Demodé

Marc Fauche

Los fármacos como Prozac, Rivotril, Tafil,
fuera de prescripción, ocupan el tercer lugar de consumo de drogas
: unas 850
mil personas en México, una de cada 10 mujeres y uno de cada 20 hombres,
recurren a ellas. La adicción a píldoras o la combinación de estas con alcohol
y otras cosas salen por la tele. Varios medios han publicado que este tipo de
comprimidos estuvieron involucrados en las muertes de Michael Jackson, Heath
Ledger y Brittany Murphy.  

Ernestina, consumidora de Rivotril y otros
medicamentos, no cree en los efectos mortales: «No es fácil morirte de un pasón
–dice Ernestina–, esos chavos se metían mucho más. Luego de lo que me he
metido, está cabrón vivir en abstinencia total.»
Podría parecer que el consumo está de moda, pero
la tendencia, por lo menos internacionalmente, no es nueva. Cuando Prozac salió
al mercado, el medicamento fue bautizado como «píldora de la felicidad» y se
comparaba con el soma
, el comprimido que mantenía en un estado de sorna
constante a los habitantes del Mundo
feliz
de Aldous Huxley.

88 productos para la depresión se venden en el país.

El furor de las píldoras alcanzó su punto
culminante en 1994, cuando Elizabeth Wurtzel publicó Prozac Nation, unas 455 páginas donde
describía su propia depresión y cómo la píldora la rescató de la «ola negra».
El libro fue un best seller. Pero esto sucedió en Estados Unidos: en México,
acaso algunas personas tenían acceso a (y conocimiento de) las píldoras.
Llevamos pocos años entendiendo que las sustancias pueden consumirse sin
prescripción, para efectos (diríamos con corrección política) de
entretenimiento
. La imagen cool de quien consume «pastas» por diversión ya está
demodé: «Tomar antidepresivos ya no se ve bien», dice el Dr. Ruiz. Pero no sólo
se ve mal quien consume estas sustancias sino, muchas veces, también quien
genuinamente las necesita, como explica la Dra. Niesvizky: «nuestra cultura no
admite el tratamiento psiquiátrico en general. Si alguien te recomienda ir al
psiquiatra, es probable que respondas “no, si yo no estoy loco”. Además tenemos
la cultura del sufrimiento:
no entendemos la depresión como una enfermedad,
sino como “la cruz que me tocó cargar”».