese el lugar era una empleada de limpieza. Tras pedir una descripción física, pudo deducir que no se trataba de la Reina que ella conocía. Con esa información volvió a llamar a Miranda de Corbalá, quien la amenazó con demandarla por difamación.

También le dijo que ella tenía mucha información suya y de su familia, y que con sus contactos «del más alto nivel» podía destruirla.

Adriana desistió: ya no le exigiría nada, pero tampoco le daría más dinero, su límite había llegado después de haberle entregado 200 mil pesos, su auto y sus documentos oficiales. Adriana, igual que otras víctimas, supo de un nuevo caso en el que Reina aterrorizó a una de ellas: el de Jimena, una mujer que había decidido salirse de la pirámide pese a las amenazas de Miránda de Corbalá.

Antes de contar la historia de Jimena, imaginemos el centro de operaciones de Reina.

Es un cuarto pequeño, con decenas de folders arrumbados en el piso, libreros llenos de papeles y un par de teléfonos. También hay fotografías enmarcadas de funcionarios federales, aunque en ninguna aparece Reina junto a ellos. Una de las paredes está ocupada por un tablero con nombres y fotos de las mujeres defraudadas, unidas con líneas de colores para identificar el tipo de afinidad y dinero aportado, donde, según los testimonios, se ve el nombre de al menos 15 mujeres.

Cuando Jimena le dijo a Reina que quería abandonar el trabajo, ésta le señaló su foto y las líneas que ahí se entrelazaban: «si te vas, aquí me queda un hueco y se rompe todo. Eso no va a suceder». Jimena no sólo estaba aterrorizada, sino paralizada. Una tarde, su teléfono sonó: era Reina. Jimena decidió no contestar. Diez minutos después, tres camionetas negras se apostaron afuera de casa de Jimena, una de ellas bloqueando por completo la entrada del garaje.

Un vecino le informó que seis hombres se habían bajado de ellas y que le habían advertido que no se retirarían y que no intentaran llamar a la policía. Jimena llamó a sus amigas y a dos abogados, quienes le dijeron que de inmediato la rescatarían con una patrulla. Apenas colgó, recibió una llamada de Reina, quien le dijo que «lamentaba el mal entendido, que sus amigas la habían traicionado y que ella quería hablarle personalmente».

Agregó que los carros afuera de su casa eran conocidos de ella y que en cinco minutos llegaría para conversar. Pero Jimena no confiaba: decidió escapar. Colocó una escalera y cruzó hacia la casa vecina ubicada en la parte posterior. Corrió varias cuadras hasta que se metió a una tienda. Horas después recogió a sus hijos y decidió irse de la ciudad.

Un cartel con la frase «Se Vende» apareció en la puerta de su casa dos días después. Las camionetas continuaron por un tiempo dando rondines por su calle.