Cuán poco nos quiere el mundo

Leyenda Urbana

Si usted va un día a Iztapalapa podrá encontrar la Cabeza de Juárez, ese monumento tan extraño que es, ejem, una cabeza de Benito Juárez montada en cuatro patas de concreto, con las facciones pintadas en colores chillones y el rostro orientado hacia ningún sitio en particular, como si su único deber fuera mirar la desolación circundante.
Las patas dan la impresión de que en cualquier momento va a empezar a caminar, al estilo de Godzilla, y no sólo a sembrar la devastación sino a hacerlo lejos de los directores de cine de la Condesa. Y por otro lado está lo que se cuenta de su interior:

-Es hueco el monumento y antes era como casa de seguridad.
-¿De quién? -pregunté.
-No sé, sicarios. O del gobierno. O la policía. No sé, el caso es que metían gente ahí y la torturaban. Hace años. En los ochentas o en los sesentas. O antes. Más o menos. No sé.
-¿Y por qué aquí precisamente? -pregunté mirando al Benemérito.
-Según que la habían mandado construir por eso. O sea, que es fea para que se vea fea y la gente sepa. O algo así. No sé.

* * *

Pensé que yo conocía lugares más agresivos todavía porque no necesitan verse feos ni, de hecho, tener su población de torturadores y homicidas.

Por ejemplo, una vez Raquel me invitó una hora a un tanque de inmersión en un centro de salud y masajes. Uno se encierra en él, que está lleno de una solución tan salada como el Mar Muerto; uno flota en la total oscuridad como en el útero materno; uno medita, busca su niño interior, etcétera, siempre y cuando uno no tenga la más mínima herida o abrasión en la piel. Yo me había rasurado poco antes y sentí el Mar Muerto en cada poro de la cara, por no hablar del sitio donde un tirante de la camiseta, excesivamente ajustado, me había rozado todo el día, y de otros que no mencionaré por ser esta publicación decente.

Media hora después resurgí de las aguas y me sentía como Sodoma y Gomorra juntas…

* * *

Y están los lugares pacíficos, que simplemente son y con eso basta.

Hace algunos años, una novia que tenía me llamó desde un centro comercial por Circuito Interior. Usó un teléfono público: no teníamos para celulares y mucho menos para un GPS, que en todo caso no se hubiera podido comprar en ese entonces.

-Ya me quedé sin dinero -dijo, un poco redundante. Noté que no estaba contenta.
Noté también, atrás de su voz, una vieja canción ranchera.
-¿Estás por una tienda de discos? -dije, y entonces se cortó la llamada. Yo vivía cerca y llegué deprisa: el problema fue que, como descubrí esa noche, ese centro comercial está diseñado para que la gente que entra en él no consiga encontrar nada en el interior: los pasillos dan vuelta y otra vuelta y otra vuelta más y llegan a ninguna parte, las escaleras eléctricas que suben no están cerca de las que bajan, detrás de la fuente hay otra fuente igual y detrás unos espejos y delante otros, de modo que todo está multiplicado por cuatro…
Pasaba por quinta vez ante el mismo puesto de Productos de Calidad Como lo Vio en TV cuando escuché otra canción ranchera. Estaba uno o dos pisos arriba de mí y bajaba por un pozo de ventilación que parecía bóveda cerrada.

… un día hablaría con alguien, junto a la Cabeza de Juárez en Iztapalapa, sobre los espacios terribles de la ciudad, y recordaría éste, y pensaría que son signo de cuán poco nos quiere el mundo.

Mientras buscaba unas escaleras tuve la premonición de que un día hablaría con alguien, junto a la Cabeza de Juárez en Iztapalapa, sobre los espacios terribles de la ciudad, y recordaría éste, y pensaría que son signo de cuán poco nos quiere el mundo.

También recordaría cómo, cuando estaba a cien metros de un Restorán Ranchero con grandes bocinas a la entrada (no era tienda de discos), mi novia empezó a alejarse del establecimiento en dirección opuesta a la mía, para bajar por escaleras que no había visto, marcharse, empezar a perdérseme.
Ah, destino trágico.

«Ya con ésta me despido» cantó el Restorán Ranchero, cuando pasé a su lado por cuarta vez: yo mismo tardé una hora más en hallar la salida.