Cosas que delatan que ya estás pasado de tamales

Mídete, nútrete, actívate

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La vida está llena de todo: lágrimas y risas, dichas, amarguras, belleza y mucho, pero mucho placer. Tanto como dormir o hacer el amor, uno de los máximos placeres es comer: ¿quién no ha llegado al séptimo cielo con un buen pozole?, ¿quién, que se diga un alma sensible, no ha puesto los ojos en blanco por un exquisito taco de carnitas?

Entregarse al goce de las comilonas tiene, sin embargo, sus fatales consecuencias. La más canija de todas: el sobrepeso. De tal suerte, vas de torta en torta, de taco en taco hasta que… ¡chin! De pronto descubres que ya no cabes ni en tu propia piel.

Esta ocasión, nomás para fomentar la prevención respecto al problema de obesidad, hemos hecho un recuento de aquellas cosas que anuncian que ya estás pasado de tamales. De modo que si has experimentado alguna de estas situaciones, ¡aguas!, quizá ya debas bajarle dos rayitas a la vitamina T.

He aquí nuestro recuento:

-La ropa entallada que te hacía lucir despampanante ahora te hacer ver como embutido viviente.

-Te conviertes en punto de referencia espacial: “ahí, detrás del gordo”.

-Cuando hacen pozole en tu casa, te piden que metas la mano en la olla y la muevas en círculos para darle sabor al platillo.

-Cuando subes las escaleras del metro, palideces al llegar a la mitad y ves cómo los niños te rebasan; por si fuera poco, se ríen de ti (¡malditos escuincles!).

-Al taquero se le ilumina el rostro cuando te ve llegar a su modesto establecimiento. (De hecho estás pagando la Universidad de sus hijos).

-Si se te cae una moneda, mientras no sea de a diez, prefieres dejarla ahí en el piso: “total, seguramente otro la necesita más”.

-No sólo eres víctima del mal del puerco, sino también del síndrome del bebé: comes y te da sueño; despiertas y te da hambre.

-Sudas la gota gorda cuando, entre dificultades y jadeos, te amarras las agujetas.

-Ya no puedes ver, cuando te bañas, tus partes más hermosas: los dedos de los pies.

-Por alguna extraña razón, nadie quiere entrar al baño después de que tú sales de él.

-En el Metro, todos ponen cara de angustia cuando vas a entrar al vagón.

-Los taxis no te hacen la parada; no vaya a ser que amueles la suspensión de su carcacha.

-En una tienda de ropa, cuando preguntas por alguna prenda que te gusta, el vendedor te remite al departamento de tallas extragrandes (¡chale!).

-Tu pareja ya no puede fundirse contigo en un abrazo, pues 20 kilos de mondongo la separan de tu ser.

-Si vas a nadar, la gente se sale en friega de la alberca al ver que vas a echarte tu mejor clavado: panzazo en plancha con triple grado de dificultad.

En fin, si has vivido algo así, puede ser que necesites ejercitar tu puerco más seguido, o bien, llevar una dieta mucho más sana. Aunque, para ser sinceros, ¿quién querría cuidar la línea habiendo tanta garnacha de la buena? Total, como dicen por ahí: más vale gordo que de risa, que flaco que dé lástima. ¿Será? ¿Tú qué dices, chilango? Danos tu opinión.

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