Un domingo electoral

Ni la lluvia, ni el futbol impidieron votar

Gabriela Said.

Fue, quizá, la elección más vigilada que haya ocurrido en México. En el salón de una escuela primaria pública, una veintena de personas, todos observadores electorales de distintos partidos, miraban de pies a cabeza a quien entraba a votar: caras serias que intentaban mantener la calma en un ambiente tenso.

Y también fue la elección que más gente sacó a la calle. Todavía no comenzaban a recibir a la gente y en varias casillas ya había una fila, desde el Estado de México hasta el DF.

Aunque era domingo, la escena era parecida en todos lados.

Calles vacías, comercios apenas abriendo, pero en las casillas había gente esperando. En el Centro Histórico, por ejemplo, algunos curiosos rondaban cerca de donde se instalaba una casilla, hasta que decidieron, por fin, formarse. Algunos con la bicicleta al lado, luego se dirigirían al Paseo Ciclista, sobre Reforma.

La escena era la misma en casi toda la ciudad: varias casillas, varias filas, muchos votos. Una espera de algunos minutos ¡y listo! Hubo quien aprovechó y fue a votar con la familia completa, niños y mascotas incluidos; aunque ellos no votaron, ahí iban.

Por la tarde, las filas crecían. Para los más afortunados eran de unos minutos, cinco quizá, pero para otros parecían eternas, sobre todo en las casillas especiales, donde, por ejemplo, la espera se podía prolongar horas.

Una mañana que parecía de fiesta. Familias completas paseaban por las calles. Aprovecharon la elección, y la Eurocopa, para revivir los domingos familiares. Aunque el cielo amenazara en todo momento con una lluvia implacable, de esas que dan miedo.

Y en las casillas especiales la gente no soltaba su lugar. Ni los goles de España, ni la lluvia lograron mover a los cientos que esperaban en la casilla especial del SAT, en Reforma. La gente sacó paraguas, y otros se sumieron más en sus chamarras, pero nadie se movió. El de los plásticos para la lluvia “hizo su agosto” en pleno julio, vendió, por lo menos, un centenar de capas en unos minutos. Pero en la fila nadie desistió.

La tarde avanzaba y las casillas pronto iban a cerrar, también cambiaron los ánimos. Un par de jóvenes preguntaba cómo llegar a Reforma 222 y si todavía se podía votar ahí, pero no había manera de saber si las boletas de esa casilla especial se habían agotado; ellos, de todas maneras, siguieron caminando.

El tiempo también había acabado, aunque algunas casillas tuvieron que seguir funcionando hasta terminar de atender a la gente que estaba formada, como marca la ley. Lo que restaba era sólo la espera. Corta, pero al fin espera.

Las primeras tendencias comenzaron a circular en los medios y había resultados para todos: los que ya lo veían venir, los que no esperaban nada, y los inconformes.

Un par de mujeres de la tercera edad caminaban cerca del monumento a la Revolución con lápiz y papel en mano. Se dirigían a su casilla y, cuando la tuvieron en frente, anotaron los resultados.

–Aquí si ganó –dijeron.

Por un momento lucieron confundidas y momentos después se marcharon con el mismo paso lento con el que llegaron.