Como en casa de la tía de Puebla, a dos cuadras de Observatorio. Molito, chalupas y otras delicias tradicionales.

No hay que pasar por el suplicio de la Calzada Ignacio Zaragoza para aplacar la nostalgia por el sazón conventual. Para eso, doña Lucila Molina de Merlos lleva más de 30 años especializándose en comida poblana del siglo XVIII.

En lo que fuera una vieja casa familiar, se reúnen abuelos, tíos y nietos. También llegan buscadores de tesoros culinarios. Pero el lugar no se llena demasiado, entras rápido y disfrutas tus sagrados alimentos cómoda y tranquilamente. La piedra, talavera y sillas artesanales te hacen sentir en un hogar provinciano, aunque sobra la música de elevador, afortunadamente muy bajita. La carta incluye una buena selección de platos típicos de Puebla. Chalupitas, cual debe ser, fritas al momento en manteca de cerdo. Te quedas con ganas de más, pero hay que dejar espacio para lo que sigue: una reconfortante sopa de flor de calabaza, calientita y cremosa, con elote y queso fresco. Después llega el pollo en un mar de mole, poco dulce y apenas picante, tal vez un poco soso. O quizás sea que, después de semejante currículum, uno se genera demasiadas expectativas. Además llega tibio así que te lo comes a paso veloz o pides ayuda a las serias y amables meseras que solucionan de inmediato el problema. Aparte hay que pedir los frijoles y el arroz, ambos ricos y caseros.

Otro “defectillo” en el combo son las tortillas que, a diferencia de otros restaurantes tradicionales donde las hacen al momento, aquí son de tortillería y sospechosas de haber pasado por el microondas. Lo bueno es que al final llega una natilla que te cura de cualquier decepción. Espesita, con el punto exacto de dulce y trocitos de piñón. Quedas invitado a regresar por los delgadísimos bistecitos aplanados, como antaño, en metate. Difícilmente los encontrarás en otra parte. También a los festivales gastronómicos que el restaurante organiza regularmente.

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