Una posible vacuna

José Luis Castillo

LA VACUNA

El secretario Mario Delgado cuenta cómo de un tiempo para acá, en las reuniones con padres, el tema del acoso escolar está presente. Cuenta también cómo se le acercan para decirle que hay que hacer algo, que ojalá ellos hubieran tenido ayuda porque su vida habría cambiado. Cuenta, en defi nitiva, como las “cosas de niños” a las que antes “no se les prestaba atención” se han convertido en un problema social al que hay que darle un altavoz. «El gran cómplice del bullying es el silencio. De los niños, de los papás y de los maestros.» «Hace tres semanas una madre nos contó que su hijo empezó a tener problemas estomacales. Vomitaba y no quería comer. Lo llevó al médico y él dijo que no tenía nada. Estuvo tres días sin ir a la escuela. La madre fue allí y descubrió que había varios niños que lo maltrataban, lo insultaban, le pegaban. »

Delgado relata esta historia como ejemplo de que la problemática del bullying está muy por delante de la preparación de autoridades, padres y educadores para combatirlo. «Sigue pasando porque a los maestros nadie los preparó, y a los padres de familia tampoco se les ha enseñado a estar atentos a cualquier síntoma de maltrato escolar.» Las medidas están viendo la luz. La secretaría ha realizado el primer manual para intervenir en el maltrato e intimidación entre escolares con el objetivo, como dice en el prólogo, de paliar “las prácticas de corrupción, venta de drogas, uso de armas y abusos de poder” que se dan en las escuelas.

También se han creado vínculos con otras instituciones. Además del convenio con la PGJDF, la Secretaría de Educación se ha vinculado a la de Salud para que en los 32 centros contra adicciones de la ciudad puedan ser atendidas las víctimas de bullying. La red que se está tejiendo responde al clima de violencia del país que, alerta Delgado, rodea a los niños por todas partes. «Vivimos en un contexto de mucha violencia. Desde que prendemos la televisión hay violencia. En la radio hay violencia, en la prensa hay violencia. Todo esto hace parecer que la violencia es lo normal. Si hay mucha violencia en las familias, en los medios, el mensaje para el niño es que nos acostumbremos a ella.»

Ricardo, Trixia y Óscar son síntomas de una sociedad enferma. ¿Cómo curarnos? Según Delgado, con «fortalecer la convivencia. A lo mejor si lo vacunamos, el niño se volverá inmune a la violencia de su alrededor y se convertirá en el regenerador» para frenar el sufrimiento y humillación de las víctimas y la escalada a la delincuencia de los verdugos.

VENGANZA

Acurrucado entre las piernas de sus padres, con lágrimas de rabia empañándole los ojos, Alejandro cuenta su historia con un grito ahogado, mezcla de impotencia y la inocencia de los 10 años. Esta misma mañana sufrió la enésima humillación en la escuela, el último capítulo de un maltrato que ya duró un año.

«Me borró un dibujo en la computadora que había tardado en hacer 45 minutos. Ya estoy harto. Le torcí tres dedos y él me pateó. Le di tres cabezazos en la nariz y me pegó en la entrepierna. Me dolió mucho, pero ahora no tengo miedo; si puedo, me defi endo.» No es gordo, ni bajo, ni tiene gafas, ni ningún defecto físico. Viste con un suéter beige, unos jeans y unos tenis. Alejandro es un niño que podría defi nirse como normal. Incluso «es un niño sociable», asegura su madre, Pero en su pequeño salón de 10 estudiantes, cinco niños y cinco niñas, se ha quedado solo. «Hoy me traicionó mi mejor amigo. Se juntó con los demás niños. Fuera, sí tengo amigos pero en la escuela ya no». Pedro (nombre ficticio) se erigió en líder de la pandilla desde su llegada a la escuela, con siete años.

Durante dos cursos fue “buena onda” con Alejandro, mientras intimidaba a otros niños. Pero el curso pasado la situación se revirtió. Lo excluyó de los juegos y le vejó con comentarios sobre sus padres. «Me decía que venían de una caca.» Pedro comenzó a hacer cosas como abrir la mochila de Alejandro, sacar de ahí algunas prendas de ropa interior que llevaba para cambiarse, y exhibirlas a todo el salón. Le rompía sus dibujos, una de sus grandes pasiones. Un día hasta lo invitó a hacerle una felación. Poco a poco fue erosionando la autestima de su víctima, que asistía mansamente a las continuas burlas y a los desprecios. «Quería quedarme en mi casa y aprender aquí y todo hacerlo aquí», confi esa ahora. Fue entonces que sus padres buscaron ayuda. «Lo llevamos a un taller emocional y también fuimos a terapia.» Como un cachorro en la jungla, Alejandro empezó a defender su territorio. Ahora dice ser feliz a pesar de que la soledad y el maltrato continúan.

La marca del bullying, sin embargo, la lleva dentro: Alejandro cuenta su historia con los ojos empañados y no puede continuar. Pide permiso para ir al baño; 10 minutos después regresa con una idea fi ja en la cabeza. «Ahora me defi endo, no tengo miedo.» Su madre lo interrumpe: «Ya aprendiste que la violencia genera más violencia». A lo cual Alejandro, secándose los ojos, responde decidido, duro: «Me da igual. Yo lo que quiero es venganza». FIN