La novia del viento

Leonora Carrington, el ícono

Revista Qui?n, archivo

 

Es una tarde húmeda y gris; la confusión de sonidos urbanos contrasta con el silencio y la quietud de la casa. La puerta se abre a las cinco de la tarde y me adentro por el corredor que limita con las escaleras y un espacio abierto y oscuro, custodiado por unos seres de figura alargada, con la mirada áspera y perpleja ante mi presencia.

Se escucha una voz grave y en seguida algunos pasos suaves y firmes que se acercan, bajando la escalera, a mi encuentro.

La imagen de una mujer ágil y luminosa aparece frente a mí, me extiende su mano, sonríe y me mira curiosa con esos ojos profundos, enigmáticos como los de un pájaro. Es Leonora Carrington, la maga, "la novia del viento".

Me invita un té en su cocina, el lugar más cálido de su casa. Considerada una de las figuras más importantes del movimiento surrealista, su quehacer artístico ha traspasado los bordes del lienzo, compaginando su trabajo con la escultura y la escritura.

Historia viva, reinventa el mundo a través de su arte, su lenguaje pictórico está determinado por el mito, el simbolismo y la psicología. Sus imágenes transitan entre el sueño y la conciencia: entre la fantasía y la realidad.

Ella nació en Lancashire, en el norte de Inglaterra, un 6 de abril de 1917. "Mi nana me influyó mucho, mucho… era una mujer irlandesa, del sur, y siempre me contaba muchos cuentos, ella se llamaba Mary Cavanaugh".

Leonora fue una niña cuya imaginación era alimentada por los cuentos de hadas. Su pintura, más tarde, estuvo impregnada de aquellas voces celtas. En ese mundo fantástico que construyó con su pintura, le pregunto dónde se encuentra la línea entre la realidad y la fantasía; la miro fijamente al preguntarle; irónicamente ella responde: "Sería interesante preguntarle eso a cualquier persona… hasta a los políticos ¿no?"

 A su avanzada edad, Leonora posee una mente lúcida; se reconoce en su rebeldía femenina:

Las mujeres ahora están mejor que cuando yo llegué a México; la mujer mexicana ha cambiado mucho para bien, y muy rápidamente

A Carrington no le gusta hablar de su pintura; lo cierto es que las imágenes que pinta surgen de una realidad íntima e imaginativa, que se confronta con su propia cotidianidad. Su imaginario comprende a personajes femeninos y animales fantásticos, entre otros seres y objetos.
A ella le asusta su propia imagen, "no me gusta ver mi imagen ¿A usted le gusta que le tomen fotos?" Es renuente también a los espejos y a las cámaras. "A nadie le gusta ver su cara, sólo a María Félix".

Tras los conflictos bélicos que se desatan en Europa, Leonora encuentra refugio en México. Es Renato Leduc quien la ayuda a emigrar y llegan en el año de 1942.

En México, la pintora se relaciona con algunos de sus colegas y amigos surrealistas también en el exilio, Benjamin Péret, Alice Rahon, Wolfgang Paalen, Remedios Varo y Kati Horna, la fotógrafa, a través de quien conoció en 1946 al húngaro Chiki Weisz, su esposo y padre de sus dos hijos. "Yo estuve casada más de 60 años con un fotógrafo, Chiki; él ya murió".

Transcurre el tiempo como en el espacio ambiguo de sus cuadros, como en Alicia en el país de las maravillas. Sus palabras concluyen con un deseo: "Yo quiero sentirme en paz, y que todo el mundo y mis seres queridos estén bien. ¿No quiere más té? Es muy sano y a mí me gusta mucho".

 

Leonora Carrington murió este 25 de mayo. Descanse en paz.