Ese olor a sangre

Jilipollo

El olor que deja la sangre es difícil de describir: penetra las fosas nasales y dura varios días ahí, o tal vez sólo en la memoria. César Barrientos, un policía corpulento y de perfil duro, fue de los primeros en llegar al 343 de González de Cossío en la colonia Del Valle. Es un condominio horizontal con seis casas, él entró a la marcada con el número cinco. Encontró la puerta abierta. Lo primero que percibió fue ese olor. En la sala, en la planta baja de la casa, había dos cuerpos acuchillados. Sin vida, uno junto al otro.

Uno era Félix Ernesto, de 35 años de edad, catedrático español de origen cubano que llevaba un par de semanas en la ciudad porque estaba por dictar un curso en la UNAM. Parecía apacible, recostado sobre su costado izquierdo en una alfombra café, descalzo, con bermuda verde a cuadros y camiseta azul, empapada. Bajo su brazo derecho había pequeños orificios, las marcas por donde entró una y otra vez el cuchillo que le quitó la vida.

Junto a él estaba Esther, con los brazos extendidos sobre su cabeza. Una mancha rojiza entintaba la mitad de su blusa blanca, en sus muñecas aún seguían su reloj, en la mano izquierda, y dos pulseras en la derecha. No le habían robado ninguna alhaja de encima. César no tocó nada. Siguió su recorrido de rutina por la casa, sin sospechar aún, pero con la sangre fría que dejan varios años de servicio como policía.

Subió a la planta alta y encontró sin vida a Cynthia, empresaria de turismo, con una agencia que promociona viajes a Cuba por internet. Su cuerpo estaba metido bajo el lavabo del baño, sobre el piso blanco con café que parece de mármol. También tenía sus joyas puestas y marcas de cuchilladas en el abdomen.

A otra de las habitaciones la habían abandonado el orden y la pulcritud: las sábanas blancas de la cama kingsize perdieron lo inmaculado y los muebles, meticulosamente combinados, estaban de cabeza: la gran televisión de pantalla plana estrellada contra el piso, la mitad de la cama manchada con sangre y el piso de madera embadurnado de rojo.

Entre el desorden que imperaba, César encontró a Ismael, aún con vida, quien con voz moribunda alcanzó a pedir auxilio.

César lo ayudó y hasta entonces relacionó el caso con ese sujeto bajito y regordete que parecía luchador recién salido de un combate, quien lo había acompañado en el asiento trasero de su patrulla después de haber recibido el llamado de auxilio a dos calles de distancia.

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