Testimonio de una chilanga gay

En el Día Mundial Contra la Homofobia

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Les mentiría si dijera que fue sencillo. No lo fue y sin embargo estoy segura de que, por lo menos, fue mucho menos dramático de lo que pudo haber sido. O de lo que tristemente me ha tocado observar con muchos amigos.

Nunca fui una niña de carritos, ni jugaba futbol, luchitas, ni me agandallaba con los amiguitos en la escuela. Aunque no lo crean, eso de la rudeza no es propio de todas las lesbianas.

Me di cuenta un poco tarde, a los 17 años para ser exactos (ya en la universidad). No es que nunca hubiera sentido atracción por alguien antes de ello, sólo no sabía que podía resultar biológica-emocional-sentimentalmente significativo que me gustaran las niñas… Hasta que la vi.

Cuando vean esas películas tontísimas donde la chica bonita va caminando en cámara lenta, moviendo su hermosa cabellera y el enamorado en cuestión se tropieza, cae estúpidamente con la charola de comida en mano y ridiculiza toda la escena, acuérdense de mi: Sí sucede.

El problema es que no lo sabía con certeza, no sabía qué pasaba o qué sentía o por qué callaba cuando la veía pasar. Por qué tartamudeaba cuando tenía que hablarle. Por qué la taquicardia se me subía a la cabeza. Me sudaban las manos. Tiraba todo. Y, casual, el mundo se atravesaba para hacerme tropezar cuando ella me saludaba.

Les juro, les juro, no lo sabía.

Caí en un abismo de dudas. Y, sí, pasé noches insomne considerando la posibilidad de que esos sentimientos estuvieran errados. Como en todo problema, el primer paso fue la negación. “Sólo me cae bien”. (Ajá).

Me paré frente al espejo y me dije: “Mi misma: you’re gay. Pretty, pretty gay”.

Y luego de una exhaustiva primera investigación sobre el mundo gay, la susodicha sacó lo mejor que alguien puede sacar de mi: Letras. Entonces, (no me juzguen), dije: “Me gusta, pero sólo me gusta ella”. Así pasaron los primeros 3 meses desde que la conocí.

Propiamente sucedió así, hasta que, en un momento (no necesariamente cercano a la muerte), vi pasar mi vida ante mis ojos y entonces entendí: Me paré frente al espejo y me dije: “Mi misma: you’re gay. Pretty, pretty gay”.

El siguiente paso fue mucho más sencillo, y aunque ahora me avergüence un poco de él, sé que es parte de mi historia y fue lo que me hizo entender lo que no quería ser. Eso que la Trevi describe perfectamente: “Me solté el cabello y me vestí de reina”.

Banderas por aquí, banderas por allá, “The L Word”, marchas, playeras, pancartas, plumas, mujeres, mujeres y más mujeres. Pero eso acababa cada que volvía a la realidad: mi casa.

Mis amigos, por supuesto, lo entendieron perfecto. Hasta me hicieron comentarios de esos incómodos, tipo: “Chale, hasta que te diste cuenta”. Malditos.

A partir de eso, pasé tardes enteras llorando como Marga López cuando los veía y les contaba que nunca le iba a poder decir a mamá. Que jamás iba a tener el valor de hacerlo. Que no podía hacerle eso. Pensaba que, como sólo éramos ella y yo en casa, yo no tenía el derecho de arruinarle la vida con algo así.

Y entonces pasaron tres años más antes de que la bomba estallara. Ya no andaba de plumas y podrían decir que “senté cabeza”. Tenía una novia oficial (y no era la primera enamorada, pero es el actual amor de mi vida). Por azares del destino, llegué a casa con ella. Lo curioso es que jamás la presenté como mi pareja, ni hubo demostraciones de nada… pero el sexto sentido de mi mamá le hizo cosquillas…. Y no le gustó.

Entonces, inevitablemente esa navidad sucedió lo que tenía que suceder: “Hablamos”. Y no, no, no, no le gustó.

Vivir en la Ciudad de México es una de las mejores decisiones que he podido tomar, puesto que es una ciudad incluyente

Me fui de mi casa durante un mes. Cuando volví todo estaba más tranquilo, pero no volvimos a tocar el tema en los próximos 6 meses. Cuando salí de la universidad, yo quería ser chilanga, pues nací en Veracruz y viví allá toda mi vida, hasta ahora.

Después de casi 5 años, por primera vez, fuimos a casa mi novia y yo. Sí, con mi mamá y un manojo de nervios en la mano. 

Aún no hablamos del tema más que a grandes rasgos, pero nos hemos dado la libertad de crecer independientemente y sé que ha hecho un gran esfuerzo por entenderlo. No quiero ser idealista. Sé que, tristemente, no es así en todos los casos, pero puedo decir que tengo la fortuna de que el amor de mi mamá haya sido mucho más grande.

Después de casi 5 años, por primera vez, fuimos a casa mi novia y yo. Sí, con mi mamá y un manojo de nervios en la mano. Todo sucedió a la perfección. Y no significa que este sea un final feliz. Aún es complicado pero ya no duele, ya no hay dudas.

Vivir en la Ciudad de México es una de las mejores decisiones que he podido tomar, puesto que es una ciudad incluyente. Afortunadamente nunca me ha tocado toparme con situaciones homofóbicas, pero: ¿aún hay miedo? Sí, siempre, uno nunca sabe con quién se va a topar.

Sé que nadie estamos exentos de agresiones, racismo o violencia de algún tipo, pero es muy triste que lo hagan más evidente con la comunidad LGBTI. Esto a mi parecer es la lucha que tiene que seguir uno diariamente. Y no sólo hoy. Y no sólo nosotros.