¡A toda madre!
Mayo 2012
No. 102
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Av. Juárez y Eje Central Lázaro Cárdenas s/n
Entre Hidalgo y Eje Central
Col. Centro De La Ciudad De México
Por Paris Alejandro Salazar Rodríguez
Frente a las cámaras no hay personas sino personajes, por eso algunos mexicanos creen con justa razón que las fotos roban el alma: esas maquinas de luz que congelan segundos transforman el rostro anónimo en una celebridad de papel o pixeles. El trabajo de Paul Strand destacó por atrapar la naturalidad, la inocencia y el instante irrepetible de los habitantes y paisajes de principios del siglo XX, mucho antes de que el “clik” reacomodara la realidad y la convirtiera en escenografía.
Adultos y niños –que sin duda jamás se verán a sí mismos en las fotografías, de las que ni siquiera sospechan su existencia– pueblan ahora los muros del Palacio de Bellas Artes y otros recintos. En esta muestra, Strand reúne –en cada pieza– la verdadera cara del México postrevolucionario, y encaminado hacia la institucionalización del “progreso y la justicia social”. El rostro real del México rural, de las casas de adobe y vigas de madera, de las vestimentas blancas, huaraches, rebosos, zarapes y sombreros de paja, de las miradas fijas en un objetivo incierto –que buscan sin encontrar; que encuentran sin buscar–, porque (quizá) las respuestas están en el viento.
Rostros esculpidos por el temperamento y la fuerza de labrar la tierra bajo el rayo inclemente del sol, la vigilancia del cacique y la poca paga del patrón; rostros que reflejan las horas de quehaceres domésticos, frente al nixtamal y el comal donde se fabrican las tortillas, frente al río donde lavan sus ropas; el paso del tiempo frente a la escasas oportunidades del campo mexicano. Tristezas, desilusiones, angustias, pasiones, alegrías, sobresaltos, anécdotas del corazón y del hígado convertidas en gestos y líneas de expresión facial que son capturadas antes de que ellos mismos se conviertan en actores –y el paisaje en una decoración ambiental– de la lente fotográfica.
Otro rostro y otra piel retratados por el fotógrafo neoyorkino son los paisajes del campo mexicanos: espacios libres y no corrompidos por la modernidad del asfalto y los edificios, que va más allá de la simple captura para cromo, póster o postal, porque –al igual que en los rostros– se aleja de las poses, fabricaciones y montajes acartonados que contaminan la esencia de los hombres y la naturaleza.
La lente del Paul Strand supo capturar trozos de infinito, estatuas y paisajes de papel bicromáticos únicos. El artista gráfico se atrevió a reinterpretarlos en distintos tiempos y técnicas artesanales de revelado (como el platino, plata, gelatina o grabado, obteniendo con ello una amplia gama tonal).
Strand acertó al no sucumbir ante las curiosidades que ofrecía el ambiente del campo para capturar estas imágenes, respetó la integridad y se dedicó a retratar instantes y no a enjuiciar ni catalogar. Trató la comunicación como una lengua (y no como un dialecto), las creencias como religión (y no como superstición), la creación popular como arte (y no como artesanía), a capturar el vivir cotidiano como cultura (y no como folklore), a reflejar a los habitantes como personas (y no como personajes).
El rostro contiene guías que conducen al pasado personal: sentimientos grabados en carne y hueso, expresiones que transmiten e impresiones faciales que comunican. El rostro dice sin decir. Por eso las fotografías de Paul Strand son una oportunidad para conocer cómo la realidad impacta de manera distinta a las personas, aún viviendo bajo las mismas circunstancias. Son también una invitación a conocer al México real, bárbaro y luchón que sostuvo al país y a su clase política en aquellos años, aquel que no salió en las primeras planas (ni en los interiores) de los periódicos y que en los libros de texto es reconocido con el nombre y apellido de “pueblo mexicano”.
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