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Microbuses: arrollados por la movilidad

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Paradas continuas


Paradas continuas Revista Chilango Paradas continuas
13 de septiembre de 2013
Por  Iván Ramírez   

Este es el reportaje con el que Chilango obtuvo el “Premio periodístico a la movilidad sustentable 2013”, que otorga el ITDP México (Instituto de Políticas para el Transporte y el Desarrollo México).

Miles de choferes de microbús se salieron de sus rutas el 6 de febrero y se olvidaron de pelear pasaje para manifestarse en el Zócalo. Exigían un aumento a la tarifa y ofrecían, a cambio, un mejor servicio. La misma promesa incumplida que habían hecho cuatro años antes. Respondían a lo dicho por Rufino H. León, titular de la Secretaría de Transportes y Vialidad (Setravi), durante la presentación de su programa para el sexenio de Miguel Ángel Mancera. «A partir del mes de mayo, antes, si podemos, iniciaremos un agresivo programa de sustitución de microbuses por autobuses».

Pareció una sentencia de extinción. Por eso exigían. Pero mientras ellos estaban ahí, kilómetros al sur, en Xochimilco, Ilse Mariel Alonso, de 20 años, salía de su casa rumbo al trabajo montada en su bicicleta azul. Se detuvo en el cruce de las avenidas Antonio Delfín Madrigal y Aztecas, cerca del paradero del Metro Universidad. Esperó, miró a su alrededor e intentó cruzar, pero un microbús de la ruta 60, que se pasó un alto, la atropelló y la mató.

El presunto crimen despertó la molestia de un amplio sector de la sociedad que en los últimos años ha encontrado una alternativa en la bicicleta y que, como muchos capitalinos, ha sufrido algún encuentro desagradable con el transporte público.

El destino de los microbuses parecía sellado.

Atrás hay lugar

José corre de prisa y apenas alcanza a poner un pie sobre un escalón de la puerta del microbús cuando éste arranca. Se afianza del tubo para no caer y, como malabarista, saca de su bolsa los 3 pesos con 50 centavos para que lo lleven desde los límites del Estado de México al Metro Chapultepec.

Después de unos minutos de camino logra subirse completamente mediante un par de empujones. Intenta seguir caminando hacia el fondo antes de que el chofer le recrimine hacer doble fila porque atrás –siempre lo dicen– hay espacio. Una mujer deja su asiento detrás del chofer para bajarse en Conscripto y José se sienta.

Los micros son el transporte más utilizado en el DF: 65 por ciento de los viajes que se realizan en la ciudad no se hacen en Metro ni en Metrobús, sino en microbús, se detalla en la Encuesta Origen-Destino de 2007. Según estimaciones de especialistas del transporte, generan un mercado de más de nueve mil millones de pesos al año.

Pese al tráfico, el microbús pasa de un carril a otro sin grandes sobresaltos del conductor. Más bien, ni parece inmutarse. El micro reduce la velocidad y entonces, como si fuera la señal convenida de mutuo acuerdo, la mujer salta. Es la única manera de bajar. Un volantazo después, y sin mayor aviso que un par de dedos asomados por la ventanilla, el micro atraviesa tres carriles de regreso para meterse a los centrales de Periférico, seguido de los claxonazos de media docena de conductores enojados. Una práctica habitual en las avenidas o calles por donde circulan.

El chofer no rebasa los 50 años. Tiene el pelo canoso y parado, recortado al estilo militar. Por detrás le nacen varios mechones que le cubren la nuca. Viste el uniforme de los microbuseros: pantalón negro, camisa blanca de manga corta y corbata negra. Se podría decir que va arreglado.

El micro en cuestión retumba cada que acelera y se jalonea como jamelgo salvaje. La caja de velocidades truena a la menor provocación. No tiene peluche en el tablero, bolas de cristal ni luces exóticas como aquellos que se han quedado en la memoria colectiva; ni siquiera llega a reproductor de discos o radio, otra de las imágenes que nos vienen a la mente al pensar en micros. No hace falta ser experto para saber que ese
vehículo tuvo mejores años y que aun ésos fueron hace demasiado tiempo.

Está prohibido que circulen por los carriles centrales de Periférico pero entra sin que nadie lo impida. Tres hombres y una mujer le piden bajar, el chofer los mira de reojo. Es lugar prohibido, pero qué más da. Se detiene y les abre la puerta. Ellos bajan y tienen que caminar pegados a la pared, con los autos rozándoles a unos centímetros. Incluso escalan el muro de contención para salir de los carriles centrales, atravesar los laterales y regresar a la banqueta, donde los debió dejar.

Los micros, como en el que viaja José, son el transporte más utilizado en el DF: 65 por ciento de los viajes que se realizan en la ciudad no se hacen en Metro ni en Metrobús, sino en microbús, como se detalla en la Encuesta Origen-Destino de 2007. Según estimaciones de especialistas del transporte, generan un mercado de más de 9 mil millones de pesos al año.

Parece un buen negocio... pero no para todos. De acuerdo con un estudio realizado por el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), el tiempo que pierden las personas que viajan en microbús casi cuadruplica la cifra, pero en términos negativos: se pierden 33 mil millones de pesos al año en horas hombre.

Y con todo eso, hay microbuses que ya van para 24 años rodando por las calles. Son el parque vehicular más viejo del país. En los últimos dos años se duplicó el número de accidentes en que se vieron involucrados: de 172 en 2011 pasaron a 384 en 2012, según la Secretaría de Seguridad Pública del DF.

A un año cuatro meses de que se abriera una línea de quejas contra el transporte público, el Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y Procuración de Justicia recibió 664 contra microbuses. La mayoría por manejar de manera imprudencial.

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