Comadre de Alemán

El magnate “Esteban Osuna”, playboy que lo mismo hace el amor a dos modelos en su yate que a la mujer del Sha de Irán, sufre un accidente aéreo. Carbonizado aquello que enloquecía a las mujeres, viaja a Estados Unidos para que el doctor “Mr. Goldman” le coloque una prótesis biónica.

Con un sensual «May I help you», la enfermera “Miss Money Penny” (Mariagna) recibe a “Esteban” (Andrés García) en una oficina decorada con las fotos de la Mujer Biónica y el Hombre Nuclear. Al rato, “Esteban” aguarda el implante en un quirófano de luces neón, cuyo rótulo indica: Surgery, Infra Red Area, Reactor E-3. A la sala, ocupada por “Miss Money Penny” y otras enfermeras, ingresa una caja metálica (de un metro de largo) con el viril prodigio de la ciencia. Cuando se abre la tapa, el estuche con la prótesis emite sonidos electrónicos y luces multicolores. Hay suspiros y miradas cómplices, como de quienes sienten el aroma de un platillo excelso.
Dirigida por el propio Rodolfo en El Macho Biónico, Mariagna no sólo probó la farsa sino vivió el cine desde otro lugar:  los créditos de esta cinta la recuerdan como “productora ejecutiva”.

Al tiempo, Rodolfo y Mariagna se casaron en un paraíso acapulqueño: Villa Marga Mar, mansión del millonario Melchor Perusquía, constructor de la Costera del puerto —bautizada “Miguel Alemán” en homenaje a su amigo el presidente—. Alemán, amigo de Raúl de Anda —padre del novio— ayudó a que la boda fuese en esos 3,300 m2 de terreno en Puerto Marqués, con playa, ocho cuartos, ocho baños, jardines con cocoteros y jacuzzi.

Los padrinos fueron Alemán Velasco y su mujer Christiane. «Junto a la alberca se hizo “la gran fiesta” —dice un amigo familiar, Héctor Baltierra—. Andrés García llegó de “Pedro Navajas” y Pedro Armendáriz Jr. hizo guasa de todo. La pirotecnia se lanzó en una casa (contigua) de José Ramón López Portillo, hijo del presidente. Acabamos en una disco de “Miguelito” Alemán».

La pareja pidió a Alemán y Christiane ser padrinos del bebé en camino. «Christiane les dijo: lo bautizo si se llama como yo», cuenta Baltierra. Mariagna cumplió: el 3 de enero de 1985 nació su única hija, Christiane de Anda Prats, entre amigos “La Cri-Crí” .

Mariagna se abría paso como actriz en años en que el espectáculo se rendía a vedettes como Surama Kenembu, Asmara Bisconty o Maty Buitrón. Con curvas el cine se bastaba. Mariagna se mantuvo lejos de ello pero en El robo imposible, dirigida por su esposo, debió encarnar a “Christiane Barry”, detective que posaba en bikini. En una escena, el villano “don Teófilo” recibía la visita de quien, le dijo su secretario, «creo es una de ésas de la revista Playboy». El anciano contempló el trasero de “Barry” hasta que, presa del deseo, lo agarró al grito de «¡Qué mononas!» Ella reventó una patada a la cabeza de su agresor. Su latigazo karateca la alejó por siempre de un cine incómodo.

Le faltaba aún el género de “terror para niños”. En ‘85, su cuñado Gilberto de Anda, reunía un reparto de lujo para su cinta Mi fantasma y yo: Andrés García, Valentín Trujillo, Jorge Rivero, Julio Alemán, Héctor Suárez, Chabelo, “Chatanooga”, “El Comanche”, Mar Castro y Mauricio Garcés. La historia era sobre un matrimonio que entraba en conflicto porque su hijo era amigo de un fantasma. Para el papá, el director eligió a su hermano Rodolfo. Faltaba la mamá. «Mariagna me llamó y me dijo: Beto, soy la mitad de actriz de lo que buscas y mi relación con tu hermano puede ser un problema, pero déjame audicionar», recuerda Gilberto.

La joven de 27 años —hacía nueve meses había dado a luz— interpretaba sin sobresaltos a un ama de casa estresada. Pero hacia la mitad del film, su esposo ascendió unas escaleras para golpear a su hijo “Carlitos”, a sugerencia de un psiquiatra (Chabelo). Mariagna respetó el guión: se lanzó a los pies de su marido, que subía a prisa. Su cadera golpeó escalón tras escalón: «Mariagna no tenía protección —dice el productor Baltierra—. Creo que ahí volvió a lastimarse».

Ya en 1986 su presencia en el cine se había diluido, justo cuando su marido, en la mejor etapa de su carrera, ganaba una Diosa de Plata. En el rancho, «sentía que me asfixiaba. Bordaba, criaba animales y estudié cosmetología», confió la actriz a Kena hace 18 años.

No voy a hablar

En el franquismo, los hermanos Ramón y Antonio Prats fueron llevados al campo de refugiados francés de Perpignan, desde donde huyeron al Caribe. Luego Ramón vivió en Nueva York; ahí conoció a su futura esposa. Migraron a México y Mariagna, su primer hija mexicana, nació el 18 de enero de 1958.

Si Ramón soltaba el «voy a pintar», su esposa Dorothy y sus seis hijos sabían que se confinaría durante semanas en el estudio de su casa, en la colonia Vistahermosa.

Ahí, el pintor alistaba series de hasta 300 cuadros con los que sostenía a su familia. Sus hijos Ramón, Nuria, Mariagna, Nadala, Antonio y Schum jugaban en un jardín con periquitos ingleses, pájaros arlequines y albinos, mientras él se movía sigiloso entre telas, brochas, acrílicos. Para comer, extendía el brazo y agarraba la fruta que entraba por el filo de la puerta.

«Sólo Mariagna podía interrumpirlo —dice Víctor Contreras, pintor amigo de Ramón—. Le decía: “Papi, mira mi dibujo” y él la sentaba en su regazo, deshecho por esa criatura de belleza sobrenatural.»

—No voy a hablar —le prometía la niña para verlo trabajar.

Su mujer vendía las obras, influidas por la estética de Antoni Tàpies, a grandes coleccionistas, como el diseñador Paco Rabanne o el director John Houston. Sin interés en los cocteles, a los que en su lugar iba Dorothy, él se cobijaba en el hogar. Años después, Mariagna, sin trabajo de actriz, en terapia y con la sensibilidad en su pierna izquierda disminuida, siguió los pasos de su padre. «La pintura fue su refugio», dice Rosangela Balbó, artista con quien ha expuesto. En bermudas y camisa hawaiana componía cascadas, marinas, montañas. Viajaba hasta un acantilado cerca de Pie de la Cuesta y descansando en el Costa Brava —un complejo de 38 bungalows de los De Anda— anhelaba recuperar la salud.

En 1987 la pareja vivía días duros: «A Rodolfo le daba coraje que la buscaran para películas. Los hombres del cine eran bárbaros: Mariagna era exuberante y había que protegerla», dice Baltierra, amigo de ambos. «Rodolfo se volvió muy posesivo y le molestaba que hiciera películas —declaró ella a Kena en 1990—; era bohemio, se iba con sus amigos y me dejaba sola noches enteras.»