Asesino de Madero

De la unión de un inmigrante polaco y otra austriaca, nació en 1914 su madre Evelyn Kalb, un ama de casa. Manuel Mondragón Hidalgo, un hombre nacido con el siglo, se casó con ella en 1934. El primogénito de ambos, Manuel, llegó al mundo el 30 de abril de 1935. Vendrían después dos hijas más, las hermanas del actual secretario.

En la presidencia de Lázaro Cárdenas, don Manuel era un ingeniero petrolero que laboraba para las compañías expropiadas en 1938 por el gobierno, como la London Trust Oil-Shell y la Standard Oil Company.

Pero, quizá más que a él, el hoy titular de Seguridad Pública debe su destino a su abuelo paterno, el general Manuel Mondragón. Aliado de Victoriano Huerta, aquel militar (padre de la pintora Nahui Ollin) ha sido señalado como asesino del presidente Francisco I. Madero. «Su odio al régimen de Madero provenía de la imposibilidad de seguir enriqueciéndose a costa del ejército —escribió en Reforma el historiador Alejandro Rosas—. Durante años se sirvió con la cuchara grande al solicitar a las casas proveedoras que aumentaran un porcentaje al precio de cada pieza de artillería adquirida por el gobierno mexicano, el cual iba directo a su bolsillo».

Pero el gran legado del general pervive hasta hoy: el rifle Mondragón, primer fusil automático de la historia y arma clave del ejército nazi en la Segunda Guerra Mundial.

La fortuna que el general legó a su muerte, en 1922, en algo debió servir para que su nieto se criara en la Condesa y luego en Las Lomas, en el seno de una familia rica. Evelyn y Manuel confiaron la educación de su hijo a La Sociedad de María (o Maristas), que en ese tiempo fundó el Colegio México. Luego, el adolescente pasó al Centro Universitario México.

Inició su carrera médica en 1952, cuando la Escuela Nacional de Medicina ocupaba la antigua Cárcel de la Inquisición, en el Centro Histórico. El estudio lo combinaba con sus entrenamientos y partidos con los Pumas, equipo de americano de la Liga Mayor. Jugó en la “época dorada” de ese deporte, cuando la UNAM y el IPN acentuaban su rivalidad en el nuevo estadio de CU.

Al concluir la carrera, se especializó en reumatología. En su casa del Pedregal instaló un consultorio por el que desfilaban reumáticos. «Tenía mucho éxito —dice Manuel, cirujano plástico e hijo mayor de Mondragón y Kalb—. Pero por la política empezó a mezclar las dos carreras».

La medicina le abrió las puertas de la política. En 1965, los doctores de varios importantes hospitales del país formaron un movimiento huelguista para exigir al gobierno mejores condiciones de trabajo. Mondragón y Kalb, subdirector médico, investigador y profesor en el Hospital 20 de Noviembre, fue elegido dirigente del llamado “Movimiento Médico”. «Representé al hospital con mucho gusto, (pero) nunca en una posición anti-gobierno», aclara Mondragón. No importó: el 26 de agosto de ese año, el director del ISSSTE, Rómulo Sánchez, avalado por el presidente Gustavo Díaz Ordaz, dio la orden: a punta de pistola, cien granaderos y cincuenta policías judiciales echaron a 485 médicos, entre ellos a Manuel, que además fue cesado. «Esa injusticia —afirma— fue un fuerte golpe profesional.»

Desempleado y con tres hijos, optó por pedir trabajo en la Armada de México: «Yo quería ser militar», me explica.

En días en que el reumatólogo se disponía a trabajar desde abajo, como paramédico, recibió una llamada del director del ISSSTE, el mismo que lo había corrido.

—Cometimos una injusticia con usted. Regrese —le dijo el funcionario.

«No acepté —recuerda Mondragón— porque sólo tuve que ver con la digna representación de los médicos, gente de altísimo nivel.» Aquel rechazo lo alejó por siempre de lides puramente médicas. Desde entonces, el futuro Contralmirante del Servicio de Sanidad Naval estuvo cerca de las armas. En la Marina, para la que trabajó treinta años, fue comandante de la Compañía de Asalto, grupo especializado en ataques sorpresa.

Al paralelo, fomentó su carrera política. En 1971 fue secretario de la Sociedad Mexicana de Reumatología. «Llegó un momento en que mi padre dijo: “Una carrera u otra”. Y dejó la medicina», explica su hijo.

Inició así un vínculo con el gobierno federal —y por lo tanto con el PRI— que lo llevó por una intrincada e inacabable sucesión de cargos públicos.

En el sexenio de José López Portillo, Mondragón fue contratado como instructor de karate para agentes judiciales. Uno de sus alumnos fue Arturo “El Negro” Durazo, entonces jefe de la Dirección General de Policía y Tránsito. «Le dije que nadie iba a gozar de privilegios y que se iba chingar igual que todos —declaró Mondragón a Reforma en 2004—, porque no iba a permitir ninguna imposición».