Por Roberto Marmolejo Guarneros
Una llamada de teléfono pone en alerta a Mijail Bulgákov. Stalin, dictador de la Unión Soviética, parece querer hacer las paces con el escritor más sarcástico y agudo de esos años.
…Pero la llamada se corta y Bulgákov –autor de novelas y obras de teatro bien conocidas como La guardia blanca, Corazón de perro o El maestro y Margarita– entra en una espiral de obsesión con el dictador que poco a poco lo aleja de la realidad y lo sume en la ignominia cuando esa llamada, que determinará el levantamiento del castigo o el exilio del escritor, no se repite.
Con esta sencilla anécdota, Juan Mayorga –uno de los mejores dramaturgos españoles de ahora– reflexiona en escena sobre la libertad y la censura; sobre el poder y los escritores; sobre la seducción del poder y la libertad personal; pero sin rollos ni lecciones, sino como un verdadero artista que nos cuenta una historia alucinada donde Stalin aparece y desaparece y dialoga con un Bulgákov desesperado porque ansía escribir y publicar sin cortapisas, pero también quiere congraciarse con el hombre fuerte de la URSS.
Y así, también sencillamente, con unos actores muy solventes como Luis Rábago (Stalin), Juan Carlos Remolina (Bulgákov) y Gabriela Núñez (Bulgákova), el director Guillermo Heras propone un montaje con las piezas justas y ajustadas para la obra de Mayorga: música de autores rusos y la iluminación de Kay Pérez que matiza, transfigura o ambienta cada escena.
No basta decir que la obra de Mayorga encontró en Heras un aliado, porque entre los dos nos regalan con un espléndido trabajo, diferente y propositivo: Teatro de ideas, para pensar y repensar.
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