Por Roberto Marmolejo Guarneros
Este año Shakespeare ha aguantado de todo. Desde versiones muy afortunadas de sus obras mayores como Temporal, la intervención de Flavio González Mello a La Tempestad; el titánico Macbeth que interpretaron en dueto Laura Almela y Daniel Giménez Cacho o el Hamlet que The Shakespeare’s Globe, presentó en la Corrala del Mitote.
Entre las desafortunadas está la torpe y chabacana puesta en escena de La tempestad, que dirigió un desgastado Salvador Garcini y Lady Hamlet, el “espectáculo de Aurora Cano a partir del texto de William Shakespeare.”
El caso de Lady Hamlet resulta desafortunado, por contradictorio. La propuesta de Aurora Cano es muy interesante: invierte los géneros de los personajes shakespeareanos para mostrar que la maldad, la ambición o la nobleza y la bizarría no son atributos ni femeninos ni masculinos. Ruines y malvados, nobles y heroicos, podemos serlo todos y todas.
Pero la concreción de su idea resulta fallida. Por un lado, desperdicia a una gran actriz de teatro como Margarita Sanz, que apenas aparece unos minutos en escenas sin garra ni impacto; Sonia Franco, que tan bien mostró su músculo actoral en Bosques (dirigida por Hugo Arrevillaga), es una Lady Hamlet sin la fuerza que la locura y la venganza insuflan en el personaje; Olivia Lagunas, una maravillosa Ariel en Temporal, es un pálida y desdibujada Hortensia (la contraparte femenina de Horacio en esta versión).
Por el lado de la escenografía y el vestuario, uno no atina a comprender para qué hay un mostrador que impide el movimiento de los actores o su visualización completa; para qué una esfera de tamaño tan grande gravita sobre el escenario y estorba en lugar de crear un espacio o cuál fue el racional a la hora de elegir un vestuario tan… Feo.
Hay que reconocer que dos actores destacan en el montaje, Anna Ciocchetti que recrea una reina Claudia con mucho “veneno” y ambición y Marcos García, el rey Gerardo, que le da al personaje una debilidad e inocencia que no tiene la reina Gertrudis del original.
La música con todo y que es bellísima –resonancias de la música popular- no tienen nada que ver con nada.
Con elementos tan dispares y una dirección que no sabe dar ritmo ni dinámica a su propia propuesta, Lady Hamlet cava su propia tumba y en lugar del cráneo de Yorick, se oye el ronquido del espectador que se duerme del aburrimiento.
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