Por Roberto Marmolejo Guarneros
En el teatro, la suma de la calidad de los elementos de una puesta en escena, no siempre resulta en un montaje redondo. Y Réquiem, del israelí Hanoch Levin, dirigida por Enrique Singer, es uno de los ejemplos más claros de la nueva temporada de teatro en el D.F.
Por el lado destacable, la escenografía de Atenea Chávez y Auda Caraza vuelve a sorprendernos por su capacidad para la sugestión: ¿Estamos en un bosque, en una aldea o un camino de la vieja Europa? Este dueto ha sido el creador de otras escenografías memorables para obras como Incendios (Wajdi Mouawad) o Traición (Harold Pinter).
También el diseño de vestuario de Mario Marín del Río y la iluminación de Patricia Gutiérrez Arriaga aportan con su solvencia y pulcritud. En síntesis: en la producción, la obra es de una factura impecable.
Por el lado creativo es donde Réquiem toca las campanas a muerto. El texto de Levin, quien ha tomado sus personajes de Chéjov, nunca despega y lo que intenta ser “un poema sobre la muerte”, se queda en la superficie de las anécdotas: la vieja que se muere, las prostitutas que buscan una ciudad mejor o el carretero desconsolado, no superan el nivel de meras viñetas; trazos de poca profundidad y unidimensionales.
Las actuaciones, desafortunadamente, no salvan a estos personajes porque tampoco profundizan ni conectan con la emocionalidad de unos “seres abandonados en el tiempo y en el espacio.”
Y es que pareciera que “recitar” los diálogos fue la consigna y por órdenes del director, nadie pudiera ir hacia el corazón mismo del dolor y la fatiga que late en los personajes de Levin (y por tanto de Chéjov).
Entonces, sobre el escenario no queda más que una brillante producción sin emoción ni fuerza. Como un bello cuerpo… muerto.
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