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Valeria Luiselli escribe sobre el escritor con quien duerme

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El perfil imposible de Álvaro Enrigue


14 de octubre de 2014
Por    Valeria Luiselli

Queríamos una semblanza del ganador del premio Herralde de novela y del Premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska, ambos por su obra Muerte súbita, de los más importantes de Iberoamérica, pero no el relato periodístico tradicional, sino hacer, o al menos esbozar, un retrato íntimo del escritor chilango. Y nada más íntimo que lo escribiera su esposa.

Contesté el correo del editor que me pidió un perfil del escritor Álvaro Enrigue con el laconismo al que se ha reducido nuestra comunicación con la mayoría de las personas: Pero si es mi marido. La respuesta del editor entró al cabo de unos segundos: Por eso.

Álvaro y yo compartimos estudio desde que nos mudamos a Nueva York, menos por amor que por falta de espacio. Aunque tal vez la falta de espacio nos ha enseñado una forma del amor, una forma a la vez encimosa y respetuosa. Entre su escritorio y el mío media casi siempre un sacro pacto de silencio, de modo que me esperé a que dejaran de sonar las teclas de su máquina y se levantara, tal vez para hacerse un café, para decirle: Me piden un perfil tuyo. Qué marcianos, dijo. Lo platicamos durante unos minutos. Recordamos un ensayo que nos gusta, Él y yo, de Natalia Ginzburg, una especie de perfil simultáneo de su marido y de ella –una especie de fotografía a la cual se sobrepone su negativo–.

Empieza: “Él siempre tiene calor y yo siempre tengo frío”. Sigue: “Él tiene un sentido de la orientación excelente; yo ninguno”; “Él adora las bibliotecas y yo las aborrezco”. El ensayo avanza con esa lógica tan placentera de las listas, enumerando diferencias y desencuentros que misteriosamente terminan por trazar una historia de conexión profunda entre dos compañeros de vida, dos personas “tan prestas para juzgarse una a la otra con imparcialidad bondadosa”.

Si éste fuera un ensayo, conversaría con aquel otro de Ginzburg, y se trataría de los ratos del día que Álvaro y yo no compartimos, los ratos en que él está solo y yo estoy sola, los espacios en que puedo tratar de imaginarlo. Por ejemplo, escribiría sobre los largos recorridos en bicicleta que Álvaro hace por la isla, a veces por el litoral del Hudson y a veces por las arterias saturadas de la ciudad. Hablaría tal vez de su relación con la gente de Hamilton Heights, nuestro barrio en Harlem. Trataría de imaginar qué es lo que sucede en sus intercambios callejeros y cómo es que toda la gente del barrio lo saluda por su nombre –salvo los árabes de la esquina, que simplemente le dicen “My brother”–.

Quizá trataría de escribir sobre las dos aficiones de Álvaro que no comparto y me resultan tan extrañas y encantadoras en su conjunto: la ópera y el beisbol. Nunca hemos ido juntos ni a una ni al otro, de modo que habría que imaginarlo frente al campo o frente a la soprano para preguntarme qué fibras internas de Álvaro son las que se remueven en el contacto con esas dos formas extremas y bizarras de la cultura occidental.

O si no, escribiría simplemente sobre las primeras horas de la mañana, en las que él está despierto, bañado, rasurado, toreando ya al mundo con ese carácter a la vez explosivo y gentil que lo caracteriza, mientras nuestra hija Maia y yo dormimos unas horas más. Desde la confusa duermevela, siempre he codiciado participar de esas primeras horas de la mañana en que Álvaro entra al día con la naturalidad de un nadador profesional a una alberca helada –a mí, en cambio, me duele salir de la cama–.

Su despertador suena siempre a las seis de la mañana. Una disciplina férrea –tal vez adquirida en los colegios católicos a los que asistió de niño– lo saca de la cama. Nunca he sabido qué hace en esas horas. Por primera vez, mientras escribo esto y él empaca para volar a México mañana a las 7:35 am, hago una pausa y le pregunto: –Cuando sales de la cama y yo sigo dormida un rato más, ¿qué es lo primero que haces? –Pongo a hervir el agua para té y meto al horno la masa para el pan que preparé la noche anterior. A ti te toca ya frío el pan, pero si te levantaras antes, te tocaría caliente. –¿Y ya? –Y luego me subo al estudio a responder la correspondencia de la noche, que siempre es un chingo. A esa  hora leo El Universal, el NYT y El País. Hasta que oigo “Papáaaa” y bajo con Maia para preparar el desayuno. Ya luego te levantas tú, así que lo demás ya lo sabes.

Pienso, mientras me dice todo esto, que tal vez no quiero llenar los huecos que finalmente hacen de nuestras parejas un misterio, que prefiero conservar intacta esa distancia que los hace insondables.

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