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Alguna vez le dedicó un libro a Lucía Méndez

Muere Rubén Bonifaz Nuño, un poeta mayor

Muere el poeta www.elsiglodetorreon.com.mx Muere el poeta
01 de febrero de 2013
Por  Héctor Cruz   

Las desgracias nunca vienen solas. Justo en una tragedia nacional, la explosión en el edificio B2 de Pemex cuyo saldo ya es de varios muertos y muchísimos heridos, otra mala noticia llega: muere a los 89 años el poeta Rubén Bonifaz Nuño.

Nacido en Córdoba, Veracruz, pero adoptado por la capital chilanga desde muy pequeño, fue además un gran catedrático de su Alma Mater, la UNAM, donde fue fundador del Instituto de Investigaciones Filológicas. Incluso –qué mayor homenaje- la biblioteca de ahí lleva su nombre.

Bonifaz Nuño se definió en muchas ocasiones como un gran enamorado, un apasionado de las mujeres, de los perros pero sobre todo de la poesía. En tiempos donde este término suele dársele casi a cualquiera, Bonifaz Nuño representa un poeta mayor.

De niño fue muy pobre, en alguna entrevista dijo que solía usar pura ropa remendada, por eso cuando pudo, se compraba cuatro trajes al año para desquitarse. Quizá por eso también guardaba con gran recelo algunos juguetes, con los que adornaba sus libreros.

Fue también traductor de los clásicos griegos y latinos, un hombre multipremiado por su vida y obra. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, Premio Nacional de Ciencias y Artes en la rama de Lingüística y Literatura, y un sin fin de galardones más.  

Entre sus libros de poesía destacan: Fuego de pobres (1961), La flama en el espejo (1971), As de oros (1981), Albur de amor (1987), El templo de su cuerpo (1992) y El manto y la corona (1958).

Por cierto, Rubén Bonifaz le dedicó un libro a la actriz Lucía Méndez en 1989, titulado precisamente La pulsera de Lucía Méndez. Aquí reproducimos unos versos:

Plenitud juvenil de la manzana

pulida por el sol cuando madura;

el cielo, en tí, encandila y se adulzura;

ayer como hoy alegras, y es mañana.

Divinizando tu disfraz de Diana

Salazar, amotinas tu figura;

mueves un hombro o quiebras la cintura,

y agarro mi patín, Tú, soberana.

Cielo trigal, candil en lo profundo,

presente del futuro, sol esbelto,

multiplicado en cortes de diamante,

Ya la miraba, y era de otro modo:

La estrecha falda y el cabello suelto.

Y Lucía magnética y radiante.

Texto  
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