Cap. 4 La locación

Portero, portero

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Atraviesa mi nariz una estela de loción DKNY. El portero de 1.83 metros aparecemjunto a Naxla y Milton Aguilar —cuarto portero del equipo—, amigo suyo desde los catorce años. Con una camisa desabotonada a medio pecho, gafas Ray-Ban, pantalones Dolce & Galbana, tenis Niké y rizos frescos, me da la mano poniendo su guantera bajo la axila. Me llama la atención lo serio que es. «Si quieres hacemos la entrevista ahí», me dice, apuntando apuntando a una jardinera. Memo saca un Nextel del pantalón. «No te tardes —me ordena su amiga—. Veinte minutos de preguntas y diez de fotos. Tiene un compromiso muy importante a las 3». Checo el reloj: 14:32.

Memo no me mira a los ojos: saca otro celular, ahora color platino, y lee un mensaje más. Ya hay estadísticas: al día recibe unas ochenta llamadas. El arquero cruza la pierna y me da el banderazo con voz grave: «Órale, vas».

NADIE PUEDE ATENDERLO

A mitad de los ’90, el papá de Memo traspasó su restaurante de Guadalajara, Los Naranjos, y con su familia se mudó a la Del Valle para concentrarse en la tortería, el cambio implicó que Memo, al dejar el colegio tapatío Santa Mónica, se despidiera de la cancha de la institución. Pese al piso de concreto, esas porterías le habían dado buena reputación entre los niños.

Pero el trajín de su calle en el DF hacía imposible cascarear. A sus diez años Memo optó por atentar contra jarrones y floreros. Un sábado su papá lo llevó a él y a su familia a comer a una plaza comercial de Miramontes. El camino implicó pasar por el Club América, donde una manta invitaba a inscribir a los niños en la escuela del equipo. Frenó.

Nadie puede atenderlo, regrese en una semana — le dijo un guardia.

Una tarde volvió. Malas noticias: no había cupo: «No importa que no juegue —pedí a la mujer que me atendió, con que venga a entrenar».

«¿Y mis guantes papá?», preguntó Memo ese lunes en la puerta del club, antes de su primer entrenamiento con Cometa, su flamante equipo. «M’ijo, sólo vas a entrenar», le contestó. En todo caso el pequeño vería practicar al arquero Adrián Chávez, a François Oman Biyik o al novato Cuauhtémos Blanco. Ya era ganancia.

Memo era ambidiestro. El técnico de Cometa, en vez de llevarlo al arco optó por darle minutos como delantero, pero sólo al final de los partidos. El chico, caracolero, se ganó la simpatía de los papás que pedían al entrenador darle un  trato justo. Aunque Memo aportaba chispa, no era un crack. Un día, sin embargo, le cambió el destino: el portero titular se lastimó el hombro. El técnico preguntó quién se animaba; Memo levantó la mano. Minutos más tarde el árbitro marcó penal contra Cometa. Desde que ese delgadísimo emergente atajo la pelota, jamás volvió a soltar la portería.

Al cumplir 12 años, el entrenador Néstor Verderi, ex guardameta de los azulcremas, lo llevó a las fuerzas básicas. Había tres razones: era consistente, disciplinado y poseía buena técnica. Su madre, ama de casa,  lo llevaba a diario a los entrenamientos. En sus ratos libres, el pequeño podía ver entrenar a su paisano Osvaldo Sánchez —casi 13 años mayor—, estrella del equipo. Un día, el moreno y atlético portero le negó al chico un autógrafo. Ese flaquito jugador de las Fuerzas Básicas que se fue con su papel en blanco le disputó el puesto titular de la Selección años más tarde.

A los 17 debutó en Primera A con Tigrillos y San Luis. Ya gozaba un sueldo digno. «se le complicaba pararse temprano —cuenta el portero Milton Aguilar, su compañero de cuarto—. Era tranquilo y serio. Una vez, el equipo festejó mi cumpleaños en el cuarto. Al acabar me puso a limpiar todo».

Memo empezó a trabajar junto a los arqueros del primer equipo en 2001. El número uno era Adolfo Ríos, quien recuerda: «era un muchachito vaciado, muy delgado». Para Guillermo, las rutinas de gimnasio eran un suplicio. Ríos le exigía a gritos que las concluyera.

«Beenhakker iba a los partidos de las Básicas —dice Ochoa, aún concentrado en su Nextel—. Poco a poco le llené el ojo». Ese año el segundo portero, Alberto Becerra, fue titular de tres partidos. Ochoa, un desconocido que gustaba de los uniformes holgados, ocupó la banca por primera vez en su vida.