El ‘Grafiti’ lo leyó en voz alta

Foto: Cuartoscuro

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El “Grafiti” lo leyó en voz alta y todos parecieron convencidos, excepto Costra que argumentó que el punk era desintegración, violencia, autodestrucción, no resistencia pacifista. Se votó y perdió. Pero en ese primer debate, como en los matrimonios, estaba el germen de la disolución. Desde los primeros ensayos, con instrumentos prestados por unos conocidos de Ciudad Satélite, que se llamaban Café Tacuba –más que guitarras y batería, usaban güiros, teclados y charangos–, afloraron las diferencias: Costra cantaba como tratando de desvariar todos los tonos y confundía gritos con melodías mientras que Buitragos ansiaba hacer acordes, ritmos. Costra quería hacer covers de Dangerous Rhythm, mientras que Buitragos quería componer y, en realidad, era el único que sabía tocar, zurdo como era, las guitarras y hasta sabía de notación musical: hacía cinco rayitas y garabateaba acordes con esos trazos como de puentes. Un día propuso que ensayaran una cumbia cubana, “La Negra Tomasa”, y Costra se inconformó, pero Buitragos tenía la respuesta adecuada:

–The Police toca reggae. El Caribe es lo de hoy.

El “Grafiti” observaba estas discusiones desde su asiento –una silla de oficina de cuero negro– detrás de la batería prestada. Su trabajo sólo era llevar el ritmo que, por ser punk, no era difícil. Lo que no era sencillo era mantener la silla sin que las ruedas dieran vueltas y lo alejaran de su instrumento. Al final de cada ensayo, le dolían más las piernas que los brazos. El “Grafiti” empezó, desde esos días de tanteos, a fantasear con ser un músico, más que ser, como decía Costra, “un factor de disrupción social”. Mucho colegio.

El primer concierto de Banda Boicot fue en una casa con jardín en Echegaray. El “Grafiti” recuerda la salida en cámara lenta: mientras el cantante se había metido por la cara una grapa de coca –diez líneas, en esa época–, él se fue por lo suyo, el ron Bacardí. Le temblaban las piernas y hubiera querido que todo ya hubiera sucedido. La conmoción se desató desde que Costra tomó el micrófono para decir:

–Dañados, ¡suelo! –y tragó esa mezcla de químicos y mucosa de la nariz al estómago. Luego dijo–: Venimos aquí a acabar con la cultura, a incendiar el puto mundo, a acabar con todo y todos. Así que ésta es “De plástico” de Dangerous Rhythm.

Empezaron a tocar como en trance, una especie de caos eléctrico —el ruido de la guitarra de Buitragos se iba y venía porque el público pisaba el cable que conectaba las bocinas— y él, “Grafiti”, tratando de marcar el ritmo respirando el alcoholazo del Bacardí, que era una de las compañías que se anunciaban en el noticiero de Televisa que no había querido informar sobre el boicot en Chihuahua. A él no le importaba:

–Dame lo que sea, con tal de que me haga daño –era una de sus nuevas consignas.

La gente comenzó a aventarles vasos con cerveza. El “Grafiti” sentía como una brisa pero veía a Chicho, Buitragos y Costra con las camisetas empapadas. Uno les regresaba la agresión en forma de escupitajos, otro se reía, uno más seguía como si no pasara nada. Hasta que alguien, seguramente de los BUKs de Azcapo, le lanzó a Buitragos una botella en pleno ojo. El “Grafiti”, desde su puesto de apoyo con el acento –pronto los bateristas serían sustituidos por cajas de ritmo–, vio la sangre y, entre sombras, el rostro de desconcierto de Buitragos. En ese momento no lo sabían, pero el guitarrista, el único que tenía idea de cómo escribir música, tenía vidrios en el ojo izquierdo. Pero siguieron tocando.

–Esto es punk –gritaba Costra, complacido con la violencia–. Viva la delincuencia. Matemos todo.

Alguien se subió al escenario y le dijo al oído a Buitragos, herido y sangrante:

–Llegó la policía.

Entonces Buitragos hizo una pausa y comenzó a tocar los primeros compases de “La Negra Tomasa”. Entre el eslam a putazos de los punks, las parejas de Ciudad Satélite empezaron a bailar cumbia, como habían aprendido con sus tías en las comidas familiares de romeritos y torta de camarón, pegando las caderas contra los muebles con carpetitas de gancho, contra el lladró y los biombos falsamente japoneses. Los policías devolvieron las pistolas al cinto y se dijeron:

—Vámonos. Esto es un baile decente.

Y, luego, alguien puso un disco con el Himno Nacional.

Ésa fue la primera tocada de Banda Boicot. Después de que Buitragos fue llevado a la Cruz Roja, la vida del grupo ya no fue igual. Con un ojo parchado el guitarrista adquirió una autoridad que antes había detentado el cantante, Costra. El “Grafiti” vio desde su puesto de marcador del compás ese cambio vivido como un drama: un tuerto les daba órdenes, hablaba sin parar del reggae de Bob Marley y Eddie Grant, de “las raíces mexicanas”, del cómico Tin Tan, los pachucos, El laberinto de la soledad de Octavio Paz, los indígenas, los chamanes. Ahora era el predicador de Banda Boicot.

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