¡A toda madre!
Mayo 2012
No. 102
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Por Ana Felker
Con más de 40 obras inéditas, Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio (LEGOM), creador de Civilización, forma parte de una generación de autores que confluye en temáticas entrono a lo decadente. Entre ellos, Edgar Chías, Antonio Malpica, David Olguín, Jaime Chabaud, Luis Mario Moncada, Humberto Robles, Bárbara Colio, Ximena Escalante y Silvia Peláez, han retratado al país en su declive.
George Santayana -un filósofo hispano estadounidense- explica que, si bien la novela nos muestra los acontecimientos a través de la mente de otros hombres, el teatro logra "ver la mente de otros hombres a través de los acontecimientos". Por lo cual siempre es de celebrarse que haya dramaturgia nacional: es una manera de inmortalizar el sentir de nuestro tiempo y espacio.
Sin embargo, precisamente porque en México existe una tradición en la farsa política, género al que pertenece Civilización, hay que ponerse exigente. La obra maestra de Rodolfo Usigli, El gesticulador (1938), marcó una pauta no sólo por la calidad literaria y la complejidad de la estructura dramática sino por los alcances de la farsa política, misma que le valió la censura durante algunos años. Más de medio siglo después, todavía indigna lo que ahí se retrata: cómo un sangriento proceso revolucionario que esgrimía ideales de igualdad, es aplastado por intereses individuales y explicaciones demagógicas.
Por su parte, Civilización bajo la dirección de Alberto Lomnitz nos muestra la versión moderna de esa misma corrupción que arrastramos desde 1910. Un cínico empresario (Héctor Bonilla) tiene el proyecto (o más bien capricho) de construir un edificio de 20 pisos de puro cristal en pleno centro histórico sin importar que éste rompa con la estética del lugar que, por cierto, es patrimonio según la Unesco. A fuerza de chantajear a su compadre, el presidente municipal (Juan Carlos Vives), logra hacer su voluntad a pesar de todo, incluso las endebles condiciones del suelo.
Aunque se trata de una pieza mucho menos ambiciosa que El gesticulador, (es injusto compararlas) notamos que ésta se limita a presentar un episodio anecdótico de la corrupción con una estructura sencilla que alude a la propia construcción del edifico. Comparar el posible derrumbe de un edifico con el debacle del país, es una metáfora fácil (desde 1927 con Metrópolis).
En la dirección, Lomnitz explota de manera creativa los austeros recursos en la escenografía y crea una excelente dinámica entre los actores. En particular, Héctor Bonilla, que con toda la experiencia teatral, construye un personaje complejo: es manipulador y hasta malvado pero tiene el delirio de acercarse a Dios -literalmente, con su edificio- antes de su inminente fallecimiento.
La pieza hace referencias a las polémicas que atiborran los noticieros: un McDonalds en un pueblo mágico, las propiedades millonarias de los Legionarios de Cristo o el que hasta los activistas acaban vendiendo sus ideales por unos cuantos pesos. Sin embargo, la crítica sólo se enuncia, no alcanzamos a adentrarnos en la complejidad de los personajes.
Este es una de las debilidades recurrentes en la farsa política contemporánea. En el afán de querer abordar la inmensa gama de escándalos que nos aquejan, difícilmente crean obras que trasciendan a su tiempo como lo hizo El gesticulador.
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