«Casi al chile»

Marc Fauche

Andrea conoció estos medicamentos cuando tenía
cinco años
. Un día, su padre regresó del trabajo con la nariz sangrando: la
hemorragia había comenzado a la hora de comer, y no había parado en toda la
tarde. Tras días de sangrar constantemente, el padre de Andrea se hizo cauterizar
la herida, que volvió a abrirse. Pasaron semanas; perdió peso, y también el
trabajo: Andrea recuerda el intenso olor a sangre en el cuarto del que su padre
no salía nunca. El sangrado pudo curarse en Houston; para entonces, un daño
mayor estaba hecho: a su padre un psiquiatra le recetó Prozac. «Él estaba muy
deprimido: había perdido su trabajo, un grupo con el que iba a bucear, y había
terminado un proyecto que le causaba mucha ilusión. En aquel momento el Prozac
le fue de mucha ayuda, la verdad»
. El Prozac dejó de surtir efecto pronto, y
aunque intentó dejarlo, recayó. El papá de Andrea comenzó a automedicarse.
Pronto no sólo consumía Prozac, sino que iba de un medicamento a otro, casi
nunca bajo vigilancia médica. Cuando iba a consulta, retaba al médico: tras
años de investigar por cuenta propia sobre este tipo de medicamentos, el papá
de Andrea cuestionaba los diagnósticos de los doctores. Convenció a un médico
de venderle recetas, y aunque continuaba con sus hobbies, como andar en moto y
jugar gotcha, tras 15 años de consumir pastillas, las reuniones en la casa de
Las Águilas se volvieron cada vez más calladas; el papá cada vez más ausente.

170 millones de dólares es el valor de las ventas anuales de los tratamientos antidepresivos en México, de acuerdo con laboratorios Eli Lilly, creadores del Prozac.

El uso de pastillas no se quedó en el padre.
Cuando la hermana mayor de Andrea cortó con su novio, los padres no dudaron en
medicarla. El padre lo relacionaba con la serotonina, y la chica estuvo por un
tiempo consumiendo distintos antidepresivos. Hoy, a sus 33 años, la terapia a
la que acude semanalmente no le evita consumir fármacos cuando entra en crisis.
Años después, la propia Andrea tomaría pastillas
. «No sé qué lo disparó. Me
daban ganas de llorar, ansiedad, pánico; era una tristeza inexplicable»
,
recuerda. No aguantó mucho con los medicamentos: «era como si no estuviera
viviendo; no me reía, lo hacía todo casi al chile».

Este caso se diagnostica como depresión hereditaria: las neuronas no son capaces de hacer que la serotonina funcione como debe. «No existe un solo trastorno que el paciente pueda decidir tener o no», dice Luis Méndez, Gerente de Investigación Clínica de Eli Lilly, el laboratorio que hace más de 25 años creó el Prozac. Este es el punto de vista de miles de psiquiatras en el mundo: como la depresión es una disfunción de la serotonina, el tratamiento debe ser químico. Cualquier médico alópata dirá que, al menos en una parte del tratamiento, los antidepresivos, y a veces los ansiolíticos, son absolutamente necesarios; esto es como la diabetes, dice la Dra. Niesvizky: «hay personas que al saber que la tienen dejan de comer todo tipo de carbohidratos y azúcares, pero lo que necesitan es insulina. En el caso de quienes padecen depresión, necesitan sustancias que les permita generar una reacción química en el cerebro». Lo que no se dice tanto es que estas sustancias son mecanismos de paso, que ayudan a superar la crisis. «El problema es que muchos pacientes abandonan el tratamiento: la terapia psiquiátrica se ha vuelto un artículo de lujo. Si el paciente tiene que decidir entre ir al doctor o comprar un medicamento de precio altísimo, prefiere comprar la medicina. Siente que depende de eso», dice Niesvizky. Muchos pacientes quedan a la merced de la automedicación, y muchos consumen como si no pudieran (o no tuvieran que) dejarlo eventualmente. No todo es tan malo: según investigaciones recientes, antidepresivos como el Prozac «favorecen la regeneración de neuronas en el lóbulo frontal y temporal», asegura Ignacio Ruíz, otro gerente de investigación clínica de Eli Lilly.

Otra cosa que casi no se dice, y que el Dr. Ruiz señala: la producción de serotonina y la regeneración neuronal «pueden lograrse también haciendo ejercicio».