Clásicos del festival del Día de las Madres

Los ocho clichés que no fallan

ShutterStockOdessa, Ukraine -30 May 2015: Cheerleading Championship of Ukraine children. Children with beautiful bright dance form Sportin show their skills. Many spectators, athletes. Charming authentic children; Shutterstock ID 283365986

En el terruño azteca no hay celebración más llena de sabrosura y sentimiento, que el Día de las Madres. En esta fecha tan significativa todo se vuelve un verdadero desgarriate: los restaurantes se atiborran de familias enteras, las florerías hacen su agosto y los mariachis rascan duro su instrumento para homenajear a las progenitoras.

Pero ¿qué sería del 10 de mayo sin el ritual más clásico de todos? En efecto, nos referimos a los festivales escolares, donde los chamacos rinden tributo a las jefecitas, quienes se deleitan con los números artísticos preparados en su honor.

De tal modo, he aquí un recuento de los clichés relacionados con dichos festivales:

1. El maratón kilométrico de bailables y bailables, uno tras otro bajo el solazo: “El baile de los viejitos”, “El jarabe tapatío”, “el Tico Tico”, el “Mambo número 8”. Todos ensayados con más de medio año de antelación, muestran la habilidad motriz de los escuincles (en algunos casos también su incapacidad para la danza), y nunca falta que, después del número más largo e insufrible, las mamás emocionadas griten: “otra, otra, otra”.

2. A toda madre le llega el sentimiento con las poesías, así que “El brindis del bohemio”, “Por qué me quité del vicio” o “Mamá, soy Paquito” son de ley en cualquier patio de primaria, donde algún maestro ducho en eso de la oratoria pone el pecho por delante para endulzar el oído del respetable.

3. Más clásicas que las mismísimas “Mañanitas” son la rola de Dennis de Calaf, esa de “Señora señora”, y “Amor eterno” de Juanga. Ambas resultan llegadoras para las doñitas, quienes lloran a moco tendido mientras reciben el abrazo de sus bodoques.

4. Por supuesto, no podemos dejar de mencionar la parafernalia en torno a este ritual chilango. En este sentido, los recuerditos son indispensables. Al entrar las madrecitas al inmueble de la SEP, alguna vocal de la sociedad de padres de familia les ensarta un alfiler asesino en el corazón, el cual sostiene un recuerdito de foamy alusivo al día.

5. Los regalos de los chilpayates suelen ser de lo más conmovedor: alguna manualidad creativa que bien puede ser un portarretratos hecho con sopa de pasta, flores de papel crepé, un corazón elaborado con plastilina epóxica o cualquier otra artesanía similar.

6. Al ser un acto lleno de pompa, las maestras pasan a dar discursos, pero no sólo ellas, también el director y, por supuesto, el chavito más aplicado de la escuela, a quien en medio de su perorata le gana el sentimiento, se le olvidan sus líneas y se pone a chillar frente a la audiencia.

7. Otro infaltable es la invitación a tan sensacional evento: una hoja tamaño carta con el nombre de la escuela y un “pensamiento” tipo los de Mariano Osorio, redactado todo en mayúsculas, ¡ah, pero eso sí!, con la solemnidad propia de una ceremonia institucional.

8. Para que no desmayen las señoras, hay que nutrirlas, pero no sólo con el amor que se merecen, sino con un desayuno incomparable: sándwich, juguito de naranja, yogurt y plátano —pa’l calcio—. Nada de frijol con gorgojo y esas cosas. Así, cual más aguanta las diez horas seguidas de festival.

Ah… las cosas que pasan en los 10 de mayo. ¿Te ha tocado alguna de estas situaciones?, ¿ya eres una mamacita que tiene en su currículum varios festivales?, ¿apenas irás a tu primero? En fin, ¿qué otro punto agregarías a nuestra lista?

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