Por Christian Gómez
Tenemos que "allá afuera" hay un mundo en ebullición, pleno de conflictos: el Medio Oriente, el norte del país, la provincia, el extranjero... Siempre otros lugares, otras personas, otras circunstancias; acaso un día soltamos un "ay, pobres, no quisiera estar en sus zapatos". ¿Cómo asumir una postura ante eso que sucede lejos de nuestra esfera íntima, con la que ya parece suficiente?
De manera ácida y burlona, El plan americano aborda este conflicto en el seno de la familia clasemediera contemporánea. En el mismo hogar, más por accidente del destino que por afinidad, convergen un fotoperiodista de guerra y una chic benefactora de artistas y galerías, quienes han procreado dos hijos sobreprotegidos e incestuosos que eligieron el camino más absurdo del activismo político.
La disfunción de esta familia tiene un origen fascinante: un duelo por ver quién se aproxima de la mejor manera a la realidad. ¿Es eso posible? ¿No es todo pura representación? El periodismo no es la realidad "real" sino una versión (más o menos afortunada) de ella; el arte se aproxima a ella, pero va por caminos inusitados; y el activismo adquiere (¡o pierde!) sentido en función de la causa. ¿De verdad alguna de esas formas es más válida que otra?
Entre historias de opinocracia, artistas antropólogos de ocasión y activismos fallidos, los actores presentan una serie de perfiles que resultan incómodamente familiares. Para ello, la directora, Alejandra Chacón, logró un ritmo frenético en escena a partir de un hilarante texto de Évelyne de la Chenelière (1975), autora canadiense que comparte generación con otros inquietantes de aquel país como Wajdi Mouawad, Michel Marc Bouchard y Jennifer Tremblay. Sus personajes son oscuros. Ay, pobres, el espectador no quisiera estar en sus zapatos.