¡A toda madre!
Mayo 2012
No. 102
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Por Alejandro Fuentes @quidalex
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Para nadie es un secreto el método que el Cirque du Soleil emplea en sus shows: una línea argumental sencilla que sirve como eje para que sus artistas la adapten a sus actos (en menor o mayor medida, de forma natural). Lo que sigue siendo un misterio es cómo este método tan sencillo sigue generando shows tan buenos. Porque OVO, el nuevo espectáculo que se presenta en México, es, sin duda, de lo mejor que hemos visto este año en la ciudad.
Basado en el mundo de los insectos, OVO muestra la llegada de un gigantesco y misterioso huevo a una comunidad en donde conviven diferentes bichos, y aquí vale una digresion: si bien los disfraces buscan hacer evidente la presencia de algunos animales –como la catarina o los saltamontes– en otros, la intención es la de evocar, más que representar. Así, es posible encontrar criaturas que simbolizan más una virtud que una morfología conocida. Esto implica una dificultad para entender en un primer momento las motivaciones de algunos, pero al final logra un efecto de fantasía cercano a lo que podría encontrarse en un texto de Lewis Carroll. Quizá para algunos esto sea difícil de aceptar y ahí existe un resquicio para la polémica.
Una vez aceptada la dificultad que representan las caracterizaciones –que, dicho sea de paso, resultan notablemente logradas en texturas y colorido y en muchos casos fusionan felizmente armaduras medievales o japonesas, por ejemplo, en insectos acorazados– el show fluye de una forma prácticamente perfecta. Desde la milimétrica puntualidad del inicio hasta las sorprendentes ejecuciones que visitan prácticamente toda la escala de las emociones, el show es impecable (y no importa el intermedio de media hora). Quien va a ver teatro es complacido; quien va a ver danza contemporánea, también; aquel que espera ver atletas en escena los encuentra y quien busque grandes ejecuciones musicales no saldrá decepcionado. Y, no obstante, el secreto es la organicidad y cohesión de un espectáculo circense llevado a su máxima expresión. La historia de amor entre dos de los protagonistas y la guía y comicidad del anciano líder de la comuna de insectos, más la presencia del huevo son una metáfora del misterio de la vida y su sustento, de lo que los seres vivientes pueden hacer para perpetuarse; esto hace del espectáculo algo entrañable.
Los puntos no tan notables están fuera: precios exorbitantes en los souvenirs (habría que entender mejor lo que implica el tipo de cambio de parte de los productores del circo) y la dificultad de llegar a una zona en donde hay varias obras pequeñas en progreso (hay que tomar en cuenta esto, para llegar antes. Si alguien llega por la autopista a Toluca, mucho cuidado: el carril de alta se cierra intempestivamente justo donde ésta empieza y después de una curva). Por supuesto, hay que recordar que la tierra el estacionamiento hará que hasta los zapatos más pulcros salgan desaliñados.
Como sea, OVO es uno de esos espectáculos por los que vale realmente la pena pagar porque no es frecuente ver tanto nivel de refinamiento técnico y estético sobre un escenario.
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