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Edipo imaginario - | Chilango.com

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Abril 2014
No. 125
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Edipo imaginario

Crítica Chilango


Teatro Julio Prieto

Eje 4 Sur (Xola) 809

Esquina con Nicolas San Juan

Col. Del Valle

Tel. 5639-9816

Horario

mar 20:30 hrs.

Usuarios:



Precios

  • General
  • $250
TC:
Ticketmaster
Boletos en taquilla

Gustavo Molina Ramos

Crítica Chilango

Por Roberto Marmolejo Guarneros

El teatro básicamente sólo se puede dividir en teatro bueno o teatro malo. Y dentro de esas dos categorías cabe, según su calidad, teatro independiente, oficial, comercial, musical, experimental, clásico , infantil, en verso o en prosa; el que ustedes quieran.

No importa quién o cómo lo haga, el teatro debe estar bien hecho. Y parafraseando a un bloguero, otro axioma para este arte es: “La vida puede ser aburrida, el teatro no.”

Graciela se lía con Eloíso –un compañero de trabajo-, una noche después de una borrachera. Ella tiene muy claro que quiere tener un hijo y ésta es oportunidad. Él quiere jugar a tener una mamá cachonda y ésta también es su oportunidad. Ambos tienen un objetivo que tratarán de imponer al otro en el desarrollo de Edipo imaginario.

Es una premisa muy interesante del dramaturgo Alberto Castillo, quien intenta hacernos reír del “Edipo” que todos tenemos dentro y de la “mamá mandona”, que ha sido el rol de la mujer tradicional mexicana.

Pero sus buenas intenciones naufragan cuando el montaje torna su obra aburrida y mala.

Para empezar, las actuaciones son pésimas: Yolanda Ventura, que regresa a la escena después de años de retiro, es incapaz de la actuación refinada. Influida por la comicidad televisiva, su Graciela repite los patrones facilones y burdos de la comedia a la Jorge Ortiz de Pinedo. De Beto Torres (Eloíso) no se puede decir más: sufre del mismo mal. Y Lupita Sandoval (la tía Josefita), que por años ha ejercido este oficio, se queda en la morcilla, la exageración y la autocomplacencia. Es una Carmelita Salinas con menos años.

El desempeño de los actores habla, entonces, de la dirección de Rodolfo Portal de la Cruz: tomó por el camino de la facilidad. La escenografía no crea ni espacios dramáticos ni atmósferas, es como aquéllas de los teatros de la calle de Antonio Caso: decoración para que los actores tengan donde sentarse y nada más. ¿La iluminación? Pues no existe, sólo se prenden focos para que veamos las escenas.

Quizá la aburrición y mala factura de la obra está relacionada, desde el principio, con la idea de montar un texto que tiene 20 años y no ha aguantado el paso del tiempo. Quizá Alberto Castillo deba guardarlo en el cajón de los recuerdos.

Ahora, si lo tuyo es la comedia tipo La escuelita, pues esta obra es para ti. Eso sí, no garantizo más que chistes sobados y sobreactuación. 

Texto  
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