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Lo bueno, lo malo y lo feo

El Museo Soumaya

El Gran Soumaya Rodrigo Terreros. El Gran Soumaya
01 de abril de 2011
Por  Fernando Delmar   

Contiene un total de 66 mil piezas, cantidad proporcional a la riqueza del hombre más adinerado del mundo. Es un acervo que ha tardado décadas enteras en formarse, y abarca muchos de los escenarios más importantes en la historia del arte en cuanto a cronología se refiere.

Sin embargo, el detalle cronológico dista mucho de cuadrarse con el detalle de la calidad. La "colección más grande e importante de México" deja un sabor de boca soso, como de agua tibia, en los paladares del visitante. 

El edificio

En plena construcción.
 
El Museo Soumaya, originalmente edificado en el centro comercial Plaza Loreto, ha servido como escaparate público para lo mejor y más selecto de la colección. En principio se enfocaba en las esculturas de Augusto Rodin y algunos maestros franceses del siglo XIX. Sin embargo, la apertura de un nuevo recinto ha logrado iluminar aspectos mucho más específicos de lo que la fundación ofrece.

Ubicada aparatosamente en las calles de Miguel Cervantes de Saavedra y Presa Falcón, la obra arquitectónica de Fernando Romero mide 47 metros de altura y cuenta cientos de hexágonos metálicos que resguardan los seis pisos de exhibición.

Por fuera, el edificio genera polémica pero no resulta del todo desastroso. Sus formas orgánicas y sus materiales brillantes lo convierten en un complejo dinámico, sensual y atractivo. Si bien aún se encuentra en obra, queda claro que el acceso inmediato por vías peatonales se presentará como un conflicto futuro. "Respeto y admiro el regalo que el señor Slim quiso hacerle a la ciudad", dice una visitante en tono justificante, "pero la verdad es que el museo no es muy accesible ni para el peatón ni para el que viene a ver la exposición".

¡Qué rarito!
 
Se entienden sus razones. Más allá del impacto del edificio (crea una súbita irrupción en el paisaje urbano), una vez dentro no resulta del todo amable: en un guiño evidente al Guggenheim de Nueva York, Romero diseñó un espacio interior en espiral que hace los recorridos largos, innecesarios y tediosos. Una vez que se visita una sala, hay que recorrerla entera para encontrarse con un pasillo ascendente, eterno, que nos lleva a la siguiente sala que conforma el piso siguiente.

Exento de muros fijos, este acomodo provoca que muchas obras se pierdan entre paredes y minimicen todo impacto por su organización espacial. Hay cuadros y objetos pegados a las escaleras, en una solución curatorial que parece improvisada y no está a la altura de las circunstancias.

Lo que es más, los pequeños muros falsos que soportan las obras se asemejan tanto a los de una clásica exposición exterior de centro comercial que la idea de un museo serio e importante se aleja desde un primer momento.

La colección

Muralito

La tragedia fundamental de la colección de arte más cuantiosa de México radica en su calidad. En su falta de exuberancia. Si bien hay firmas, nacionales y extranjeras, de talla internacional e histórica, las piezas elegidas carecen de alguna composición legendaria y popular.

Tomemos el caso, por ejemplo, de la Escuela Mexicana. De Orozco hay expresiones mínimas, pequeños lienzos de gran calidad, pero que no responden a las posibilidades financieras de su principal inversionista, ni a las exigencias del visitante. Lo mismo sucede con Diego Rivera, Gerardo Murillo y Montenegro, y no encontramos rastro (se nos habrá perdido) de un tamaño pintor como Rodríguez Lozano.

Se entiende que la exhibición de una colección personal demuestra las inquietudes y sensibilidades de un solo individuo. Pero, si el Museo Soumaya quiere convertirse en un referente cultural mexicano, deberá mejorar muchos puntos de su colección.

Al interior.

Si mencionamos ya a la Escuela Mexicana, pensemos a las obras del siglo XVII. La colección incluye dos buenas piezas de Rubens y otras tantas de El Greco, pero estas se ven eclipsadas por la enorme cantidad de motivos religiosos novohispanos, productos clásicos de su época: imitaciones mal logradas de los grandes maestros europeos, que a su vez encuentran poca cabida en las paredes de la sala. Malos manejos de luz y forma que saturan los ojos del visitante casi de manera inmediata.

"Yo vine a ver si el señor tenía algo importante. Hay algunos cuadros europeos que se rescatan, como mexicanos. Pero la gran mayoría de los que he visto se quedan un poco cortos".

Lo mismo pasa con las piezas prehispánicas exhibidas. Las hay en buena cantidad, pero ninguna realmente conmueve. Son figuras muy ortodoxas que faltan de trabajos artesanales inquietantes, que inviten, que sorprendan.

Funciona mejor a la hora de encontrarse con los franceses de las primeras vanguardias. Son cuadros un tanto cursis, pero los primeros pasos del impresionismo se ven elegantemente publicitados en Corot, Monet, Wise y Chapman (estos últimos no originarios del país galo, pero contemporáneos). Aquí es donde se nota la verdadera pasión del coleccionista: se recorren obras cuyo estándar es infinitamente mayor que el de salas anteriores.

Rodin
 

Estamos entonces ante un fenómeno paradójico, que crea muchas irregularidades: el poder de compra no se refleja en el objeto comprado, aún cuando se gaste mucho. Ni en los albores del impresionismo encontramos a Degas, Manet, Renoir, Pissarro, sus grandes perpetradores. Quizá se hayan saltado.

Este engaño (por llamarle de alguna manera), donde no todo lo que brilla es oro, se ve reflejado hasta en la última parte del museo, la única abierta (ahí sí, un éxito arquitectónico) que asila las docenas de esculturas de Rodin. Son él y Dalí (tremendamente malas y pomposas sus esculturas), nada más ellos, los que ocupan la sala "Escultura del siglo XX". Dos artistas para determinar toda la tradición de un siglo.

¿Y está siquiera "El Pensador"?, la obra más representativa del escultor francés. No se ve por ningún lado. Hay cientos de reproducciones pequeñas de algunas piezas, pero nada de verdadero impacto.

Así se manejan las cosas en el museo Soumaya. Digámoslo vulgarmente: hay mucho ruido, pocas nueces. Tremendo escándalo arquitectónico para no mostrar, siquiera, lo más emblemático de la obra más representada.

Después de la tormenta.
 

¿Vale la pena la visita?

Habrá que hacer distinciones, polémicas pero objetivas: si un visitante conoce poco del mundo del arte y busca acercarse un poco más a él, el museo cumple a secas: no verá las magnificencias que nos convirtieron en fanáticos y quizá, por ello, pierda rápido el interés. Para el espectador más informado, está la promesa de encontrarse con algunas joyas desconocidas (como las de Orozco).

Sexto Piso
 

El problema viene cuando se piensa en el contraste de lo que pudo haber en la colección más grande de México, y lo que termina habiendo. Todavía hay tiempo para arreglar algunos asuntos, como el de los espacios y la organización misma de la colección, incluso reconsiderar la selección de la obra, pero el tiempo se agota.

De no hacer estos cambios, se va a repetir la misma historia de muchos recintos culturales en la ciudad de México: buenas promesas, altas expectativas y un abandono futuro.

Le pregunto a un muchacho de oficina que sale del museo si planea regresar.

"¿Para qué? Si ya lo vimos todo".

Terribles palabras.

Texto  
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