Agua

Apocalipsis en el DF

El Valle de la sed

La ducha emite un sonido ahogado: aire. Te calmas pensando en tu amigo de Ecatepec, con agua uno de cada dos días, y en tus primos del Ajusco, a quienes surten un líquido turbio cada 21 días. Te empapas de colonia y vistes con ropa que has usado semanas sin pasarles agua y jabón: las lavanderías del DF están cerradas. Los acuíferos de la capital y el Cutzamala están casi vacíos, y nunca se revirtió una sangría cruel: cada día, por décadas, la ciudad perdió en fugas 40 % de su agua.

La ciudad es un desierto. Lo estableció el organismo Metrópoli 2025: en el DF se extrae casi el doble de lo que se infiltra naturalmente. Caminas a la cocina para desayunar, pero no hay trastes limpios. Por reflejo abres una llave estéril. Al final, debes resolverlo todo con una servilleta.

Vas a la tienda. «No hay agua —te dice el empleado—. Llega el camión y los vecinos no dejan ni descargar. Pero la pipa le llena la cisterna por mil pesos, joven.» En tu auto te consuelas: «en mi trabajo sí hay agua.» Alguna vez tu jefe te reveló algo que te sonó a tranza: al comprar el edificio, la empresa adquirió los «derechos de agua» de un pozo cercano al inmueble.

Vas a la tienda. «No hay agua —te dice el empleado—. Llega el camión y los vecinos no dejan ni descargar. Pero la pipa le llena la cisterna por mil pesos, joven.

El tráfico es alucinante: la gente se traslada masivamente con familiares que viven en unidades con «derechos de agua.»

El mandatario mexiquense cumple una amenaza que en 2003 lanzó el gobierno de su entidad: cancelar el suministro del Cutzamala, fuente de casi un tercio del agua que consume el Valle de México. En la entrada a ese sistema de aguas una multitud enloquece: «¡Ni una gota más!», gritan, furiosos de que el DF les arrebate su fuente de vida.

En respuesta, el jefe de gobierno deja de abastecer a las oficinas de la administración federal. Así, presiona para que el presidente lo ayude.

La circulación prácticamente está parada, pues manifestantes sobre Periférico Norte impiden a los mexiquenses entrar al DF, con la consigna: «Si no nos dan agua, no les damos trabajo.»

En la radio escuchas a Alfonso Iracheta, maestro en Planeación Regional por la Universidad de Edimburgo.

—¿Se acabará el agua en el DF?

—A costos altísimos vamos a traerla de donde sea.

En el camino sientes una punzada en tu estómago. Dudas si llegarás. La hepatitis y el cólera atestan a los hospitales con las víctimas del agua mexicana, la 106 más contaminada según un estudio que la ONU hizo en 122 países. Aprietas la mandíbula, resistes milagrosamente.

Los baños de la oficina están a tope. Como tú, tus colegas padecen un peligro latente en los excusados de sus casas. Antes —como ocurre en toda la ciudad—, uno de cada 30 de tus compañeros carecía de toma domiciliaria, y uno de cada ocho recibía agua por tandeo. Pero ya ni eso.

«Quien sea sorprendido llenando un garrafón sufrirá un descuento salarial»

Los pasillos están repletos de cafeteras donde hierve agua para ser bebida sin café. En tu PC lees un email que la dirección envió a la plantilla: «quien sea sorprendido llenando un garrafón sufrirá un descuento salarial». La gente se las ingenia: ahora, la técnica para sustraer líquido a la compañía es «vaso por vaso.» 

Tu mente hurga en la memoria, ves pasar tus duchas relajantes de una hora, tus visitas a hoteles con jacuzzi, los sábados del auto lavado a manguerazos, las llaves goteando en la cocina y el baño. Intuyes por qué en el DF hay zonas con déficit de seis metros cúbicos de agua por segundo: usaste, en promedio, 360 litros cada día de tu vida, cuando lo recomendado es 150. Para colmo, perteneces al 53 % de los capitalinos que no pagan su consumo. Tu boca está seca, tus labios agrietados.

El GDF, mientras tanto, negocia desesperado, al precio que sea, la «salvación» de la ciudad: intenta comprar agua de los ríos Tecolutla (Veracruz) y Amacuzac (Morelos), y del acuífero Huamantla-Libres-Oriental-Perote (Tlaxcala, Puebla y Veracruz). Otra vez, a explotar al vecino.

Vuelves a casa. A rastras vas a la farmacia para mitigar el volcán de tu esfínter. «La gente se llevó todo lo que tenía para la disentería», responde el farmacéutico con propiedad.

Desfalleces por la sed. A lo lejos, como un espejismo, divisas un camión atiborrado de gente. «Los aguadores pirata», murmuras mientras corres tropezando. Entre empujones tomas el último garrafón y entregas el billete. Al instante, un golpe en la cabeza te derrumba. Desahuciado, ves una silueta difusa correr con las últimas gotas que fueron tuyas. 

FUENTES: Centro Virtual de Información del Agua, Metrópoli 2025, Colegio Mexiquense, Consejo de Cuenca del Río Balsas, Procuraduría Ambiental y del Ordenamiento Territorial del DF, Proyecto Universitario de Estudios sobre la Ciudad, Sistema de Aguas de la Ciudad de México, United Nations Environment Programme GEMS/WATER.