Los tamales llenan nuestros corazones de dulce amor desde tiempos prehispánicos, desde México hasta el norte de Argentina, este delicioso manjar ha sido la fuente de alimento más importante de muchas naciones indígenas y luego, tras la amarga colonización el tamal siguió existiendo, demostrando el enorme valor alimenticio e histórico que posee.

Lo bueno, es que el tamal además de venderse en carritos bicicleteros y en puestitos callejeros, también tiene sus templos donde los más fieles seguidores van y los compran al por mayor y no sólo durante el día de La Candelaria, también el resto del año y el templo más respetado es La Flor de Lis.

Ubicado en Polanco, este lugar data de 1926 cuando los hermanos Andrade Macoquin abrieron sus puertas para todos aquellos amantes del tamal hecho de la manera más tradicional posible.

Lo lindo de este lugar, es que puedes escoger tus tamales entre los que van envueltos en hojas de maíz secas o en hojas de plátano. Los sabores son los tradicionales: pollo en salsa verde, mole, rajas y dulce de piña.

Nuestro favorito es de pollito con salsa verde, nada picoso y bien relleno, la neta, nada de sólo masa y carbohidrato, aquí los tamales van bien rellenos. Valen cada centavo. Otra cosa buena de Flor de Lis, es la variedad de sabores además de los tradicionales: chipotle con pollo, cajeta, queso con zarzamora, pollo con jitomate entre otros.

Además de tamales, también venden su mejor amigo: el atole. Así que si pasan por Polanco y no han desayunado, ya saben a dónde deben ir.