Momentos incómodos

9 Situaciones por las que todos hemos pasado

Especial

Porque, aunque lo intentes, en la vida no siempre puedes verte cool. Por más que tengas tu pose de rockstar, nunca estás a salvo de quedar en ridículo. Les preparamos una lista de esos momentos incómodos de la vida que, cuando te pasan, se te cae la cara de vergüenza, pero una vez superados, los recuerdas y hasta te diverte andar por la vida, cual Adal Ramones contando tus anécdotas.

“Los suegros”

Ya llevas un rato saliendo con tu chava, las cosas se están poniendo serias. Todo va muy bien entre los dos, tanto así que te invita a comer a su casa un sabadito para que te conozcan sus papás. Acto seguido empiezas a hiperventilar. No sabes qué decirles, cómo comportarte. Si llevas una botella, van a pensar que eres un borracho; si les regalas un pastel, que eres un gordo.

Total que llegas, los saludas. Todo bien. Intentas quedar bien diciéndole a la mamá que ya viste de dónde sacó sus encantos su hija. Te toman por pervertido. Ya en la comida empieza el interrogatorio: ¿A qué te dedicas? ¿Qué estudiaste? ¿Cuáles son tus intenciones…?

Te sientes peor que en un interrogatorio con judiciales, ¿o no?

“Chido el clima”

Agarras el elevador porque te da flojera subir las escaleras para llegar a donde vas. Aprietas el botón y no hay nadie a tu alrededor. Estás relajado, nada te importa. Se abre la puerta y descubres que ya hay alguien adentro. Preguntas: “¿Sube?”, te contestan que sí y das un paso adelante. Se cierran las puertas y estás ahí en un espacio de 3 x 3 con un completo desconocido. Puedes oler su aroma, huele mal. Cada piso se vuelve eterno y los 30 segundos del recorrido parecen media hora. Nunca falta la típica plática para romper el hielo: –”Está feo el clima, ¿no?” –”Sí, horrible…” –”Bueno, bye”. Todo para descubrir que van al mismo piso.

“No es lo que parece, bueno sí”

Te sientes el más galán del antro, o bien, la flor más bella del ejido. Traes ganas de portarte mal, pero sin tu pareja. Piensas: “ojos que no ven, corazón que no siente”. Te metes en tu actitud de cazador y empiezas a echar el ojo a todo lo que su mueve. Por fin alguien te pela, está guapa/o. Se llevan bien y pasa lo que tiene que pasar.

En pleno agarrón, recibes una llamada en tu cel, es tu pareja. Corres al baño a contestarle para que no se de cuenta del ruidero. –”Hola, mi amor. ¿qué pasó?” –”Nada, ¿dónde andas?” –”En la oficina, estoy en junta”. –”No te hagas, ca…, te vi meterte al baño. Estamos en el mismo antro”. ¡ESTÁS FRITO!

“Me quedó clarito”

Llegaste desvelado al trabajo porque anoche te fuiste de reven. Vas derechito, cual zombie a prepararte un café para disimular un poco. Regresas a tu lugar, prendes la compu, todo bien. De pronto llega tu jefe muy buena onda y te dice que quiere platicar contigo. Vas a su oficina, equis. Una vez dentro, te empieza a explicar las nuevas estrategias para mejorar la eficiencia de las ventas y cómo tú vas a encargarte del proyecto. En tu cabeza escuchas un ruido molesto, como en Charlie Brown cuando hablaban los profesores. Regresas a la realidad y tu jefe te pregunta: “¿Quedó claro, Godinez? ¿Tienes alguna duda?”. Tú lo miras fíjamente a los ojos, respiras hondo y declaras: “Sí, me quedó clarito”.

“El síndrome del comediante”

Vas a una fiesta con todos tus amigos. Ese día estás muy de buenas. Sientes que la ciudad es tuya, traes actitud de “con todas puedo”. Ya en la fiesta se juntan todos y empiezan a decir tonterías y a reírse. Tú te acuerdas de ese chiste buenísimo que leíste en la mañana. Sientes que el momento es tuyo. Dices: “No, espérate, yo me sé uno buenísimo”. Tienes la atención de todos, es más, hasta la música se detiene. Mientras cuentas tu chiste de Pepito sientes que eres el mejor comediante de la historia. Terminas de hablar, cierras los ojos porque no puedes con la risa. Los abres y te das cuenta que todos te miran raro. Nadie se rió. 

“El frijolazo”

Estás muy campante, vas por la vida quitado de la pena, saludando a medio mundo. Vaya, hasta saludas a tu crush, notas que te sonríe y tú te sientes bien galán, todo un papalord. Mauricio Garcés se queda corto. La cosa sigue así hasta que te das cuenta de que todo el día has traído el frijol entre los dientes. Te miras en el espejo y ves con odio inmenso a ese pedacito café que, de manera singular, adorna tu sonrisa. En esos momentos lo único que queda es reír (pero, ya estuvo, quítate el frijol).

“Flanders frustrado”

Éste es el más típico, pero de los más incómodos. Es un bonito día. El sol brilla como nunca. Es domingo y sales a la calle a dar la vuelta sin prisas, ni nada. Se te ocurre caminar por el parque. La gente pasa a tu alrededor, todos muy metidos en su onda. En eso levantas la mirada y ves que alguien frente a ti agita la mano vigorosamente. Como dejaste los lentes en casa, no la reconoces, pero, cual Ned Flanders, le regresas el saludo. La persona avanza hacia ti y tú hasta te paras para encontrarla. Se acerca y no la reconoces, sigue caminando, camina, camina y te pasa. Te das cuenta de que en realidad estaba saludando al tipo que estaba atrás.

“Lapsus brutus” 

Caminas por la tienda de los búhos, avanzas hacia la sección de revistas decidido a comprar la Chilango del mes. La tomas y la hojeas cuidadosamente. En eso escuchas que alguien te habla, te molestas porque han interrumpido tu exquisita lectura. Buscas de dónde proviene el berrido, encuentras que es un amigo de la universidad que hace mucho no ves. Se acerca a ti muy contento de verte. Te dice: “¡Juan!, ¿cómo has estado, ca’on? ¡Qué milagro! ¿Sí te acuerdas de mí, verdad?”. Tu cara se queda completamente inexpresiva. Sabes que lo conoces pero no tienes idea de cómo se llama. Golpeas su hombro amistosamente, y le sigues la corriente: “Sí, ca’on, ¡cómo olvidarte!”. Esperas que te pistas para recordar su nombre.

“El calcetinazo” 

Pensaste que era una excelente idea echarte unos taquitos de pastor con harta salsa. Los disfrutaste como nunca, es más, todavía los saboreas en tu mente. Estás en casa de tu pareja viendo la tele, todo tranquilo. Ya es noche y deciden irse a dormir. Mientras te pones tu pijama de ositos (ella, me la prestó…, dices) sientes el retortijón. Tu pareja está en el baño y tarda años. Corres al baño de abajo porque, de plano, ya no aguantas. Abres la puerta como borracho en cantina, te sientas en el escusado y sientes como fluye la vida. Todo salió bien, ya estás listo para dormir. Volteas buscando el papel de baño y lo único que encuentras es el cartón café. Sabes que te tardaste mucho y probablemente ella ya esté dormida. Acaba de hacer mudanza, por lo tanto todo está guardado en cajas. Meditas un rato, en eso volteas a ver tus calcetines y dices: “total, tengo más”.