Del piropo a los feminicidios, lo que se habló en esta mesa redonda

El encuentro de #NoMeDigasGuapa organizado por Chilango y Horizontal

mesa redonda sobre feminicidio
Foto: Fabiola PichardoDe izq. a der.: Leonora Milán, Yuritzi Hernández, Gabriela Cano, Grace Quintanilla, Ilana Sod y Catalina Ruiz Navarro.

«No: el hombre que piropea a una mujer no es necesariamente el mismo que te viola o te asesina. Pero sí existe una línea que une todas esas violencias. Porque después del piropo, viene el tocamiento y después del tocamiento viene la violación, después de la violación llega el feminicidio. Y a todas esas agresiones las une la degradación de la mujer y de su cuerpo. Si invisibilizamos una de estas violencias, invisibilizamos todas las demás».

Quien habla es Yuritzi Hernández, coordinadora del Observatorio en Contra de la Violencia de Género, Desaparición y Feminicidios en el Estado de México. Estamos en la mesa redonda #NoMeDigasGuapa: de los piropos a los feminicidios, ¿cómo llegamos hasta aquí?, organizada por Chilango y el Centro Horizontal.

Yuritzi se refiere al caso de Valeria, la niña de 11 años que fue violada y asesinada después de abordar una combi en Ciudad Nezahualcóyotl. Pero el asunto no es aislado. Prácticamente todos los días, Yuritzi atiende casos de mujeres acosadas en el transporte público, en la calle, en sus casas.

«Los chilangos miran el Estado de México como el principal foco de la violencia de género —dice—, pero no están viendo que las miles de mujeres que se desplazan a diario del Estado de México a la Ciudad de México son acosadas, que muchas de ellas han sido violadas aquí. Desplazarse de una entidad a otra, como mujer, es una tarea que implica una valentía enorme».

La Sororidad

Moderada por la periodista Ilana Sod y la locutora y bióloga Leonora Milán, la mesa redonda #NoMeDigasGuapa reunió alrededor de un centenar de personas para discutir en torno a la violencia de género, el acoso en las calles, el acoso en internet y los feminicidios en nuestra ciudad y el país. A las nueve de la noche, la discusión había trascendido a las redes digitales para posicionarse como segundo Trending Topic a nivel nacional.

Las panelistas, además de Yuritzi Hernández, fueron Grace Quintanilla, directora del Centro de Cultura Digital; Catalina Ruiz Navarro, columnista y fundadora de (e)stereotipas, periodismo pop latinoamericano, y Gabriela Cano, coordinadora del Programa de Maestría en Estudios de Género del Colegio de México.

En casi dos horas de discusión y análisis la discusión tocó diversos puntos, desde los cambios culturales y legales que tendrían que llevarse a cabo para lograr una sociedad más equitativa, la sororidad, los derechos digitales de las mujeres o los conflictos al interior del mismo feminismo.

«Me da gusto que seamos más mujeres que hombres», dice Quintanilla. «Es mejor tener 12 hombres aquí, dispuestos a escuchar, que tener a toda una bola diciendo lo mismo de siempre: “Es que el feminismo es igual que el machismo”, “es que yo no soy machista”, “a los hombres también nos matan”. Es cansado y da mucha flojera tener que explicar lo mismo de siempre. A mí me parece importante, antes que nada, que primero aprendamos a cuidarnos entre nosotras, entre las mismas mujeres, aunque nos caigamos mal. El concepto de sororidad para mí sí es importante».

«Los hombres se cuidan entre ellos aunque se caigan gordos«, acuerda Catalina Ruiz Navarro con su acento caleño. «Esto es una vaina que nosotras no hemos entendido. Los hombres se pelean entre ellos a matar, pero jamás se pegan en los testículos: es un acuerdo implícito entre ellos. La idea de la invencibilidad de los manes es una construcción, una ilusión que ellos han logrado mantener por milenios. ¿Por qué no lo podemos hacer nosotras también? ¿Por qué no aprendemos a no darnos golpes debajo del cinturón?».

La misoginia en internet

Las palabras no son números. A diferencia de las matemáticas, las palabras, el lenguaje, funciona de acuerdo a un contexto. La palabra “guapa”, no significa lo mismo cada vez que es dicha. Y en un contexto como el mexicano, donde seis mujeres son asesinadas cada día, puede adquirir en ciertas circunstancias (transporte público, una calle solitaria), cada vez que la palabra es usada por un desconocido un carácter intimidante.

«Ahora resulta que todos se hacen pendejos», dice Catalina Ruiz Navarro. «Ahora resulta que nadie entiende que el lenguaje no siempre significa lo mismo y que las palabras no son dos más dos son cuatro. En Colombia, cuando quieren amenazarte, te dicen: “Cuídate”. Es una palabra que también te dicen tus familiares y tu gente querida. Pero todos entienden cuándo es una amenaza y cuándo no. Porque “cuídate” es una palabra inofensiva… hasta que te matan».

Como inofensivo parecen los insultos y las amenazas por internet, un territorio que no sólo replica las opiniones misóginas y de odio en la vida real; sino que a veces las intensifica.

«La violencia virtual tiene efectos emocionales reales —dice Catalina—. Les voy a contar algo: yo una vez recibí una troleada masiva. Y se me empezó a caer el pelo. Y bajé de peso. A mí que no me digan que el acoso en redes no es real. Hoy en día, el teléfono celular es más íntimo que tu cepillo de dientes. Es un dispositivo que te acompaña a todas partes, te vas a dormir con él».

Por su parte, Grace Quintanilla, directora del Centro de Cultura Digital, opinó que debemos dejar de confiar en Internet como un territorio neutro. «Hace años que la utopía de internet no es tal. Internet tiene dueños, casi todos hombres, con sus propias agendas políticas. Sí, es necesario una alfabetización digital hacia las mujeres. Sí es necesario empoderar a las mujeres para que puedan habitar internet sin miedo a ser atacadas. Pero hay que empezar por otros lados: por la escuela, por la casa, por la oficina. ¿A cuántas de nosotras se nos enseñó en la escuela algo sobre Mahatma Gandhi? A muchos. ¿Cuántas de nosotras nos enteramos de las sufragistas por la escuela? Ninguna. Y la labor de las sufragistas tiene un efecto directo sobre nuestras vidas hoy».

El conflicto

Las diferencias, los desacuerdos, los puntos de vista encontrados. Quizás lo más valioso del encuentro #NoMeDigasGuapa: de los piropos a los feminicidios fueron las distintas opiniones y distintos contextos que se pusieron sobre la mesa. De la realidad cruel en el Estado de México, presentada por Yuritzi Hernández, al contexto latinoamericano aportado por Catalina Ruiz Navarro, a la visión de Grace Quintanilla sobre los ecosistemas digitales o la visión institucional y política de Gabriela Cano:

«Sería muy peligroso que el feminismo se convirtiera en un movimiento homogéneo», advirtió. «No hay por qué temerle al conflicto, no vamos a estar de acuerdo en todo. Existen tantas diferencias entre nosotras, tanta desigualdad también, tantas circunstancias diversas de acuerdo al territorio o el contexto, que evidentemente tendremos muchas agendas políticas distintas. Hay que reconocer el conflicto. Los partidos políticos se dividen todo el tiempo, se fracturan, las organizaciones de mujeres no vamos a ser ajenas a eso. Tenemos que superar el estereotipo también de la mujer buena, generosa y maternal. No. Necesitamos, eso sí, códigos y acuerdos para incidir en las instituciones y en las políticas públicas. Pero no podemos renunciar a nuestros conflictos, son parte de la fuerza del feminismo».

Un ejercicio de poder

Entre el público, una joven toma el micrófono. Se presenta. Dice que es música, dice que está de acuerdo en todo, pero que ella no puede entender por qué hay violaciones, por qué hay feminicidios, por qué las mujeres son agredidas constantemente. Su pregunta termina con un brillo inocente: «¿por qué hay tanta maldad en el mundo?».

«Lo que nosotras hemos observado —responde Yurizti—, durante el trabajo que hemos hecho en el Estado de México cada que tenemos que acompañar al MP para denunciar un feminicidio es que, en principio, a las mujeres se les desprecia por salir a lo público. A las mujeres se les quiere en la casa, guardadas, sin incidencia. Pero la respuesta franca sería: nos matan, porque pueden. Porque no hay nadie que castigue, porque la permisividad que tienen las instituciones, el desdén por lo que sucede con el cuerpo y las vidas de las mujeres, genera que los hombres puedan y quieran asesinarnos. Es así de simple: porque pueden. Es un ejercicio del poder».