Fragmento exclusivo de ‘Al final del Periférico’ de Guillermo Fadaneli

Te vas a picar

Cortesía Random House

NOTA DEL EDITOR:

Te presentamos en exclusiva un fragmento del libro más reciente de Guillermo Fadaneli, cuya sinópsis es:

“Al terminar el tramo sur de la avenida Periférico a mediados de los años setenta, la ciudad cerraba sus puertas y un lugar despoblado comenzaba a formarse. En ese límite empezaron a ocuparse novísimas residencias con grupos de familias tocadas por la nueva realidad económica del país. En este ambiente de nuevos ricos, Guillermo llega a su hogar con un importante complejo de inferioridad. Pronto hace nuevas relaciones y asimila a aquellos que a su edad convierte en su grupo de amigos: estúpidos insolentes y desvergonzados sin una guía de supervivencia más que la necesidad sexual”.

Guillermo Fadanelli es chilango. Algunas de sus obras son: En busca de un lugar habitable; Elogio de la vagancia (Debolsillo, 2009); e Insolencia, lenguaje y mundo: ensayos. Es fundador de la revista y editorial Moho (1988), la cual dirige en la actualidad. Animador de la cultura underground. Colaborador de fanzines y revistas de literatura, crítica y cultura en varios países. En 2012 obtuvo el Premio Grijalbo de Novela por Mis mujeres muertas.

Capítulo 2

Cerca de cuatro décadas han transcurrido desde que la sonda espacial Viking I partiera hacia el planeta Marte en 1975 y de que el general Franco abandonara el poder en España después de una larga agonía; cuarenta años desde que el hermano de mi padre obtuviera el crédito que le permitiría comprar una casa por intermedio del Infonavit, la empresa inmobiliaria del Estado que velaba por los pobres y les proporcionaba techo, hacinamiento, crueldad ambiental y los concentraba en grises unidades habitacionales.

Los recuerdos de aquella época se aferran en algún vericueto de mi cabeza, de mi espina vertebral o mis rodillas. Toman por asalto un cartílago, los recuerdos, o un puñado de neuronas y se transforman en enfermedad permanente. Los recuerdos no suelen tener cola ni cabeza; son alucinaciones que provocan sentimientos y euforias repentinas. Vienen después de que la melancolía se halla cómodamente instalada. La melancolía no necesita remembranza pues se nutre de sí misma y de su estar cómodamente instalada. ¿Y la nostalgia? Desterrada, limpiando los retretes en algún bar de la provincia. Al final de mi vida, es decir, en ese desenlace que yo considero el final de los finales, hoy mismo, continúo ensalzando la soledad.

“Los recuerdos de aquella época se aferran en algún vericueto de mi cabeza, de mi espina vertebral o mis rodillas”.

Las mujeres que me visitan ocupan mi cama y, ocasionalmente, me preparan un desayuno en el que exijo al menos una barra de pan. Las llamo, ingenuamente: mujeres cometa. Si hubiera aceptado criar hijos estos habrían sido también niños cometa. Cometas más opacos que su madre, como debe ser, y siempre dispuestos a repetir el manido juego de estrellarse contra la superficie de algún planeta distraído. 

Ahora que he dejado atrás mis compromisos de trabajo busco el rostro de mis compañeros de barrio, adolescentes, siniestros, cada quien a su manera. Pequeñas zanahorias podridas cuyo encanto, acaso, radicaba en su peculiar manera de enfrentar el futuro y la libertad. No albergo ningún deseo de escribir memorias, qué tontería malhadada y puerca de tan obvia; ni mucho menos ambiciono practicar la introspección. ¿Para qué? ¿Cuál es el dentro en el que se debe husmear? Las ratas son ratas a causa de la cola que arrastran y porque se llaman ratas. ¿Quién va a saber lo que hay dentro de esa cazuela llamada cerebro y de cuya presencia uno se entera sólo a través del espeso contenido que la cazuela derrama, y en cuya extensión el mismo cerebro se ahoga y expande? Cuando el cerebro se derrama tenemos conciencia de él, antes no existe. ¿O es de otra manera? No lo creo.

Tengo que hacerme de un costal colmado de cervezas, un chingo de cervezas, e inflar la panza hasta que los intestinos revienten. El teléfono, de mi estrecho departamento en la colonia Narvarte, está ahora timbrando y el sonido me repatea el culo. Cuando me interno de mi casa, como si ella fuera un amable hospital carente de enfermeras y pacientes, comienzo a experimentar una sensación de miedo que crece conforme se suceden los días. Es un temor abstracto que podría yo explicar tan sólo de una manera: algún intruso entrará por mi puerta o llamará al teléfono con el propósito de echarme en cara una mala noticia. Esa mala noticia es el intruso mismo, su aparición indeseable, el montón de carne que lo anima. ¿Qué amarga canción traerá consigo el intruso? 

“Las mujeres que me visitan ocupan mi cama y, ocasionalmente, me preparan un desayuno en el que exijo al menos una barra de pan”.

Una vez que he sumado varios días de encierro la voz, o la presencia de un humano, me latiguea como el chorro de orines que se derrama en la tranquila nieve de una colina. ¿O es un chorro de orines azotando la mantequilla? No lo sé. 

¿Quién me invoca ahora? ¿Quién tartamudea en mi nombre? Tengo la intención de desconectar el teléfono casero tal como acostumbro hacer con el celular pero, antes de volver a la incomunicación original, respondo y escucho la voz de un editor que me pregunta por qué mi celular se encuentra fuera de servicio. Se muestra preocupado por mí, suelta algunas palabras que denotan tal preocupación, en seguida, me propone escribir una breve historia del automóvil deportivo. Vaya propuesta más absurda e inesperada. 

La recta de Nolan Ryan; la sonda espacial que se inmiscuye en el espacio a una velocidad superior a la de una tortuga; la muerte de Moisés Solana y el incendio de su McLaren; los canguros; el Ferrari que conducía Pedro Rodríguez en Daytona; mi tía Angelita bailando twist en aquella fiesta en casa de la abuela. ¿Cuál de todos ellos es el gran tema?

El editor hace esfuerzos por alentarme y añade que yo soy la persona ideal para ejercer este trabajo. Lo dice utilizando un tono resignado, como si estuviera agotado a causa de mis constantes negativas y también de mis buenos modales.

Dejo que un silencio respire y luego agradezco el ofrecimiento de forma sentida. ¿Rellenarle el intestino de alacranes al pinche editor? No, de ninguna manera florecen en mi mente frases de tal naturaleza. Contengo la rabia, muerta de antemano, a pesar de que pedirme escribir acerca de automóviles va en contra de ese leal ánimo prehistórico y apacible que me hace mantenerme tirado en cama, incluso cuando estoy de pie. “Todo eso me resulta muy infantil, las carreras de autos, la velocidad… busca a un hombre más joven que yo”, alcanzo a farfullar, como si masticara arena y cada granito fuera una palabra no expresada.

“La voz de mi joven editor significa una intromisión en la pequeña isla que he inventado para encontrarme, otra vez, con la jauría adolescente que merodeó durante un lustro en los alrededores de la colonia Villa Cuemanco”.

La voz de mi joven editor significa una intromisión en la pequeña isla que he inventado para encontrarme, otra vez, con la jauría adolescente que merodeó durante un lustro en los alrededores de la colonia Villa Cuemanco. Le hago saber, al joven editor, que poseo en el bolsillo el suficiente dinero para cubrir dos meses de renta y comprar alcohol y cocaína. Estoy disfrutando mi egoísmo y a éste le asigno un peldaño elevado en la escala de valores. Si uno desea gozar de ciertas vacaciones espléndidas, y en forma, se halla obligado a derrochar un egoísmo puro capaz de borrar las huellas del vómito humano y de sus consecuencias. ¿Autos de carreras? Ya no soy un niño y cuando lo fui no supe que lo era. Apenas ahora he aquilatado con fidelidad la certeza de que un flujo asesino corría por la sangre de aquellos adolescentes pobladores de Villa Cuemanco, un flujo espeso que avanzaba en la dirección tomada de antemano por nuestros padres el día en que decidieron llevarnos a crecer allí, al final del periférico.

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