El caso de un ex policía de Naucalpan

Foto: Cuartoscuro

Estas mezclas, que empezaron como experimentos caseros, intentan imitar los efectos de las drogas ilegales al activar las mismas zonas del cerebro, pero a un costo más bajo. Sin embargo, con daños a la salud más rápidos y devastadores. Así surgieron los opioides sintéticos, como el krokodil, una droga que cambia el aspecto de la piel y que está desplazando el uso de la heroína. O los cannabinoides sintéticos –ámbar, spice, diesel, King Kong, K2–, que imitan la marihuana e instantáneamente provocan letargo.

O las catinonas sintéticas, vendidas como sales de baño o fertilizantes para plantas que, dicen sus consumidores, te vuelven caníbal. O la mefedrona, una droga alucinógena que se vende como éxtasis, así como la heroína y la cocaína sintéticas, piperazinas, como la BZP, entre otras. Se sabe que estas nuevas sustancias provienen, en su mayoría, de laboratorios del este y sureste de Asia. China e India, cuyas industrias farmacéuticas y químicas están muy avanzadas, lideran la cadena de producción. «Cualquier persona con conocimientos en química las puede preparar en laboratorios clandestinos », dice Ricardo Iván Nanni Alvarado, director general adjunto de Políticas y Programas contra las Adicciones del Centro Nacional para la Prevención y Control de Adicciones de la Secretaría de Salud.

Jaime odiaba que en la escuela le dijeran “enano”. O “duende”. Así que se puso a ejercitar sus músculos para “un día chingarse a todos los que lo molestaban”. Se convirtió en un fortachón de 160 centímetros que, siguiendo los mandatos del lugar común, empezó a consumir alcohol y tabaco cuando iba en la secundaria. Decía que un poco por curiosidad y otro tanto por soledad, y desde los 14 comenzó a meterse de todo: primero cemento, thinner, resistol; más tarde, marihuana, cocaína y crack. Tenía 33 años y su figura atlética era sólo un recuerdo, la ilustración de su decadencia. Su rostro estaba surcado por cicatrices, marcas de peleas callejeras. Sus padres dejaron de apoyarlo y él abandonó su empleo como policía municipal en Naucalpan.

Su piel parecía la de un hombre de 50. Su dentadura, amarillenta y algo verdosa; la encía ennegrecida. Miraba el mundo con un único y opaco ojo; el otro lo perdió cuando intentaba robar una dosis de heroína y lo descubrieron y le clavaron un desarmador en el globo ocular derecho. El año pasado un amigo le habló de otras sustancias más fuertes. Así conoció –y se perdió– el ámbar, el spice y la mefedrona. Lo encontraron muerto en la calle. En el reporte anual Nuevas drogas en Europa 2012, que publicó el Centro de Monitoreo Europeo para Drogas y Adicciones de la instancia policial Europol, se estimaba que sólo en 2012 aparecieron 73 nuevas sustancias.

Es decir, poco más de una droga cada semana sintetizada en algún laboratorio clandestino. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Adicciones (ENA 2011), el consumo de drogas ilegales en México se duplicó en la década anterior, al pasar de 0.8 a 1.5% entre personas de 12 a 65 años de edad. Es decir, cada vez nos drogamos más. «Dicen que con más dosis te vuelves caníbal». Roberto y su amigo Pedro –no son sus verdaderos nombres– se refieren a las “sales de baño”, una droga que a simple vista parece inofensiva y que nada tiene que ver con los relajantes que se usan a la hora de meterse a la tina. Esta droga se confundiría fácilmente con pequeños cristales de sal marina.

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