Humbertos, embajada yucateca

Una historia sabrosa

No hay mejor acompañante de la cochina que cebollita morada.

Hay algunas joyas culturales y culinarias escondidas en las calles de la del Valle. El Centro Libanés es uno. Fonda Margarita es otra (recintos a los cuales había entrado con anterioridad). Hoy les platicaré de dos mini-instituciones yucatecas, propiedad de dos hermanos que heredaron el bagaje culinario de su madre. Están postrados uno a espaldas del otro. Estas cocinas tan concurridas avivan las ilusiones de muchos chilangos que no dudan en declarar que la gastronomía yucateca es la mejor del país. Al parecer era un pecado capital no haber comido ahí, así, que a través de lluvia y un tráfico infernal de viernes me lancé a conocer. Gran acierto.

La Fonda 99.99 es el más simple de los dos, su decoración es prácticamente inexistente, su interior luminoso y limpio recuerda al color blanco y sobrio de un hospital. El menú se limita a los antojitos trillados peninsulares: cochinita pibil, en sus diversas formas, tales como tacos, panuchos y tortas. La sopa de lima tiene ese equilibrio sabroso particularmente satisfactorio perfumado y picante. Yo no tengo nada contra la garnachita y el antojo, por lo que “le entré” con singular alegría. Sin duda es de la mejor cochinita que he probado en la ciudad. Tiene un balance entre lo agrio, dulce y contundente del axiote que no encuentras en cualquier lado y los precios, casi como de provincia, ayudan mucho a dibujar una sonrisa a la salida.

Apenas a dos metros de distancia se encontraba el hermano mayor de este dúo yucateco. Aún con un pedacito libre en la panza, y ganas de encontrar la diferencia entre ambos, entré plácidamente (tras una cola de 20 minutos.) En Humbertos, con más de un cuarto de siglo de existencia, se siente una atmósfera más cálida. Cuentan con un menú largo y fascinante. Comensales expectantes hacían una considerable fila para entrar y aunque varios empezaban a desesperarse, se veían felices cuando estaban sentados, al parecer un aroma cambiaba sus humores.

Yo decidí irme por los clásicos. La cochinita es suculenta y perfectamente complementada por la fogosa, pero aromática salsa verde jade. Es imperativo probar los salbutes de relleno negro: sopes crujientes cubiertos con la carne de tu elección impregnada de recado negro. Merecen mención aparte los tacos de lechón, eran adictivos con poca grasa pero un sabor que se derrite en la boca y queda en el paladar. Recuerdo también haber pasado un buen tiempo codiciando el plato enorme de mi vecino de costillar de lechón, especial del lunes. Habrá que regresar. Para bajar la comida hay varias opciones, aunque bajo la opinión de este humilde servidor, lo que mejor funciona es su agua de horchata o una Montejo bien fría.

Sin deberla ni temerla me encontré afuera del lugar. El servicio se mueve extremadamente rápido, y no es que te apuren, pero si entras en una vibra apresurada con la que se maneja el restaurante. Supongo que esta es la idea. No manejan desayunos ni cenas, abren como un portal brillante hacia Mérida que se va tan rápido como llega. Aunque sea da el suficiente tiempo para probar un poco de lo mejor que hay en comida yucateca en la ciudad.