El lado oscuro

Así éramos en 1810 y 1910


A finales del Virreinato
, con grandes zonas de pobreza rodeando los
palacetes, y casi sin un sistema urbano de iluminación, la ciudad
nocturna era tierra de nadie
. Los serenos patrullaban las calles, que
debían estar vacías por el toque de queda, pero muchas veces salían
bandas de forajidos a destrozar puertas y ventanas de casas señoriales
para robar lo que fuera
, aunque tuvieran que matar a los dueños.

Las
pulquerías también eran lugares violentos.
Existían alrededor de 45 en
la capital del Virreinato -muchas de ellas fuera de sus límites. Hombres
y mujeres entraban desde la mañana hasta la noche, por lo que la policía no podía custodiarlas. Robos, asesinatos, peleas y violaciones eran cosa de todos los días, y la mayoría de la gente sólo podía encerrarse en sus casas y rezar para que esa noche no los visitaran los ladrones.

Robos, asesinatos, peleas y violaciones eran cosa de todos los días.

La situación no cambió en el Porfiriato, a pesar de la aplicación de las técnicas más modernas para prevenir el crimen, desde clases de jujitsu (o jūjutsu) para la policía, hasta el estudio de las formas craneanas de los delincuentes, para descubrir qué los llevaba a cometer sus delitos. La vieja cárcel de Belén aún funcionaba, aunque un nuevo edificio se acababa de inaugurar al noreste de la ciudad. Inspirado en las teorías de Jeremy Bentham sobre el panóptico, un modelo arquitectónico que permitía vigilar toda una prisión desde un centro de mando, la cárcel de Lecumberri prometía al fin acabar con la delincuencia que azotaba a la ciudad. Sin embargo, la aparición de una industria periodística moderna, ávida de noticias escabrosas, lanzó a la fama a dos delincuentes que se convirtieron en leyendas durante el largo gobierno de Don Porfirio.

La policía lo llamaba «El Tigre de Santa Julia» porque en el barrio de ese nombre había matado a dos policías que querían capturarlo.

Jesús Negrete era un sargento que fue dado de baja del ejército luego de que se comprobó que robaba a sus compañeros de cuartel por las noches. Desde 1905 operaba en la zona sur del Valle de México, robando casas, haciendas, la fábrica de artillería y el viejo edificio de Correos. La policía lo llamaba «El Tigre de Santa Julia» porque en el barrio de ese nombre había matado a dos policías que querían capturarlo. Pero este criminal no pasó a la historia por su historial delictivo, sino porque fue atrapado mientras defecaba atrás de unos magueyes en la casa de una amante suya en Tacubaya. En esa época los juicios eran abiertos y se hacían con un jurado popular. El abogado de «El Tigre de Santa Julia» aprovechó la situación para crearle a su cliente una imagen de hombre serio y honorable. A las sesiones iba vestido de charro; confesó que había matado, pero por honra y jamás para robar.

Además consiguió que una de sus amantes le enviara una carta (que fue leída en el juicio) en la que le pedía que se casara con ella; y el Tigre, por supuesto, aceptó. La sala del juicio estaba atiborrada. Pero ninguna de las estrategias salvó al Tigre de terminar sus días frente a un pelotón de fusilamiento.

El Chalequero», como le decían, comenzó su carrera criminal en las últimas dos décadas del siglo XIX. Fue apresado y enviado a la prisión de San Juan de Ulúa, de donde casi nadie regresaba vivo. Pero «El Chalequero» regresó. A partir de 1906, volvió a matar prostitutas, cuyos cadáveres abandonaba en el Río Consulado

Francisco Guerrero era conocido en los barrios pobres de Peralvillo y Río Consulado por usar enormes chalecos con vivos de cuero y por su afición por degollar mujeres, preferentemente prostitutas. «El Chalequero», como le decían, comenzó su carrera criminal en las últimas dos décadas del siglo XIX. Fue apresado y enviado a la prisión de San Juan de Ulúa, de donde casi nadie regresaba vivo. Pero «El Chalequero» regresó. A partir de 1906, volvió a matar prostitutas, cuyos cadáveres  abandonaba en el Río Consulado. Ahí mismo fue apresado nuevamente, luego de que una anciana lo viera lavándose la sangre de las manos. Con toda calma recorrió los lugares donde mató a sus víctimas, acompañado de la policía, para luego sufrir el mismo destino que el «Tigre de Santa Julia».