Oda a las micheladas de la Lagunilla

Lugares en la CDMX para beber este elixir, sobran. Tamaños, excentricidades y maneras de presentación hay tantas, como sus fieles catadores. No obstante, algo tienen las micheladas de La Lagunilla que atraen a verdaderos expertos en el arte de la degustación de la chela callejera y los reúne en la plena ebullición de su vendimia bajo carpas.

Aunque nunca falta quien trae al regateo como condición de nacimiento, pocos podrán negar que las micheladas de este bendito y ardiente barrio de la CDMX son baratas. Ninguna de ellas, en su versión básica de un litro, cuesta más de 65 pesos.

En la infinidad de puestos donde las venden, lo normal es encontrarlas con limón, salsa de soya, salsa inglesa, clamato y la legendaria orilla que escurre chamoy, piquín y sal. En otro nivel de folclor están sus versiones “tuneadas”: con frutas, cueritos, camarones, ostiones, brochetas de verduras, gomitas y demás golosinas flotantes.

foto: Ollín Velasco

Entre algunas de sus bondades pueden contarse que es más fácil conseguirlas que terminar con ellas; que pueden presumirse y consumirse en vía pública, sin mayor temor que el de un empujón fatal; que existen también en versiones para hígados recatados (“cerillos” o latas de cerveza con la orilla escarchada, listas para destaparse y ‘usarse’) y que se toman con el soundtrack natural de todos los domingos en ‘La Lagu’: música en vivo de DJ´s de electrónica, sonidero o cumbias que cualquiera se sabe (aunque lo niegue).

Ya sea que una visita casual, las compras, la resaca, la sed más sincera o la “bonita costumbre” te lleven hasta las micheladas de La Lagunilla, lo único cierto es que, como son una belleza (y no de cantina, sino al aire libre), la mayoría va con ánimo de pasarla bien, y hasta baila mientras anda en “la cháchara”.

Una vez probadas, comprobadas y certificadas, no queda más que desearles larga vida. Si quieres subir tu nivel de “chilanguez”, tienes que ir a beberlas en alguna ocasión. ¿Coincides?

foto: Ollín Velasco