Servicios Periciales, nuestro CSI

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Cualquiera podría suponer que las oficinas de Servicios Periciales de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal (PGJDF) son un búnker con laboratorios hipersofisticados, con iluminación metálica muy lucidora, tal y como aparecen los laboratorios gringos en la serie CSI. Pero no. Desde que se cayeron las instalaciones de la procuraduría de la calle Niños Héroes, por el sismo del 85, ocupan un viejo edificio en Avenida Coyoacán, al sur del DF. El doctor Rodolfo Rojo, director de Servicios Periciales, sueña con que pronto, con el cambio de gobierno en la ciudad, se trabaje con más ahínco en las nuevas instalaciones.

Y es que acá, donde confluyen los 1,184 peritos que trabajan para periciales en 36 disciplinas distintas, todos están amontonados. Son paisaje común cajas apiladas, atiborradas de documentos y objetos. Pero en estos laboratorios que recuerdan más a los de las escuelas, se realiza el trabajo fino e implacable que podría llevar a la identificación de un criminal.

Cuando un agente del Ministerio Público (MP) solicita una investigación, se desata la cadena. Y es que los peritos son auxiliares para que el MP y los jueces cumplan con su trabajo. “Tratamos de establecer –dice el doctor Rojo, un hombre que rebasa la sesentena y que utiliza tirantes- una unidad histórica de lo que sucedió en el lugar de los hechos e identificar a los posibles agresores. Es decir, ayudamos a sacar de circulación a los malos”.

Los peritos trabajan todo el día en tres turnos de 24 horas. Cada uno en su especialidad y sobre las peticiones específicas que en muchos casos se van acumulando. Y no porque no hagan su chamba, sino porque concentran todas las peticiones de la ciudad.

En el área genética, por ejemplo, el objetivo es obtener perfiles precisamente genéticos. Y lo hacen a riesgo de sus propias vidas, pues al final del proceso requiere de trabajar con sustancias cancerígenas.

Un vaso, una botella, un pedazo de tela pueden ayudar a obtener los fluidos corporales, como sangre, saliva o semen, para a su vez obtener la identificación genética de una persona. Es un proceso que requiere a especialistas en ciencias biológicas. Se trata de encontrar ese descuido que cometió el criminal porque, como dice Abelardo Inclán, el encargado de este laboratorio, no existe el crimen perfecto, sólo las malas investigaciones. Tras una pausa, que se me ocurre que es para acentuar el efecto dramático de sus palabras, sostiene: “el criminal siempre va a dejar algo y ahí lo vamos a encontrar”.

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